Los Danieles. El banquete de la libertad

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Ser un hombre libre no es tan fácil como la gente cree”. 

“Una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad no será sino mala”. 

“La libertad no muere sola; simultáneamente, la justicia es desterrada para siempre, la nación comienza a agonizar y crucifican de nuevo a la inocencia”. 

“Los grandes ciudadanos no son los que doblan la rodilla ante la autoridad, sino los que, contra la autoridad si fuere el caso, no ceden en cuanto al honor y libertad de su país”. 

“El periodismo, cuando es libre, es una de las grandes profesiones, pues permite a los hombres servir a su país y su época en el más alto nivel”.  

“Con libertad de prensa, las naciones no están seguras de marchar hacia la justicia y la paz. Pero sin ellas están seguras de no llegar allá”. 

“La prensa no es verdadera porque sea revolucionaria; pero solo será revolucionaria si es verdadera”. 

El próximo domingo 7 de diciembre se cumplirán setenta años de la ocasión solemne en que exiliado franco-argelino Albert Camus, periodista, escritor y filósofo, pronunció ante una audiencia internacional uno de los discursos más brillantes que se hayan escrito sobre la libertad de prensa. A él pertenecen las siete citas que encabezan esta columna.  

Camus lo leyó en París con ocasión del homenaje al expresidente Eduardo Santos, director-propietario de El Tiempo, tras la clausura del diario por la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla cuatro meses antes. El orador se dirigió a Santos en los siguientes términos: “Su patria lo reconocerá como un gran ciudadano porque, despreciando todo oportunismo, usted supo resistir la injusticia total que le fue infligida”.  

Al lado del agasajado tomaba asiento Roberto García-Peña, director del periódico, cuyo mensaje personal a un colega ecuatoriano sirvió de pretexto al dictador para cerrar el periódico. Rojas Pinilla había subido al poder el 13 de junio de 1953 mediante un golpe de Estado contra el gobierno represor y filofascista de Laureano Gómez. Era la primera vez desde 1926 que un militar ocupaba en Colombia la silla de Bolívar. Gracias al apoyo político y el aprecio popular que suscitó, el general boyacense fue durante su primer año una mezcla de zar y reina de belleza. En junio de 1954, sin embargo, la matanza cometida por soldados troperos contra estudiantes inermes en el centro de Bogotá empezó a torcer el camino del hasta entonces “salvador de la patria”. Al cabo de pocos meses, buena parte de la prensa, en especial El Tiempo, criticaba al gobierno de facto y pedía el regreso a la normalidad electoral. 

Un año largo más tarde se registró en el Valle del Cauca un oscuro crimen político. El gobierno lo atribuyó a un lamentable accidente de tráfico, pero García-Peña explicó en mensaje al director de El Comercio, de Quito, que los autores habían sido unos conocidos “pájaros”, apodo que se aplicaba entonces a los asesinos a sueldo. La carta nunca apareció en El Tiempo, pese a lo cual las manos censoras oficiales redactaron una retractación que el diario estaba obligado a publicar sin cambiar ni una coma. El director debía firmar el documento como si fuera un mea culpa suyo y del medio. De lo contrario, el gobierno procedería a clausurar el periódico. 

Santos repudió el falso arrepentimiento, y de inmediato una resolución de la Presidencia suspendió la circulación del cotidiano. El cierre se produjo, como bien anotó Santos, “sin proceso, sin juicio alguno, sin una sentencia o fallo que lo declarase culpable, sin haber tenido la menor oportunidad para defenderse”. La Policía fue la encargada de sellar las entradas y echar llave. Cientos de empleados quedaron sin puesto y miles de lectores sin su información habitual.  

“El Tiempo y yo nos hundimos serenos ante la inicua agresión —dijo el expresidente—, con la limpia bandera izada en el palo mayor y el capitán en el puente de mando”. (Ver De cómo vivió y de cómo sabe morir un periódico libre, Gráfica Panamericana, México, octubre de 1955).   

En medio de la indignación general, Santos viajó a París, donde pasaba unos meses al año, y fue honrado con un gran banquete de la libertad cuyo orador era el escritor que en 1940 tuvo que salir de Argelia, su patria, justamente porque el gobierno había prohibido el diario en el que trabajaba. Dos años más tarde publicó su primera novela, El extranjero, y en 1947 La peste, la segunda. Ambas son libros clásicos. 

Cuando se celebró el concurrido banquete de la libertad ya Camus era un autor famoso. Un tiempo después, en 1957, ganó el Premio Nobel de Literatura, y en 1960 pereció en un accidente de carretera. La dictadura militar colombiana había caído tres años antes y El Tiempo estaba de nuevo en la calle. 

Desde el gran salón donde tuvo lugar el homenaje, Camus articuló palabras que podrían haber sido escritas hoy:  

“La libertad no tiene actualmente muchos aliados… Yo quiero expresar esa angustia que siento cada día cuando contemplo la decadencia de las energías liberales, la prostitución de las palabras, las víctimas difamadas, la ostentosa justificación de la opresión, la delirante admiración de la fuerza”. 

El remate de su discurso aún sigue vigente: 

“En un momento en el que más miope realismo, la concepción degradada del poder, la pasión por la deshonra y los estragos del temor desfiguran al mundo, en el momento mismo en que es posible pensar que todo está perdido, todo por otra parte está comenzando, puesto que no tenemos nada más que perder. Lo que está comenzando es el período de los hombres indomables consagrados a la defensa incondicional de la libertad”. 

Camus está enterrado en el modesto cementerio rural de Lourmarin, pequeño pueblo del sur de Francia donde era dueño de una casa que le recordaba la luz y el paisaje de Argelia. Una piedra tosca recoge su nombre y dos fechas vitales: 1913-1960. Fiel al estilo personal del ilustre ocupante, nunca desplegó monumento alguno. Y no tiene epitafio.

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