Los Danieles. La tapa de la olla

Enrique Santos Calderón

Enrique Santos Calderón

La última alocución presidencial ya fue la tapa de la olla. Llega un momento en el que toca preguntarse qué significa que un jefe de Estado se muestre tan agresivo y a la vez tan disperso, enredado y a veces francamente incoherente.

Más allá de cifras y datos cuestionables sobre el problema crucial de la salud —tema del discurso, que no quedó en claro—, preocupa más el de la madurez emocional y equilibrio sicológico de un jefe de Estado que día de por medio arremete sin ton ni son contra enemigos que siente que lo asedian de todo lado.

Reiteró con pendenciero énfasis su postura sobre la salud y las EPS, pero más allá de datos y cifras cuestionables sobre este tema crucial, me llamó la atención la forma belicosamente errática como lo hizo. Lo que lleva a preguntarse sobre el estado anímico, la madurez emocional y el equilibrio sicológico de un jefe de Estado que vive de y para la pelea, y que día de por medio arremete contra enemigos que siente que lo asedian de todo lado.

Fuera y dentro del país. Inclusive en su propio gobierno y desde el mismo gabinete, como lo atestiguan los reiterados vainazos a miembros de su equipo. Esta semana al minDefensa porque “armas de Israel siguen ingresando al país” y al recién nombrado ministro de la Igualdad por baja ejecución. En términos tan duros que, según varias opiniones, ameritaban la renuncia del funcionario regañado. Sin hablar del trato que recibió su antecesora en el cargo, Francia Márquez.

Gustavo Petro se siente calumniado por la prensa y traicionado por colaboradores y ministros. En su larga intervención dejó ver bien cuáles son sus temores y obsesiones. Es un revoltijo complicado y a veces se confunde incluso de enemigos. Yo he hablado aquí sobre la excesiva fobia antipetrista que desde el comienzo del gobierno se apoderó de muchos medios, pero viendo el comportamiento actual del mandatario queda claro que se la ha ganado. Una creciente rigidez ideológica y un talante hirsuto y pugnaz alejan a mucha gente. A veces parece que le gustara ganarse enemigos. 

En su largo discurso tildó de “criminal” al empresario español Joseba Grajales del Grupo Keralty, dueño de Sanitas, por lo cual este anunció que denunciaría penalmente ante juzgados nacionales e internacionales no solo al presidente Petro, sino también a los miembros de su gobierno que hayan colaborado en la difusión de esa acusación. Era previsible y aún falta ver qué otros onerosos pleitos producirá la incontinencia verbal del inquilino de Casa Nariño en la recta final de su mandato. 

La transmisión por TV de los consejos de ministros, encomiable medida de transparencia, no ha favorecido al Gobierno. Porque en lugar de proyectar seriedad de propósito y objetivos claros, lo que ha quedado en evidencia es una Casa de Nariño llena de rencillas internas y un líder más interesado en discursear que gobernar, como anotó El Espectador. La cámara y los micrófonos no mienten.

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Muy pronto arrancará en Bogotá, en la intersección de la calle 85 con carrera 15, el más grande proyecto de renovación urbana de los últimos tiempos, que ha creado gran expectativa y no poco nerviosismo entre residentes de este sector (entre los cuales me cuento). 

El proyecto, llamado Quora, liderado por la constructora Cimento con una inversión de 2,4 billones, abarca un área equivalente a varias manzanas (6,5 hectáreas) y durará por lo menos cuatro años. La expectativa nace del anuncio de sus promotores de que habrá una “reconversión total” del espacio público y el nerviosismo del recuerdo de experiencias pasadas de renovación urbana que generaron conflicto social y no resultaron como se había anunciado. 

No parece ser el caso de Quora (antes Proscenio), que luego de más de trece años de tramitología, controversia y oposición vecinal, logró negociar con 138 grupos de propietarios, absolver cuestionamientos ambientales y obtener luz verde para un ambicioso proyecto que aspira a convertirse en un “nuevo corazón de Bogotá”. Habrá que ver cómo se desarrolla y, mientras tanto, resignarse a años de ruido, maquinaria y polvo. Todo sea por el progreso de la querida capital.

Me recuerda las duras polémicas que a comienzos de los años setenta generó el proyecto de la avenida de los Cerros, que se convertiría en la Circunvalar. Formé parte de un grupo de ciudadanos que nos opusimos con patas y manos a lo que considerábamos como una iniciativa que desalojaría a centenares de familias pobres de los cerros orientales para beneficiar a constructores y especuladores urbanos. Como “avenida de los Serruchos” bautizamos este proyecto del alcalde pastranista Carlos Albán. 

Pelea perdida y lección aprendida. La dinámica económica de la ciudad, la valorización de la tierra en esa zona, la necesidad de agilizar el tráfico entre sur y norte fueron factores objetivos más determinantes. La Circunvalar se hizo, fue una vía esencial y los inconformes de entonces entendimos la futilidad de oponerse, por razones ideológicas o emotivas, a lo que la gente percibe como progreso.

P.S.: Incomprensible e irresponsable que se hubiera sancionado una ley que permite la circulación de vehículos eléctricos por las ciclorrutas. Se opusieron el Concejo y el alcalde de Bogotá, expertos en movilidad y hasta el propio Ministerio de Transporte, por los riesgos que plantea para la seguridad de los ciclistas. Pero recibió aprobación presidencial. ¿Quién entiende? Huele a gato encerrado.

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