
Daniel Samper Pizano
No necesito el Derecho Internacional; mi freno como presidente es mi propio sentido moral.
Donald Trump
Era un entierro de primera. La ceremonia, virtual y ecuménica, se celebraba el 28 de abril de 2023 desde el altar mayor en Nueva York y Washington. Invitaban a ella prestigiosos centros de estudios, como la American University, la red de información independiente Democracy Now! (¡Democracia ya!) y CODEPINK, asociación feminista por la paz.
El título del fúnebre rito resultaba bastante explícito: Enterrando 200 años de la Doctrina Monroe. Se refería al discurso que el 2 de diciembre de 1823 pronunció el presidente de Estados Unidos James Monroe en el que planteó la política internacional de su país en plena época de revoluciones independentistas. La pieza doctrinaria del señor Monroe aconsejaba a los imperios europeos (sobre todo a Inglaterra, España y Portugal) que se abstuvieran de intervenir en el destino de sus antiguas colonias y advertía que América era patrimonio exclusivo de los americanos.
Ahí empezaron los problemas, porque para los estadounidenses América es su país y los americanos son ellos, mientras que, para el resto de naciones, América es un continente y americanos somos todos los que hemos nacido en las tierras descubiertas por Colón, desde Alaska hasta la Patagonia.
Hace unos meses el senador Bernie Sanders, millonario y progresista, explicó lo que se entiende en su país por Doctrina Monroe: “Es el derecho de Estados Unidos de intervenir contra cualquier país que pudiera amenazar nuestros intereses”. Y añadió: “Según esta doctrina, Estados Unidos ha socavado y derribado al menos una docena de gobiernos en Latinoamérica, Centroamérica y el Caribe”.
Con excesivo optimismo, los asistentes a las exequias del bicentenario consideraban que los tiempos en que EE. UU. manejaba el vecindario a punta de marines estaban ya sepultados. Se equivocaban, lamentablemente. La tumba objeto del festejo no contenía despojos, sino un gualquin dit, como dice el presidente Petro: un muerto vivo, un zombi, que reapareció el 6 de diciembre de 1904 y vuelve a hacerlo ahora.
En dicha fecha el rapaz presidente Theodore Roosevelt agregó a la Doctrina Monroe un corolario o consecuencia necesaria: los Estados Unidos podrán intervenir en los asuntos internos de los países latinoamericanos si estos “cometen errores flagrantes” o “aflojan sus lazos con la civilización”. Subcorolario: ¿Quién juzga cuándo el error es flagrante? ¿Quién determina qué es la civilización? ¿Quién decide si están flojos los lazos? Estados Unidos, por supuesto.
En suma, la Doctrina Monroe advierte a los viejos imperios europeos que no metan sus narices en los asuntos de América, y el Corolario Roosevelt va más lejos y proclama a Estados Unidos prefecto de disciplina continental y supremo policía de la zona.
El resultado de la aplicación conjunta de los dos derechos que se arrogó unilateralmente Washington muestra un abigarrado mapa de abusos y despojos. Entre las víctimas de la cartilla gringa aparecen México, que en 1848 perdió con su vecino la mitad del territorio nacional; también Colombia, a quien Roosevelt se precia de haberle arrebatado Panamá en 1903; Panamá, invadido en 1989; Venezuela, en 1901-1903 y de nuevo en 2026. Y República Dominicana, y Haití, y Guatemala, y Cuba, y El Salvador, y Granada, y Nicaragua, y Puerto Rico y, un poco más lejos, Chile, y otros rincones cuyos nombres se nos escapan, como decían las crónicas sociales.
Pero el monstruo original, el de 1823, quedó mal sepultado. Salió de la cripta hace 122 años; reapareció de las tinieblas en 1904 y presenta en estos días de enero de 2026 un nuevo y más aterrador capítulo de abusos. Esta vez es el Corolario Trump al Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe: el tercer tumor que le sale al enfermo.
Si el lema de Monroe era “no se metan con lo nuestro” y el de Roosevelt era “hablo suave pero llevo garrote”, el de Trump podría ser: “Si me sirve, lo cojo; después invento el pretexto”. Monroe planteó las reglas básicas de la trampa, Roosevelt añadió la violencia y la arbitrariedad y ahora Trump, el más brutal del trío calavera, enriquece la receta con sus aportes especiales: impunidad garantizada, amenazas, insultos, desborde de fronteras y una reflexión ética escalofriante que confió hace cuatro días a los periodistas de The New York Times y que sirve de acápite a esta columna: no existen las leyes internacionales, solo obedezco a mi moral.
La tecnología ultramoderna está de su lado. Roosevelt peleaba a tiros en las batallas. Trump las ordena cobardemente desde el Salón Oval y luego invita a los amigos a ver en vivo y en directo los cañonazos y los muertos, como quien mira por la tele un partido de fútbol con los cuates.
Monroe, Roosevelt y Trump: este es el trío principal que ha sembrado la infamia en el continente americano desde hace 202 años. Lo peor es que el Corolario Trump quiere volverse doctrina universal. Y llegará el día en que algún cacique atómico reaccione hundiendo un botón y estallará el final del juego.

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