
Daniel Samper Pizano
En octubre de 1972 Álvaro Cepeda Samudio estaba tendido en una cama de hospital en Nueva York. Su familia y sus amigos no podían creer que se estuviera muriendo este tipo más fuerte que un bisonte y con aspecto de banderillero andaluz, capaz de escribir un periódico él solo, pelearse a trompadas con marineros gringos en un bar, parrandear tres días seguidos sin dormir y pasar un fin de semana con sus amigos de La Cueva discutiendo sobre cine, comiendo sancocho y repasando las novelas de Hemingway.
Todo había empezado tres meses antes como un resfrío, culpa de una excursión cinematográfica al páramo de las Papas (Cauca), donde nace el río Magdalena. Al regresar a Barranquilla los doctores le recomendaron que buscara atención especializada en Estados Unidos. Siguió su consejo, pero ni los médicos de allá ni los de aquí lograron contener el tumor que doblegó a quien no se enfermaba nunca. Tenía 46 años.
El 10 llegó al hospital uno de los mejores amigos de Cepeda, el pintor Alejandro Obregón. Venía de Colombia y traía bajo el brazo, con la tinta aún fresca, el primer ejemplar de Los cuentos de Juana, obra de Álvaro ilustrada por Obregón. El libro empieza con una entrevista del primero al segundo y del segundo al primero donde se habla de arte y de literatura y relampaguean personajes como Pelé y Vivaldi, la reina María Luisa y García Márquez. Al final de este feliz relajo queda un testamento. En el último diálogo, Cepeda pregunta a Obregón “¿Y de la vida?” y este responde en latín costeño:
- Primum vivivre y endespués philosofare.
Y remata Cepeda:
— Pero eso no es griego, es cienaguero: el que se murió se jodió.
Ha pasado más de medio siglo desde entonces y la luz de Cepeda sobre la literatura y el periodismo colombianos brilla cada vez con mayor intensidad. García Márquez ya había escrito en 1967 que la narrativa de Cepeda “es un nuevo y formidable aporte al hecho literario más importante del mundo actual: la novela latinoamericana”. Hernando Téllez, el maestro nacional de la crítica, señaló en 1954 que los cuentos del barranquillero “me parecen una cosa excepcional”. Críticos como el colombo-italiano Fabio Rodríguez-Amaya reconocen que “su obra y su figura rubricaron, desde mediados de los años 1940 el inicio de una revolución literaria”. El investigador francés Jacques Gilard opina sobre sus cuentos: “Son un clásico devuelto por fin a sus lectores”. Podría citar muchas más opiniones sobre la trascendencia de cuentos y novelas del autor de esa obra maestra que es La casa grande. Pero me interesa más subrayar cómo Cepeda, a quien Gilard define como “periodista ejemplar”, fue un ciclón que cambió la prensa colombiana.
Álvaro se estrenó muy temprano como columnista. Tenía 18 años al publicar en 1944 su primer artículo en hojas estudiantiles. Entre esa ocasión y abril de 1955, cuando termina lo que Gilard acota como “periodismo juvenil”, publicó 222 columnas en diversos periódicos. Para entonces ya se había sumergido hondamente en aguas de la reportería y de la redacción de reseñas, breves ensayos y crónicas como las que despachó desde Guayaquil a El Nacional de Barranquilla sobre el torneo suramericano de fútbol de 1947.
A finales de los años 40 y principios de los 50 se marchó a estudiar periodismo en las universidades gringas de Michigan State y Columbia, en Nueva York. Leyó con cuidado y profusión a autores que irrumpían en lengua inglesa con un nuevo estilo, como William Faulkner y William Saroyan. Algunos —John Hersey, Norman Mailer, Truman Capote— mostraban una fascinante cercanía con el periodismo. Otros, una magistral dosis de ironía, como el ya difunto pero nunca sepultado Mark Twain. Y, sobre todo, Álvaro —alias el Nene o el Cabellón— quedó asombrado con el talante narrativo de grandes cronistas como John Reed, Ernest Hemingway, Lilian Ross y Gay Talese, que aplicaban técnicas de ficción al relato de acontecimientos reales y al perfil de personajes auténticos.
Cepeda, que había estudiado bachillerato en inglés en un colegio protestante de Barranquilla, regresó de Estados Unidos al empezar la segunda mitad del siglo XX. Traía ideas que cambiaron la prensa colombiana, al abandonar la tradicional influencia francesa y española y adoptar el modelo norteamericano. Muchos todavía no lo saben, pero él señaló al reportero —no al editorialista ni al comentarista— como piedra angular del periodismo. También demostró que la noticia no se cubre desde un escritorio sino ensuciándose las botas en el terreno (los protagonistas de Watergate, Bernstein y Woodward, afirman que el mejor reportero suele ser el que más gastados tiene los zapatos); que la entrevista y el reportaje son el complemento más ágil de la noticia, no la conjetura ni el ensayo; que dominar el lenguaje es uno de los secretos para gobernar el material. Álvaro fue fiel a estos principios, y a otros ya clásicos de la reportería: “No creo en los reporteros que no llevan en el bolsillo libreta y lápiz”, solía decir.
Su obra revela insólito talento y fidelidad al oficio. Aún no se ha publicado en Colombia una entrevista que supere la suya al campeón brasileño Garrincha en 1968, ni estampas instantáneas como las que publicó en El Tiempo sobre el flamante departamento del Cesar.
Al acercarse el 30 de marzo, centenario de su nacimiento, se celebra en Barranquilla su obra de periodista y de narrador. La revista Huellas, de la Universidad del Norte, dedica a él una edición especial y habrá conferencias y cátedras en torno a su alborotada figura.
A algunas de ellas asistirá su esposa Teresa (Tita) Manotas, puntal indispensable para el Cabellón como cinematografista y autor, y guardiana de su obra y sus documentos. Ya nonagenaria, pero siempre activa, Tita será lo más valioso de los cien años de ese huracán en permanente estado de curiosidad y movimiento que cambió el periodismo colombiano, enriqueció su literatura y no cesa de soplar.
