Librero fugaz

Juan, el librero

Por Oscar Domínguez Giraldo

Un día del idioma como este lunes 23 de abril, imposible no empezar por recordar, de  nuevo, sin mucha alharaca, que he desempeñado oficios varios buscándole la caída al billete. He hecho mandados, adivinado el futuro y encimado el pasado. Vendí tiquetes para bus y autoferro. He escrito  cartas de amor para novias ajenas. Mercenario sin hígado, redacté textos políticos para reclutar voticos díscolos que le dijeron no a “mi” aspirante. 

He sido tendero, proxeneta de novios fugados, paseador de perros, tahúr, barman en el sur bogotano, voceador de periódico,  vendedor de camisas de segunda en Fredonia. Fui taquillero en cinemas paradiso de barrio, traficante de sueños, padre de familia, peatón, contribuyente, constituyente, celador, monaguillo que se quedaba con parte de la limosna (eso se llama redistribución del ingreso. Dios no tiene el almuerzo embolatado, argumenté para mis adentros). También me las he dado de palabrotraficante en sus “advocaciones” de periodista y de columnista.  Nunca había sido librero fugaz. 

El asunto fue así: Me acerqué a una librería ubicada en el Parque Santander, en pleno centro de Bogotá, a darle de comer al ojo. Los libreros ven llegar al cliente y por el “tumbao” que tiene enseguida le miden el revuelto literario. Y el bolsillo. Son el eslabón encontrado entre el libro caro y el constribuyente y  constituyente primarios. Son tan necesarios como el pan, el olvido y el agua.  

En todo muerto ilustre – o no ilustre- que aparece en el periódico, los libreros ven la posibilidad de una inminente compra barata. Los deudos, si no son lectores, casi pagan para que arrasen con los libros. Los libreros pescan en ese rìo revuelto.  

Sicólogo empírico, el cordial librero de este cuento que se identificò como Carlos Escobar, poeta en sus ratos de ocio, me examinó algunos segundos. En seguida empezó la ofensiva: qué libro busca el señor. Retrechero, al principio lo castigué con el policía del  silencio.  En el amor y en los negocios si mostrás ganas, están perdido, te tragan sin sacudirte. Ambos estábamos trabajando a nuestra manera. 

Finalmente, le dije que me estaba llenando de ganas. ¿Cuál busca?, insistió el hombre de pelo crespo. Como hablándole al viento, respondí: «Gabriela, clavo y canela”. Para que “sepa quién soy yo” le agregué que Amado era paisano de mi primera nieta, Sofía Mo, a quien le debemos conocer Rio de Janeiro. 

Célico, librero bogotano

De inmediato, me abrumó con otros títulos del brasileño  Jorge Amado. “No se pierda a Doña Flor y sus dos maridos”. Le pedí que me mostrara ediciones de “Gabriela”. Si es letra de edicto, esa que no lee un preso, no me sirve, le notifiqué. Mis ojos la rechazan y yo les doy gusto. Es el pacto de coexistencia pacífica que firmamos. 

 “No lo tengo aquí sino en la otra librería. Si quiere voy por ella. Me demoro diez minutos”. “¿Y quién se queda al frente del chuzo?”. » Pues usted”.  Y se fue, graduándome de librero, sin más poesía.  

Todo muy surrealista. El hecho de saber que por unos minutos desempeñaría el mismo oficio que Borges, me llenó de ínfulas. Alcancé a decirme: En adelante vas a escribir mejor. Ya tenía otra aventura más para contarles a mis nietos. 

En su ausencia, no vendí un solo libro. Tampoco vendo un vaso de agua en el Sahara. No estoy hecho para la ardua condición de rico. La plata, la inmortalidad y la revolución se las dejo a los demás. Me contento con saber que “no tengo quejas de la ternura”. Del ahogado el sombrero. 

Varios mirones se acercaron. Me cuidé de que nadie robara. En ese caso, el paganini sería yo.  

De pronto, un tipo con cara de retrato hablado y de N.N. juntos, me ofreció una plancha. Sí, una plancha, ni siquiera un incunable como “El arte de amar”, Ovidio.  

Otro se me vino con esta perla: “Quédate con esta alhaja finísima, bacán”, y me la mostró de lejitos, con el brazo tendido hacia el suelo, para que solo la viéramos él y yo. Conozco el ritual.   

De lejos se notaba que los dueños originales de la plancha y de la joya no eran ellos. Pero es mejor ver y no preguntar, como los ascensoristas de Nueva York, según cuenta Gay Talesse en una de sus crónicas. (En el puesto que cuidaba no vi libros del escritor gringo . Que se vea la riqueza). 

Mi fugaz empleador regresó ¡20 minutos después! Ya estaba pensando cobrarle cesantías. Ni cuentas me pidió el librero Escobar. Para adecentar el libro que me trajo, le había hecho la cirugía plástica con un borrador.  

Me gustó, a pesar de la letra de edicto. Entrado en gastos, me interesé por “Doña Flor y sus dos maridos”, edición del Círculo de lectores, traducción de Lorenzo Varela. (Lamenté que Cortázar no dominara el portugués porque las Memorias de Adriano quedaron del carajo).  

Repetí un viejo ritual: abrí el libro en cualquier parte, página 52, y leí: “Esa no es una mujer (un personaje habla de la suegra de alguien), es un miércoles de ceniza, le quita la alegría a cualquiera”. Lo compro, me dije. No por la diatriba contra la suegra con las que siempre me llevé bien, mientras estuve en el mercado del amor. ¿Cómo le iba a hacer perder el viaje a Escobar? 

Vino la negociación de ese libro y del de “Gabriela”.  Me pidió 40 mil por ambos. Recordando a mi padre que siempre pedía rebaja, le ofrecí ¡10 mil!  Partimos la «diferiencia»: Quedé 25 mil pesos más pobre y dos libros más rico.  Y fui librero por un rato. Que se tengan fino los “colegas”. (Esta crónica ha sido ampliada). 

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Directores Orlando Cadavid Correa y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo rcorrientes@revistacorrientes.com

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