Los Danieles. Luis Alberto Quiñonez

Daniel Samper Ospina

Daniel Samper Ospina

Para comprender qué hace el cadáver de Luis Alberto Quiñonez bocarriba al lado del mostrador de la tienda Donde Eddie, en el barrio La Paz, de Cali —la camisa café, los pantalones negros: los zapatos para este momento rociados de sangre— debemos tener paciencia y viajar hacia atrás treinta y dos años, hasta la fecha exacta del 19 de julio de 1990, cuando nació en el hospital San Vicente de Paul. También debemos situarnos en Magüí Payán: un pueblo de poco menos de veinte mil habitantes que, junto con Barbacoas y Roberto Payán, conforma un caluroso triángulo geográfico allá abajo, en el departamento de Nariño, al que surcan unas montañas altaneras atravesadas por el río Patía: es uno de los más grandes paraísos de Colombia, pero a la vez un enclave geográfico sangriento a través del cual sale droga hacia México; y por eso siempre ha estado bajo guerra: en un comienzo en manos de las Farc y los grupos paramilitares y, después del proceso de paz, bajo la disputa mortal de dos disidencias de esa guerrilla, el Comando Coordinador de Occidente y la Segunda Marquetalia. Abundan los cultivos de coca y las minas quiebrapatas, pero también las personas como Luis Alberto Quiñonez, cuyo cadáver vamos a dejar aquí, en este primer párrafo, tendido en el baldosín de una tienda llamada Donde Eddie, mientras nos enteramos de quién fue: de quién es. 

Lo primero que debemos decir de él es que, de niño, tenía un gatico que se llamaba Valentín; que no se perdía los episodios de Dragon Ball Zeta; que era buen estudiante de Ciencias Sociales y malo de Inglés. Mirémoslo en esta foto, cuando se graduó de la primaria. FOTO1O en esta otra, al lado de su hermano Jorge Luis y de su papá. FOTO2

También debemos decir que se volvió un joven importante en 2019, cuando lo nombraron representante legal del consejo comunitario La Voz de los Negros y pasó a ser imprescindible cuando, desde su gestión social, se inventó la Fundación PAZame el Balón. Con un amigo cachaco que terminó trabajando en la misma causa —Francisco Barreto, un abogado que juró continuar con su legado— no quiso permitir que los grupos armados convirtieran las canchas de microfútbol de los pueblos en los lugares donde los guerrilleros armaban sus convocatorias. Así que se dedicó a recuperarlas: a hacer que las canchas de fútbol fueran para jugar fútbol, no para recibir órdenes. 

Y jugar fútbol, a la vez, no era solo jugar fútbol, sino un pretexto para que los niños —y las niñas: porque en los equipos practicaban por igual niños y niñas, lo cual produjo una pequeña revolución de género— llenaran sus días de sentido. En una zona donde las mujeres no salen de la casa mientras los hombres raspan coca, la ilusión del partido de fútbol, de los tres entrenamientos semanales; la sensación, en fin, de pertenecer a algo, transformó a los niños. Y al pueblo. 

Luis Alberto organizaba colectas, conseguía guayos y balones; desatrasaba a los niños en sus tareas académicas; los prevenía de reclutamientos; les enseñaba qué hacer en caso de hallar una mina. Y esto es importante: no recibía un solo peso de las disidencias. De ninguna de las dos. 

Fueron tres tiros. Alcanzó a arrastrarse a la barra del negocio. Entre el dueño del local y su amigo Hernán lo metieron a un carro. Murió antes de llegar al Hospital Carlos Holmes Trujillo, ese domingo de Semana Santa, 9 de abril, mientras la sangre se le secaba sobre el pecho.

