Nunca se sabrá cuál fue el delito del último condenado a muerte en Colombia

Manuel Saturio Valencia, el último condenado a muerte y fusilado en Colombia. Foto SENTIPENSAR SUR

Por Gilberto Castillo, Academia de historia de Bogotá

Manuel Saturio Valencia Mena  murió el 7 mayo de 1907 a las 4 de la tarde, atado a un taburete en la plaza pública de Quibdó, ante el repudio de casi toda la ciudad que lo apreciaba y la contentura de unos pocos. El pelotón de fusilamiento debió repetir la descarga porque con la primera apenas le destrozaron el pecho, pero no resultó fatal. 

Hasta hoy, ciento dieciocho años después de su muerte, no se sabe por qué razón resultó ser el último fusilado en Colombia y las conjeturas se reparten casi por igual: unos dicen que por racismo y por ser un negro muy inteligente  y exitoso después de venir de muy abajo; otros que por celos, pues era capaz de enamorar a las mujeres que se cruzaran en su camino y no dudaron en afirmar que  la familia de Deyanira Castro una mujer blanca, hermosa y rubia a la que embarazó, fue la encargada de involucrarlo en el delito que lo llevó al patíbulo. Otros alegan que, por venganza política, pues durante años fue un connotado dirigente conservador de su región y en la Guerra de los Mil días, en pleno campo de batalla, luchando contra los liberales, llegó a obtener el grado de capitán, entregado por el mismísimo gobierno conservador. 

Ilustración Facebook/Google

Incluso, sus enemigos acérrimos, lo tildaron de “ser un negro empapado de teorías socialistas” pues desde muy joven buscó el bienestar de los de su raza así esto le implicara enfrentarse a la pequeña pero poderosa elite blanca de su ciudad. En la escuela por defender a niños de color de los abusos de los blancos, lo expulsaron varias veces, y de adulto fundó una escuela para niños negros, pero se la cerraron. Se dice que, como juez, sin violentar las leyes, tomó partido por los de su raza.

Sobre su personalidad también hay disparidad de criterios. La escritora María Teresa Martínez de Varela – entre otras cosas, mamá del músico Jairo Varela, fundador del grupo Niche- en su libro Mi cristo negro, lo muestra como un hombre ilustrado y correcto a quien todos admiraban como líder chocoano, y escribe: “Mi papá, que era músico, cuando comenzaba a cantar con mi mamá decía: «¡Ay, hombre!, esta canción es del finado Saturio». Si se hablaba de música, se hablaba de Saturio; si se hablaba de derecho, se hablaba de Saturio; si se hablaba de educación, se hablaba de Saturio”.

Pero según el poeta Miguel Caicedo, también chocoano, y quien leyó la historia en un periódico cuando tenía trece años y el resto de su vida lo persiguió, afirma en su obra La palizada que “a Manuel Saturio no lo mataron por negro, ni por inteligente”, como oyó decir cuando era apenas un muchacho, y tampoco lo mató la aristocracia blanca quibdoseña, y reconoce que cuando Saturio se emborrachaba, a pesar de los cargos importantes que tenía, se enlagunaba y no podía recordar lo que había hecho. Se volvía enamoradizo y “no respetaba edades, vínculos, ni arrugas”. Pero también afirma que “Saturio no tenía la culpa de ser así pues estas inclinaciones eran herencia de su padre quien embarazó a la madre de Saturio cuando estaba casada con otro.  En lo que sí coinciden María Teresa de Varela y Miguel Caicedo, junto al escritor Manuel Zapata Olivella, es que, en definitiva, Manuel Saturio era inocente del “terrible”, -así entre comillas-, delito que le adjudicaron.

Saturio había nacido en una condición muy humilde, y como dijo alguna vez Marco Fidel Suárez, en respuesta a uno de sus discípulos de la universidad del Rosario, donde dictaba clases: “certeza es saber quien su señora madre, y fe, conocer el nombre de su padre”. Y esto le ocurrió  a Saturio porque se sabía que era hijo de Tránsito Mena, una mujer afrodescendiente que se dedicaba en la ciudad a oficios varios, y su padre, dicen unos registros históricos, era de nombre Manuel Saturio Valencia, y lo describen como un hombre mulato de piel morena con pecas y de procedencia humilde, mientras otros autores como el mismo  Zapata Olivella, sugieren que su padre biológico pudo haber sido un hombre blanco de la élite chocoana u otro que, según registros, también históricos, pudo tener el nombre  de Francisco Blandón.

Imagen gráfica de Manuel Saturio Valencia que reposa en el Archivo General de la Nación

En medio de tantas conjeturas sobre su vida, la verdad es que Saturio fue un niño casi prodigio. Había nacido el 24 de diciembre de 1867 y por alguna circunstancia, en medio de los oficios humildes con qué le ayudaba a su madre (o sus padres, si fuera el caso), llegó a cantar en el coro de la iglesia donde aprendió a hablar latín y francés rápidamente. Los capuchinos, admirados de su vivacidad e inteligencia, lo apoyaron para que realizara la primaria y el bachillerato en el colegio fundado por los hermanos maristas, y de allí fue a la Universidad del Cauca donde se graduó como abogado. 

