
Daniel Samper Pizano
Hace veinticinco años nos prometieron que el siglo XXI ofrecería nuevas sociedades basadas en la ciencia, la paz y la solidaridad y que la gran misión iba a ser la de recuperar la armonía con la naturaleza. Nada de eso se ha dado y, por el contrario, el tercer milenio está tapizado de millones de muertos por guerras entre naciones, hambrunas dignas de los tiempos medievales, acelerada destrucción del medio ambiente y un nuevo imperialismo inspirado en el egoísmo, la fuerza, el capricho de líderes arrogantes y el poderío económico.
Muy pronto empezará el segundo cuarto de siglo. Malvenidos, a él señoras y señores.
No es extraño, por ello, que la famosa frase de Carlos Marx (“La historia se reproduce primero como drama y luego como farsa”) se haya convertido en cita obligada de filósofos, periodistas y tertulianos de cafetería. Muchos ni siquiera saben que están utilizando palabras del barbudo demonio comunista. Aparte de ser ingeniosa, la máxima ha demostrado excepcional elasticidad, pues plantea que no solo el drama se vuelve farsa, sino que la farsa puede convertirse en monstruosa deformación. ¿Quién iba a pensar, por ejemplo, que un siglo después de la II Guerra Mundial los inmigrantes y los palestinos serían los nuevos judíos y el gobierno judío una reproducción espuria de las SS hitlerianas?
Esta es la única manera de explicar el cruel rumbo que ha tomado el siglo XXI. En vez de ofrecer optimistas augurios de un mundo unido por la tecnología y la paz, se empecina en atribularnos con males a menudo evitables: una pandemia paralizadora, pueblos en ruinas cercados por el hambre, agresión constante contra la naturaleza, mortal retroceso científico por falta de fondos, nuevo armamentismo en permanente actividad, embates contra la educación de calidad desde las cavernas de la ignorancia, expansión de la ideología insolidaria y consolidación de dirigentes aplaudidos por redes sociales de acomodo que empiezan siendo una farsa y terminan siendo una tragedia.
Aparte de las dosis de miedo y retroceso que corresponden a Colombia como inquilina de la geografía universal, esta cabeza-de-pollo suramericana tiene sus propios fantasmas, sus propios ejemplos y sus propios temores.
Nuestra historia autónoma demuestra que los primeros cuartos de siglo han sido trascendentales. Entre 1800 y 1825 se produjo el grito de independencia, se libraron las batallas libertadoras y el país empezó a caminar, con inevitable torpeza, por el camino de las instituciones republicanas. Los tres próceres capitales —Bolívar, Nariño y Santander— coincidieron en tiempo y a veces en espacio.
Entre 1900 y 1925 Colombia padeció al menos tres males terribles: la Guerra de los Mil Días, la pérdida de Panamá y la larga agonía del régimen conservador, cónyuge del sectarismo y concubino de la Iglesia. En lo político, pues, fueron cinco lustros deplorables. En cambio, el país abrió los brazos a novedosos inventos y tecnologías. Se estrenó el primer automóvil (1899); se esparció la red telefónica inaugurada pocos años atrás; brilló la luz eléctrica; la telegrafía sin hilos empezó a sustituir el viejo sistema alámbrico instalado en 1865; se realizaron lar primeras cirugías con anestesia moderna (raquídea); volaron los primeros aviones, y poco después (1929) se oyeron las primeras emisiones radiales.
El cuarto de siglo que estamos agotando cien años después (2000-2025) es un manojo de dudas y ahogos. La violencia no mengua, la economía se sostiene con dificultad, reina el pesimismo y, en vez de Bolívar, Nariño y Santander, tenemos en Colombia un presidente extraño y misterioso, propenso a la demagogia y el delirio, atizador de peleas y reo de las redes sociales, cuyos más notables asesores no necesitan calificativos porque ustedes los conocen bien. Entretanto, la corrupción campea, las mafias se extienden, la naturaleza pierde terreno y, sobre todo, la población sufre las consecuencias del atraso y la injusta distribución de ingreso.
¿Qué imágenes icónicas nos deja el cuarto de siglo que está por terminar? Ya no son el ferrocarril trepidante a través de la pradera, el hombre en la luna ni la doble hélice del ADN. Sino, primero, un desagradable sujeto color zanahoria de cachucha y corbata que se pasea como rey del universo y mide en tarifas y dinero hasta los valores sociales y espirituales. Segundo, los restos de cemento y hierro de ciudades bombardeadas y miles de cadáveres inocentes y niños esqueléticos a los que se niega el agua y el pan. Tercero, africanos sin vida que flotan en el océano cuando intentaban alcanzar tierras más prósperas, y miles de inmigrantes hacinados en cárceles y campos de concentración que pagan el delito de golpear puertas para dar de comer a sus hijos.
Si las cosas, los hábitos, los valores y los dirigentes no cambian, la etapa que empieza en enero de 2026 y termina en 2050 podría sellar el futuro que resta a los peligrosos seres que ocupamos la tierra.
Malvenidos al segundo cuarto del siglo, señoras y señores.
(Recomiendo el clamoroso estudio realizado por la ONU sobre el hambre en Gaza, y los informes sobre inmigración en Estados Unidos que publican esta semana las ONG Human Rights Watch, Americans for Inmigrant Justice y Sanctuary of the South).
