
Ana Bejarano Ricaurte
Al principio solo eran una niña y un cura. Se conocieron en Yarumal, Antioquia, pueblo fervorosamente católico en donde el párroco Gonzalo Palacio Palacio cobijó desde pequeña a Lillyam Soto Cárdenas.
La misión pastoral de Gonzalo la inspiraba otro religioso comprometido con la promoción de ideas fascistas desde el púlpito: Miguel Ángel Builes Gómez, el obispo de Santa Rosa de Osos. Builes predicaba en contra de cualquier manifestación de individualismo y libertad: rechazó el uso de pantalones por las mujeres, a quienes calificaba de diabólicas si bailaban o caminaban por la calle junto a un hombre o se atrevían a montar a caballo; y tachaba de comunismo satánico cualquier ideología que no fuese la que pregonaba Laureano Gómez.
Amparado en esas ideas y en el poder que consolidó con el paso del tiempo en una tierra en donde la Biblia era ley, el cura Palacio se convirtió en amo y señor de Yarumal. Tanto así que logró ayudar a Lillyam a entrar a la personería del pueblo.
Por esa época se conformaron grupos paramilitares por todo el departamento, ahí nacieron las Autodefensas del Norte Lechero. En una de sus primeras incursiones intervinieron para expulsar a unos campesinos que ocupaban un predio de un gran terrateniente. La gente empezó a llamar a esos encapuchados Los Doce Apóstoles, supuestamente por la presencia del cura Palacio. Además de proteger los intereses de los poderosos, el grupo se comprometió con tareas de limpieza social para eliminar a quienes consideraban indeseables: los homosexuales, las mujeres vistas como promiscuas o peligrosas, categorías usualmente concurrentes — y la lista no era corta —, los activistas sociales de cualquier tipo, los profesores de diversas instituciones educativas… Cualquiera que les oliera a libertad. Una labor digna de un discípulo del obispo Builes.
Aunque siempre que lo increparon sobre la existencia del grupo Palacio lo atribuyó a la ficción, sí confesó que solía quebrar el secreto de confesión para perseguir a quienes percibía como enemigos: “Las gentes acudían a mí para decirme planes que tenía la guerrilla entonces yo le transmitía al Ejército estas informaciones (…) Yo era el puente entre la sociedad civil y las fuerzas del orden”.
Eventualmente Lillyam, en ejercicio del cargo que el cura le ayudó a conseguir, reportó los crímenes de este grupo contra la población civil. Gracias a ella se conoció por primera vez el actuar de este peligroso matrimonio entre el púlpito y las armas. Esa información descansó con impunidad en distintos expedientes por más de treinta años.
Muchas personas fueron asesinadas por atreverse a contar esta historia y otros fueron perseguidos y hostigados, como los periodistas Olga Behar y Sergio Mesa, quienes escribieron los dos testimonios más relevantes, contundentes y corajudos sobre estos hechos.
A pesar de todo eso, y de la reciente condena contra uno de esos apóstoles, persisten las voces que claman que ese grupo jamás existió, aunque todo Yarumal y mucho de Antioquía presenciaron por años su actuar. Y no solo creen que pueden seguir insistiendo en su negacionismo indolente, sino que piensan que volverán a imponer en Colombia un proyecto de muerte y exclusión como el del padre Palacio.
Buscan un liderazgo en el que la fe — real o inventada, no importa — pueda emplearse para pisotear el cuello de los demás; para confundir el orden con la violencia descomunal e indiscriminada contra los débiles; para imponer un moralismo hipócrita en la cotidianidad y así someter al vecino; para que las minorías no existan ni tengan derechos; para que las mujeres y diversidades sexuales se acallen y sean sancionadas por existir; para manosear a la familia, a los niños, o al que les sirva para vender sus ideas podridas; para destripar a la izquierda, o a cualquiera que se atreva a desafiar a su mano negra.
Este fascismo, que tan fácil se vende acá (y en cada vez más esquinas del mundo) asegura que el orden social perfecto se alcanza mediante del quebrantamiento de las reglas institucionales y convenios sociales. Pero esa promesa nunca se concreta. Por lo menos no para la mayoría de ciudadanos, incluso si votan por este abismo que no les ofrece nada distinto al odio.
Puede que esos nuevos apóstoles ganen el favor de los incautos que gravitan como moscas hacía las luces de las redes sociales, esos que están ansiosos por votar por una solución facilista que no los obligue a pensar, o los que decididamente añoran una presidencia de la limpieza social. Como en este país caminamos en círculos, miles de muertos y décadas después, la verdad y la justicia nos alcanzan, a manos de personeras o periodistas valientes como Lillyam u Olga. Y no sé si sirve de sosiego saber que por cada nuevo apóstol sangriento siempre surge una ciudadana dispuesta a arriesgarlo todo, hasta al mismo Dios, para enfrentarlo.
Al final, la niña hizo una carrera al servicio de la justicia colombiana y el cura vivió el resto de su vida asediado por los cuestionamientos que nunca logró despejar. El resto de apóstoles murieron con sus manos machadas de sangre o fueron presos, como símbolo de que ese esquema de violencia y exclusión fue real y también fue vencido. Incluso si ahora (en un paquete patético y vacío) quiera volver a gobernar.

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