Por Jaime Lopera
Alguien me preguntaba cual era el orígen de un aforismo que había utilizado durante una tertulia en mi casa. Salgo a cumplir con dicha inquietud narrando su más probable orígen.
El dicho «está brava mi vecina porque se robó mi gallina» surgió de la siguiente interesante y curiosa historia: los policías Andrew Stefens y Karl Lift estaban en el Golfo Pérsico a bordo de una lancha patrullera. El mar estaba caliente y registraba 50,9 o más grados centígrados. Como la sed los tenía cercados, Andrew baja en busca de agua helada y observa que se ha acabado. Como es de reglamento, reportan su posición para regresar a la base.
En ese momento Andrew recuerda una situación de lo que fuera testigo. Dice: “Estábamos en entrenamiento en el Caribe y enseguida de la base naval un campesino poseía un cultivo industrial de sandías. Debido a la sed, los infantes de marina le coqueteaban a las sandías y por tanto deciden saquear parte del cultivo. El campesino se da cuenta, no se queja pero toma medidas».
A la semana siguiente los infantes repiten el saqueo y súbitamente aparecen 120 infantes muertos y, entre ellos, un Almirante. Como es obvio, la Marina abre una investigación y encuentra un pesticida de carbamato llamado Furadan inyectado en las sandías.
Todo el mundo guarda silencio. «No se puede poner brava mi vecina porque se robó mi gallina», explicaron en el Consejo Nacional de Seguridad, según se dijo en los pasillos de esa entidad.
Fin de la historia. Con este aforismo queda en claro, por ejemplo, que muchas veces un amigo, o una chica, deja de saludarnos e ignoramos por qué. Lo único que cabe adivinar es que tiene un remordimiento gratuito y nada se puede hacer al respecto. Muchas otras situaciones similares pueden ser objeto de tal ejemplo. El aforismo utilizado es la respuesta.