A los veinticuatro años, de regreso a Quibdó, y seguramente contra la voluntad de la elite blanca de la calle primera, pero apoyado por un importante amigo payanes, ocupó los cargos de juez de rentas y ejecuciones fiscales, así como el de personero municipal, por esto María Teresa de Varela dice que fue el primer negro en llegar a tan importantes posiciones en América Latina.  Se alineó y fue dirigente del Partido Conservador una facción política minoritaria en ese departamento, además de autodidacta en muchas cosas y profesor de música y canto en las escuelas. Empresario, poeta y ensayista.  Años después, siendo juez, trabajó como ayudante de contabilidad en la prestigiosa casa comercial A & T Meluk y montó su propio local con un préstamo que le hizo la empresa. Saturio, además de una voz hermosa, tocaba el órgano y la guitarra y este amor por la música, lo llevó a organizar las primeras dos orquestas que tuvo el Chocó.

 Su desgracia se la pudo traer el trago y su apostura que embriagaba a las mujeres, como afirmó María Teresa Martínez de Varela. El antropólogo Rogelio Velásquez, también chocoano, entre la ficción y realidad de su obra Memorias del Odio, pero basándose en el expediente del juicio y los manuscritos encontrados en la celda donde estuvo Manuel, -siendo víctima de torturas y presión psicológica para que confesara su culpa, según dijo el mismo reo-, cuenta la historia de este hombre que por su éxito de galán llegó a ser apodado Ángel de las chimeneas y Adalid de ébano

Para la historia de Velásquez, Saturio amó a dos mujeres, una negra y una blanca. Con Arcadia Blandón, amiga de infancia, mantuvo un noviazgo largo y secreto. Pero Saturio no pudo serle fiel, ante la rendición de algunas mujeres, y el profundo amor de la más hermosa de la ciudad, Deyanira Castro, hija de una de las familias blancas y liberales más influyentes de la calle primera, hoy malecón sobre el río Atrato, donde se asentaba ese poderoso nicho de la élite chocoana. Como ese amor era imposible, y ya despertaba recelos, Saturio siguió adelante con el plan de casarse con Arcadia; pero Deyanira, loca de amor decidió entregárselo y quedó embarazada. Ahí ardió Troya, o mejor, ardió Quibdó. 

Pero aquí surge otra teoría como mito en la vida de este hombre infortunado: por alguna razón, se entera que Arcadia es su hermana. Recordemos que se sospechaba que Francisco Blando era su padre. Al ver este amor truncado, la honra de Deyanira destruida por su culpa y su hijo Saturio se entregó la bebida de manera despiadada, y es este, el comienzo del fin, porque ante el dolor del amor y la desaparición de su vástago mulato y bastardo, se le escuchó decir que incendiaría a Quibdó, y es aquí donde el pez muere por  su boca, porque son estas palabras las que reciclan sus enemigos para tomar venganza.

El 1 de mayo de 1907, arden dos chozas sobre El Malecón, sin víctimas fatales. La policía investiga, y allí mismo, como puestas por manos mágicas, aparecen las pruebas:  la billetera de Manuel Saturio con sus papeles y su cinturón. Se le acusa de anarquista e incendiario y es llevado a la cárcel, en medio de los humores de su última borrachera.  Para colmo de su suerte, el juicio es adelantado por un tribunal militar, algo indebido ya que debió hacerlo un tribunal civil.  Ante las pruebas y su testimonio aceptando su culpa seguramente porque no recordaba nada o porque le fue sacado a la fuerza, la pena sin atenuantes, es la de muerte por fusilamiento que se fija para el 7 de mayo a las 4 de la tarde en la plaza pública.  Se dice que el presidente Rafael Reyes y su ministro de guerra Clímaco Lozada, enviaron un telegrama suspendiendo la ejecución, pero que este fue escondido por sus contradictores y solo apareció unas horas después. 

¿Realmente por qué se le ejecutó?, esa es la pregunta que hoy está en el aire. Continuando con las conjeturas sobre su vida, digamos que fue por política, pues él dirigía al partido conservador, una fracción muy pequeña en ese departamento donde la mayoría era liberal, y para colmo Deyanira Castro pertenecía a una de esas familias.  Por celos, y aquí surgen dos tipos, el de amor y el del orgullo. Los del amor porque se cuenta que para 1907 el primer intendente de la recientemente creada intendencia, (noviembre de 1906), era Enrique Palacios Medica quien estaba perdidamente enamorado de Deyanira y por esto odiaba a Saturio, además de que su propia esposa lo elogió con discreción. El segundo, por celos profesionales, sería Tántalo, un poeta que envidiaba de  Saturio sus capacidades líricas y la simpatía que despertaba; y el tercero y más agudo enemigo,  sería  Rofolfo Castro, hermano de Deyanira quien sintió que su familia había sido mancillada por un negro que fue capaz de embarazar a su hermana y sembrar en su apellido la mayor vergüenza posible, y por eso se encargó, junto con los cómplices anteriores, de desaparecer a su sobrino bastardo, de incendiar las chozas y colocar las pruebas.

Comprobar que ellos fueron los encargados del ardid, no es fácil. Lo que sí es cierto es que, a Manuel Saturio Valencia Mena, le aplicaron una pena muy grande para un delito tan pequeño,  lo que hizo que su nombre se convirtiera en el de un héroe para su departamento, y en un símbolo para la reivindicación del pueblo chocoano, tal y como lo utilizó, durante muchos años,  el gran dirigente Diego Luis Córdoba a quien la raza afrodescendiente le debe mucho reconocimiento.

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