Los Danieles. Historias de bárbaros

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Gaza. Enero 29 de 2024, cerca de la una de la tarde. Cumpliendo órdenes de evacuación del barrio Tel al-Awa emitidas por el ejército de Israel, cientos de familias palestinas huyen hacia distintos lugares de la pequeña franja de terreno que separa al mar Mediterráneo y a su vecino invasor. Una de ellas, integrada por siete miembros, se apretuja en un carro Kia Picanto negro. Maneja Bashar Hamada, un robusto y simpático cuarentón, y viajan con él su esposa, cuatro hijos menores de quince años y una sobrina de cinco: Hind Rajab Hamada. Por otra vía, los padres y hermanos de Hind huyen a pie, como la mayor parte de los gazatíes ante la amenaza de bombardeos. Los del auto negro van acelerando por la carretera cuando los detiene un tanque enemigo. Bashar agita una bandera blanca y grita que viaja con su familia. Por toda respuesta, la ametralladora de la siniestra máquina apunta hacia el automóvil. Segundos después se oye un ruido ensordecedor y una lluvia de plomo convierte el carro en una coladera.

Hind Rajab
Hind Rajab

Corea del Norte. Cinco años antes, en enero de 2019, un grupo especial de la Armada de Estados Unidos prepara en una costa rocosa de la lejana Corea del Norte una operación ultrasecreta de espionaje digna de Hollywood. Consiste en instalar en un lugar de la presidencia coreana un transmisor de tecnología punta capaz de captar conversaciones del dictador Kim Jong-un y sus ministros a propósito de la cumbre que se avecina con Donald Trump, a la sazón en su primer mandato. El grupo SEAL es perito en esta clase de tareas. Fue el que en mayo de 2011 penetró en la alcoba de Osama Bin Laden, le dio muerte y huyó con el cadáver en una maniobra estelar. En este caso no se trata de ultimar a nadie sino de grabar al enemigo, pero las dificultades son mayores. Es preciso un largo viaje en un submarino nuclear, abordar lejos de la playa unos minisubmarinos para pocos ocupantes, desembarcar en la oscuridad, instalar el aparato y regresar sin que nadie se percate. Se ha escogido una noche cerrada y yerta, lo que ahuyenta a los pescadores tempraneros. Con el visto bueno de Trump, la misión empieza a entrenar seis meses antes. Todo marcha según lo planeado, pero al prepararse los equipos para abandonar los minisumergibles estacionados a pocos metros bajo la superficie, flota sobre ellos una canoa con dos o tres pescadores artesanales de mejillones. Es posible que los pescadores hayan notado que algo raro sucede, pues hay charlas agitadas en la embarcación. Los hombres rana de SEAL deben escoger velozmente si abortan el plan o si siguen adelante.

Gaza. Aunque el auto de Bashar Hamada había recibido 335 disparos, como se probó después, milagrosamente sobrevivían dos de sus ocupantes: Layan, de quince años, y la pequeña Hind. Las dos chicas lograron comunicarse con el teléfono SOS de las autoridades gazatíes e informaron lo ocurrido. La Media Luna Roja Palestina envió una ambulancia. Un rato después sonaron por la línea gritos y tiros: acababan de matar a Layan. Hind, herida, permanecía oculta bajo los cadáveres de sus parientes. Durante casi tres horas se mantuvo en línea con el socorrista operador, a quien informó que todos los del carro estaban muertos. Sus palabras quedaron grabadas para el museo de la infamia:

—Tengo mucho miedo, por favor, venga y lléveme… Por favor, ¿quiere venir?

El operador informó a la niña que había salido una ambulancia para rescatarla. Poco después, se oyó una explosión y se perdió todo contacto con Hind y con la ambulancia.

Corea del Norte. Las improvisadas instrucciones del comando fueron tajantes: asaltar y destruir la canoa, asesinar a sus ocupantes, rajarles el abdomen y perforarles el pulmón para facilitar el hundimiento de los cuerpos. Así lo hicieron. Los pescadores acuchillados quedaron en el fondo del mar, la tarea se frustró y el gobierno de Kim Jon-un disimuló. Sabía que algo había ocurrido pero solo conoció la historia completa hace pocos días, el 5 de septiembre, cuando la publicó The New York Times tras años de investigación de un equipo de reporteros dirigidos por Dave Phillips. 

Gaza. Los miembros de las familias Hamada y Rajab que huyeron a pie pudieron volver al barrio el 10 de febrero, casi dos semanas después del crimen, cuando Israel permitió el acceso. En ese momento descubrieron entre las ruinas el carro agujerado, los cadáveres, la ambulancia que recibió un cañonazo y los dos ocupantes destrozados. Israel negó toda participación en el asesinato colectivo, pero investigaciones de ONU, de entidades neutrales y de periodistas reunieron todos los detalles de la matanza, que se suma a 64 mil civiles más que han caído bajo el fuego israelí. Las palabras de la niña inspiraron una película, La voz de Hind Rajab, que acaba de ganar el segundo lugar en el Festival de Venecia y recibió un aplauso de veintitrés minutos la noche de su presentación.

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Respecto al fiasco coreano y los pescadores asesinados, el Times informó que algunos de los autores fueron promovidos por su acción. Trump, que autorizó la malhadada aventura, resultó elegido de nuevo cinco años después y hoy apoya la invasión que costó la vida a Hind Rajab, su familia y miles de compatriotas.

Se supone que las autoridades, aquí y en toda parte, tienen el deber de proteger la vida y la libertad de los ciudadanos. Pero son pocos los poderosos que pagan sus crímenes, mientras la dinámica y la aritmética de la guerra adormecen los escándalos y defienden a los criminales. Bien lo sabemos los colombianos: los 6402 falsos positivos que reconoce la JEP son víctimas civiles inocentes de la misma estirpe de los pescadores de Corea del Norte y los niños de Gaza.

¿Quién juzgará a los bárbaros que cometieron los crímenes? ¿Qué dios los autorizó para matar? ¿Podemos tolerar su impunidad? ¿Quién explica a las familias que muchos de los asesinos fueron premiados? 

Necesitamos una voz como la de Hind Rajab que nos despierte.

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