
Enrique Santos Calderón
El año arrancó con novedades dignas de resaltar.
Trump recibirá a Petro en la Casa Blanca. Petro invita a la Casa de Nariño a la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez. El ELN lanza propuesta de acuerdo para resolver el conflicto armado (aunque esto último no es noticia porque llevan veinte años diciendo lo mismo).
Noticia es el anunciado encuentro Trump-Petro, que expresa una voluntad conjunta de combatir a los grupos armados que promueven el narcotráfico y una violencia que afecta a ambos países. Subrayo la palabra conjunta porque significa que ya no habría manotazo militar unilateral de Estados Unidos en nuestro país, ni tampoco más coqueteos del gobierno Petro con organizaciones que para Washington son una “amenaza narcoterrorista” contra la seguridad interna de EE. UU. Es noticia, sin duda, que estén en ese plan dos presidentes que hasta hace poco en nada coincidían.
En su desabrochada diplomacia, Trump sacude cimientos. Exagera, se magnifica, acomoda los hechos, pero desata procesos que pueden abrir puertas, como parece que podría hacerlo incluso en Cuba. Al punto de que ni siquiera es descartable un cara a cara entre Marco Rubio y el mandatario cubano Díaz-Canel.
Es el momento para que el presidente de Colombia se quede quieto, callado y observe bien el desarrollo de los acontecimientos. Puede jugar un papel porque estamos en el epicentro del problema, pero no es la ocasión para soltar ocurrencias planetarias sobre lo que sucede en Irán ni teorizar sobre la guerra de Ucrania. Su audiencia en la Casa Blanca puede ser decisiva para la resolución de las tensiones con Washington y la propia definición de su política exterior en esta excepcional coyuntura.
Es el momento para concentrarse en qué le va a decir en la Casa Blanca y, más aún, en anticipar con qué se vendrá Trump. No es fácil con un personaje tan volátil e imprevisible, pero por eso hay que estar preparado. Según se supo, en esa primera conversación telefónica de cincuenta minutos Petro habló a sus anchas por más de media hora. Ahora deberá alistarse para la andanada a la que lo someterá Trump cuando se reúnan en febrero en su residencia presidencial. ¿Será en el Salón Oval?
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No está de más que el presidente también piense bien en qué hablará con la impetuosa Delcy, hoy elogiada por Trump como una “estupenda persona”, sobre la reconstrucción de la democracia venezolana. Una fórmula de madurismo sin Maduro que simplemente le devuelva privilegios petroleros a EE. UU., sin erradicar la estructura chavista que aún asfixia a Venezuela, sería poco menos que indigno, pero no del todo imposible.
Y tiene que hacerle a su colega una exigencia inaplazable: el cese total de la colaboración de las autoridades venezolanas con los grupos del ELN y las Farc que pululan en la frontera. Cualquier duda de Delcy sobre este punto, tan vital para la seguridad colombiana, sería un pésimo mensaje. La retaguardia venezolana ha sido clave para mantener activos a estos grupos, a tal punto de que también ejercen control en amplias zonas fronterizas del vecino país y mantienen contactos con figuras del chavismo como Diosdado Cabello y el general Vladimiro Patrón, que saben utilizarlos como factores de presión.
Frente al reacomodo del poder en la aún incierta encrucijada venezolana, es clave que Colombia mantenga una clara política de Estado. Fue un acierto, en este sentido, convocar a la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, pese a que no hayan asistido los expresidentes Uribe y Duque. Aunque ellos también saben que en estos asuntos el país debe proyectar un frente unido.
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Según reveló el periodista John Lee Anderson, Petro le comentó en días pasados que en su reunión del 3 de febrero en Washington, además del rollo sobre cambio climático, le insistirá a Trump en la falsedad de las sindicaciones de complicidad con el narcotráfico que este le ha lanzado, llegando a calificarlo de jefe mafioso. En la conversación telefónica que tuvieron fue tan enfático en esto que Trump terminó por decirle a Petro —cuenta John Lee— que “a usted como a mí lo han rodeado las mentiras”.
Esta distensión entre los dos mandatarios ha llevado a que comentaristas traviesos como Daniel Samper Ospina hablen de un “petro-trumpismo”. No es para tanto, por supuesto, pero el cara a cara ha despertado expectativa internacional y dado relieve a la figura de Petro. El expresidente ecuatoriano, Rafael Correa, dijo incluso que Petro está representando “la voz y la conciencia de Latinoamérica”. Habrá que ver hasta qué punto y hasta dónde pueden avanzar sobre un terreno común. No me atrevo a hacer pronósticos.
P.S.: También habrá que seguir con cuidado en qué termina la anunciada “gran consulta por Colombia”, que convoca a muchos aspirantes presidenciales de relieve nacional (Paloma, Peñalosa, Galán, Vicky, Cabal, Murillo, Oviedo…) y se proyecta como la apuesta del centro derecha o, para algunos, del centro centro. Interesante ver cómo se desarrolla la bonita idea y para dónde se inclinan sus integrantes. Con tal de que no sea hacia candidaturas de “tigres” de oscura procedencia.