Arregló cuatro escuelas con sus manos. Organizó vacas y colectas para armar paquetes escolares, para comprar uniformes. Surcaba el río Patía con la bandera blanca de su fundación mientras llenaba de optimismo a los niños. Y a las niñas. Paremos un segundo para mirarlo en estas fotos: la sonrisa amplia, el orgullo en la mirada. El físico parecido al del TigreCastillo, por lo que lo molestaba su amigo Francisco Barreto. FOTO3

Se cruzaba chats con los comandantes de las disidencias con un temperamento que resultó compatible con su risa de siempre: recio y sin miedo. Detengámonos, por ejemplo, en este mensaje que respondió al comandante de uno de los frentes cuando este le notificó, de forma amenazante, que en la disidencia sabían la placa del carro en que se movía:

FOTO4 Deberían estar buscando a sus enemigos, no al civil. Vaya interpretación la suya de luchar por el pueblo.

E informemos ahora, en este punto, que en el hospital lo dieron por muerto —oficialmente muerto— hacia las cuatro de la tarde. 

¿Importa que el señor al que acomodan en una camilla metálica de la morgue, ya muerto, haya sido el famoso Chester, cuyo plato preferido era el sancocho de pescado blanco; cantante frustrado, futbolista frustrado, estudiante a distancia de segundo semestre de Comunicación? 

Cambio Colombia


¿Importa, ya sobre su cuerpo quieto, instalado dentro del ataúd que acá arrastran sus amigos en el cementerio de San José, veámoslos, saber que este mismo hombre era el que conseguía canilleras para que los niños reemplazaran los trozos de cartón con que las simulaban?

Claro que importa. Importa cada una de las cosas que le sucedieron. Se llamaba Luis Alberto Quiñonez pero le decían Chester desde antes de nacer. Su vallenato preferido era “Que me perdone si puede”, de Combinación Vallenata, y acá podemos observarlo mientras lo canta a grito herido: 

Cambio Colombia

Le gustaba jugar de volante de contención y animaba a su hermano a que cumpliera su sueño de ser futbolista profesional. Porque también importa saber que su hermano se llama José Luis, conocido como Lucho, y ahora es delantero del Once Caldas. FOTO5

Claro que importa que hayan matado a Chester porque desde entonces no hay un solo niño —o niña— de Magüí Payán que no se sienta huérfano; importa porque Yisela, su compañera del consejo comunitario La voz de los Negros, no tendrá junto a quien sentarse en la canoa mientras recorre los pueblos a los que la entidad ayuda. Importa porque Chester no podrá acompañar a los niños al partido de fútbol que él mismo estaba organizando para que enfrentaran a un equipo de Pasto: será la primera vez que los niños viajen fuera del pueblo. Su amigo Francisco Barreto se prometió a sí mismo cumplir ese sueño. El entrenador Yoiner Prado recibe fondos para financiarlo.

Vale la pena que observemos a Miriam, su mamá, FOTO6en esta foto y que utilicemos este párrafo para reseñar que, cada vez que su hijo la veía, la levantaba con un abrazo aéreo en que los pies le quedaban volando, y para contar, de paso, que ella misma recibió la noticia de su muerte por teléfono, mientras almorzaba, y se desgonzó en los brazos de su esposo. También para decir que su hermano se enteró porque un primo le hizo una llamada perdida para que se la devolviera y sin mayores aspavientos le contó. Iba saliendo del entrenamiento. Acababan de informarle que estaba convocado para jugar contra La Equidad. Se tuvo que sentar a llorar. Algo parecido sucedió a Francisco Barreto, su amigo, que estaba en Villa de Leyva: le bastó escuchar el par de espasmos con el inconfundible acento del Pacífico para confirmar su miedo de siempre. Porque sabía que a su viejo compinche lo iban a terminar matando.

Paz en la tumba de Luis Alberto Quiñonez. Quienes no lo conocieron pensarán que fue apenas el líder social número 44 de los 66 asesinados en lo que va del año. Para los demás será un vacío sin remedio, unas constantes ganas de llorar.  Sirva esta columna para verlo por última vez en su cajón con su blanca camisa almidonada y una imagen de la virgen en el cuello FOTO7. Para reconocer el dolor de quienes siguen sin él. Y para decirles a modo de consuelo a todos ellos —a su mamá, a su hermano, a su mejor amigo, a su compañera de trabajo— que Chester no murió del todo, que Chester no termina de morir: porque las personas capaces de encender luces en quienes los rodean terminan habitando en las vidas que alumbraron.
 

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