Las revelaciones sobre los negocios privados del presidente de EE UU muestran una cultura de la rapacidad en la Casa Blanca

Editorial
La capacidad de Washington y el resto del mundo para escandalizarse ante el desprecio de Donald Trump por las formas, las instituciones y la política como servicio público se puso a prueba una vez más el martes con la publicación del informe anual sobre la situación financiera del presidente de Estados Unidos. En su primer año en la Casa Blanca, sus ingresos se dispararon hasta más de mil millones de dólares, en su mayoría por hacer negocios con criptomonedas.Esto sucedió después de que Trump hubiese promocionado la inversión en criptomonedas y después de poner al Gobierno, a la fiscalía y al regulador bursátil descaradamente a favor del mundo cripto, que a su vez contribuyó con millones de dólares a su campaña y a su fiesta de inauguración.
La descomunal cifra de ingresos de Trump y su familia por negocios con criptomonedas se suma a donaciones millonarias de empresas, dinero procedente de acuerdos judiciales para eludir las demandas a discreción del presidente, y otros negocios como productos con su nombre. Las nuevas revelaciones llegan además el día en que Trump pretende hacer un vuelo inaugural en un avión presidencial regalado por Qatar y valorado en 400 millones de dólares. No es un regalo para la Casa Blanca, sino para Trump: ha anunciado que piensa llevarse el avión cuando deje el cargo.
The New York Times publicó en enero una estimación de los ingresos de Trump en el primer año desde que regresó a Washington, y que cifró en, como mínimo, 1.400 millones de dólares, muy por encima de lo que ingresaba su emporio inmobiliario antes de sumarle el poder de la presidencia. Nada de esto se ha hecho a escondidas. Los negocios de los hijos y del yerno de Trump ligados a la política exterior del presidente se hacen a la vista de todo el mundo. La afirmación de que sus negocios están en manos de sus hijos y él no influye en los mismos no es creíble.
A nadie puede sorprenderle este comportamiento. Estados Unidos ha elegido presidente a un empresario cuyo marco moral se resume en la frase que pronunció hace años al alardear de tener permiso, dada su condición de famoso y estrella de la televisión, para asaltar a mujeres. Ese mismo principio se aplica hoy a la presidencia. Trump considera que, como presidente, puede usar las instituciones como quiera. Por sus propias declaraciones, sabemos que no ve nada raro en aprovechar el cargo para enriquecerse. Cuando hace años se le reprochó la ingeniería fiscal para no pagar impuestos, respondió que eso le convertía en “alguien listo”. Es posible que no entienda a qué viene tanto escándalo.
Una característica envidiable de la democracia norteamericana es su trato reverencial a las instituciones y, en especial, al presidente. Aunque esa obsesión por el rito, la tradición y la dignificación del cargo nunca ha estado exenta de hipocresía, es tan importante como las propias leyes para el funcionamiento del sistema, pero esa cultura democrática ha sido sustituida por una cultura de la corrupción que emana de la Casa Blanca y, gracias a la pasividad de las mayorías republicanas en el Congreso, que han renunciado a la tarea de servir como contrapoder, va carcomiendo el resto de la arquitectura institucional.
La codicia de Trump no tiene límite, y hay ocasiones en que parece dudoso que la democracia sea capaz de ponérselo.

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