
Daniel Samper Pizano
Mi abuelo era pelirrojo y varios hermanos suyos también lo fueron. La culpa es de un antepasado irlandés que vino a Colombia a explotar una mina de carbón, aquí se enamoró de una cachaca ojinegra y juntos se dedicaron a la cristiana tarea de producir herederos. Uno de ellos se llamaba Tomás, que casó con misiá Belén: mis bisabuelos. Casi la mitad de sus hijos lucían frondoso pelo color fósforo; al punto que los apodaron los Alazanes, como a los caballos de pelambre rojiza. El mayor, mi abuelo, era el más encendido de todos.
Los miraban raro. Colombia nunca crio muchos pelirrojos. Entonces y ahora la presencia de testas carmesíes en el paisaje nacional equivale a la de bikinis en el Antártico. En el mundo la cuita ronda entre el uno y el dos por ciento, y en Escocia e Irlanda entre el diez y el trece por ciento. La mayor densidad de fosforitos se encuentra en Rusia a orillas del río Volga. A veces confunden a los bebés con las truchas.
Como un fósforo, justamente, se me encendió el corazón al conocer hace cinco días la muerte de Robert Redford, el gran símbolo de los alazanes, el candelo por antonomasia, el Macho R, el último galán pelirrojo, y me sentí obligado a rendirle este pequeño homenaje.
Volvamos al 8 de junio de 1945 en una clínica bogotana de cuyo nombre no quiero acordarme. Allí, mientras emitía mi primer berrido, algunas de mis tías, hijas de alazanes, intentaban pillar inútilmente destellos bermejos en el cogote del recién nacido. Mi mamá, en cambio, había rezado durante nueve meses para que el fruto de su vientre no fuera pelirrojo, pues sostenía que “de chiquitos los mechicolos son encantadores, pero de viejos se vuelven horribles”. La desilusión de mis tías fue enorme y sobra decir que su cuantiosa herencia fue a parar a mi guapísima prima Ximena y mis preciosas sobrinas Aine e Isolde, hijas, estas últimas, de taita irlandés y trigueña cachaca.
Aunque su belleza desmiente la teoría de mi mamá en cuanto se aplica a las mujeres, las últimas fotos de Redford la apoyan. El bueno de Robert murió más arrugado que la pobre viejecita del poema de Pombo y el pelo cada vez más tupido e intenso. No es una metáfora decir que el martes 16 se le apagó la mecha, porque de veras parecía una antorcha.
En su vejez, Mark Twain, miembro de la que Sherlock Holmes calificó de banda, de clan, de liga, decía desencantado: “Los pelirrojos no descendemos del mono sino del gato”. Durante siglos, la ignorancia y el racismo atribuyeron los orígenes del cabello grana a eslabones peores que el mico o el míchico. La Iglesia católica desconfió de ellos porque los identificó como descendientes de Judas y heraldos del infierno. En la Alemania del siglo XV quemaron a cuarenta y cinco mil mujeres de melena flamante acusadas de brujería. Era una maldición. Recuerda, más o menos, a los Brayan que el presidente Petro ha mandado a la hoguera.
Pero como la historia da muchas vueltas, en otros momentos las hebras rojizas fueron consideradas rasgos reales o nobiliarios. Para la muestra, Carlomagno, Ricardo Corazón de León, Isabel I de Inglaterra y, en nuestros días, el expríncipe Enrique, marido de Meghan Markle y su allegada Sarah Fergusson, quien es, además, “pecosa en las costumbres y en la cara”, como decía nuestro padre Quevedo.
En realidad, alazanes ha habido por igual entre reyes y bandidos. Pelirrojos fueron notables asesinos como Nerón y el pirata Barbarroja y cortesanas de costumbres licenciosas, como la sultana Hürrem y Constance Quéniaux, célebre prostituta, bailarina y modelo de pintores. La lista es variada, como en todos los grupos humanos. También eran de cabeza roja el homérico rey Menelao, Alejandro Magno, Galileo Galilei, Fátima (la poderosa hija de Mahoma), Vivaldi, Mozart, Van Gogh y las actrices Lucille Ball, Maureen O´Hara y Julianne Moore.
El difunto Redford cierra una lista de ígneos galanes donde también fulguran Red Skelton y Mickey Rooney.
Decíamos que Colombia ha visto pocos mechicandelos. Sin embargo, uno de los sesenta y un mandatarios que han ocupado el solio de Bolívar ostentaba pelo rubro. Era el conservador Carlos Holguín Mallarino, que gobernó entre 1988 y 1892 y regaló el Tesoro Quimbaya a España. De él se cuenta que, siendo alumno de primaria, le tocaba aguantar bromas por su condición capilar, hasta el punto de que un cura del colegio de jesuitas donde estudiaba le dijo una vez en latín con venenoso cariño:
—Rubicundus erat Iudas.
A lo que el chino replicó:
—Usted sabe, padre, que no está demostrado que Judas fuera pelirrojo. En cambio, pertenecía a la compañía de Jesús.
El cual, Jesús, dicho sea de paso, no era tampoco rojillo, como aparece en algunos cuadros. Según los especialistas Yossi Nager y Joan Taylor, Cristo tenía piel blanca, ojos carmelitos y pelo marrón oscuro.
Muchos creen que, para desgracia del gremio, Donald Trump pertenece o perteneció a él antes de teñirse de amarillo. He averiguado esta afirmación y mis conclusiones indican que también en esta materia Trump ha engañado al mundo. De colorado, nada. El cabello natural del presidente gringo es rubio claro y lo tiñe de rubio oscuro, aunque no hay Rubio más oscuro y peligroso que Marco, el secretario de Estado.
Esta semana vimos a los dos cuando lamentaban el deceso del valiente, talentoso y memorable galán pelirrojo de Hollywood. La prensa se encargó de recordar algunas frases de Redford sobre Trump: “ha menoscabado la verdad y las libertades”, “degrada cuanto toca”, “es una imitación de dictador”. Resulta inevitable pensar que las lágrimas presidenciales son dignas del cocodrilo.

ESQUIRLAS: 1. Con su reciente respaldo incondicional a Benjamin Netanyahu, el gobierno de Estados Unidos protocoliza su condición de cómplice del genocidio de Gaza. 2. Me pregunto si no existe alguna descertificación para los países que aumentan el consumo de droga y estimulan así su producción.
