
Enrique Santos Calderón
Murió el 26 de enero en Cartagena, ciudad de sus entrañas, Salvatore Basile Ferrara. Simplemente Salvo, para sus incontables amigos. Un ser humano fuera de serie, napolitano de nacimiento, cartagenero de vocación, que demostró una devoción inquebrantable por este país, que lo sedujo desde el momento en que pisó tierra colombiana en 1968.
Llegó con el equipo cinematográfico del director italiano Gillo Pontecorvo (La batalla de Argel) para filmar Queimada, una película con Marlon Brando sobre la rebelión de una isla caribeña contra la esclavitud y la explotación de la población negra. En Cartagena quedó flechado por la magia de la ciudad y la belleza de Jacqueline Lemaitre, su esposa durante los siguientes 58 años, y nunca regresó a instalarse en Nápoles, pese a que cada rato hablaba de volver a sus orígenes.
Lo conocí cuando vino por primera vez a Bogotá en 1969, con su impecable traje de lino blanco, su pinta de galán de cine, su imponente estatura y su arrolladora voz de trueno. Surgió ahí mismo una química personal y una amistad sin fisuras que duró hasta el día de su muerte.
En medio de la tristeza y la nostalgia, no sé cuál faceta destacar de la personalidad de Salvo. Una vehemencia fogosa, pero siempre alegre, para defender sus causas; un arraigado sentido del honor y la lealtad; un desprecio por la ostentación y los lujos; una franqueza sin esguinces para criticar lo que le parecía equivocado o injusto. Todo eso y tanto más…
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Era “una fuerza de la naturaleza”, como me comentó un amigo común, y sería interminable el anecdotario de sus tormentosos ires y venires: el manejo de las travesuras eróticas de un incontrolable Marlon Brando, quien durante la filmación de Queimada se perdía días enteros en la lujuria amurallada de La Heroica, para angustia y desespero del asistente de dirección, que era el pobre Salvo; las insólitas aventuras con Robert De Niro en la Sierra Nevada buscando comunidades indígenas para el rodaje de La misión (ganadora de un Óscar); los choques permanentes con el genial, pero insoportable, actor Klaus Kinski (Cobra Verde), fueron episodios de una trayectoria que Salvo contaba con picante desparpajo y sonoras carcajadas.
Pero hay un rasgo de su vida que nunca lo abandonó: la solidaridad con los pobres y desvalidos de su ciudad. Hasta el final, en medio de los dolores de un cáncer asesino, no dejó de perseguir a empresarios y boletear a amigos buscando levantar billete para sus obras sociales. Aliviar la extrema pobreza de los niños de la ciudad más bella y desigual de Colombia fue una obsesión constante, que lo llevó a crear la Fundación Corazón Contento, a la que dedicó su inagotable energía.
Decía que aún se consideraba socialista “pero no de carreta y demagogia: pido bultos de arroz, papa y pollo para el almuerzo que cada día repartimos a 300 jóvenes en un barrio popular”. Y lo lograba. Su compromiso social era concreto, como eran duros sus reproches a quienes no le colaboraban.
Aún me retumban los regaños que me pegaba cada vez que me colgaba en mis cuotas de sostenimiento. “No joda, Enriquito, ¿te olvidaste del pueblo, maricón?”. No tenía pelos en la lengua ni respeto por formalidades cachacas o protocolos sociales.
Recorrer las calles de Cartagena con Salvo era la medida de su carisma y conexión con la gente. Pescadores de La Boquilla, vendedores ambulantes del centro, ejecutivos del Club Cartagena reaccionaban con un eufórico “¡Ajá, Salvo!” cada vez que se cruzaban con este enorme napolitano, que igual los saludaba con un asfixiante abrazo o los despedía con un ruidoso vainazo.
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Hoy me encuentro en el Hay Festival de Cartagena, al que asisto hace veinte años. Un acontecimiento cultural siempre estimulante y dinámico que convoca a intelectuales y escritores del mundo. Pero esta vez lo siento distinto. Algo falta. En medio del fervor literario y la algarabía rumbera hay un gran vacío: el que dejó la figura inconfundible de un italiano, “más colombiano que los colombianos”, cuya devoción por su tierra adoptiva fue tan genuina como su pasión por defender a su gente de atropellos e injusticias.
Qué falta haces, Salvo querido. Te recordaremos siempre como un ejemplo de vida y compromiso con los demás. Es un legado que perdurará. Paz en tu tumba, compañero del alma.
