Entre la poesía y Marta Pintuco

El poeta Mario Rivero

Por Oscar Domínguez Giraldo

La última vez que ví a Mario Rivero celebraba en la Casa de Poesía Silva, cercana a su apartamento, la entrega del número 200 de su revista Golpe de Dados, editado por el Instituto Caro y Cuervo. 

El nombre de la revista está tomado de este verso del francés Mallarmé: “Un golpe de dados jamás abolirá el azar”.  

Pero cambiemos de frecuencia y sintonicemos la emisora cultural de la Tadeo (106.9 FM) en la que Rivero y su amigo el director de la emisora Bernardo Hoyos hablaban una noche sobre los 35 años de la publicación.   

La charla sobre la poesía de Rivero derivó en un animado croché sobre Marta Pintuco, las mellizas Arias, Ana Molina, Aura Cardozo, la “Pipi”, y otras madames que administraban casas de citas en el Medellín de hace varias décadas, Lovaina incluído. 

Empezaron hablando del Rivero crítico de arte que escribió sobre pintores como Obregón y Fernan do Botero. Decepcionado,  abandonó la autorizada crítica que hacía. Se conseguía más plata cargando el palio que escribiendo notas para el olvido. Finalmente, se dedicó a los poemas urbanos en su casa del viejo barrio de La Candelaria, donde de paso alimentaba canarios y lidiaba con su artritis.  

Durante la entrevista, Hoyos recordó que en uno de los cuadros de Fernando Botero hay un gato encaramado en una cama. No hubo acuerdo sobre lo fundamental: si el gato ronroneaba en la casa de Marta Pintuco (calle Lima contiguo al Ventiadero, según el lovainólogo mayor, el fallecido cantante Jaime Hernández), o en de las mellizas Arias.  

Rivero apostó por la casa de las Arias. El gato, es de suponer, traía buena suerte, o sea, hartos clientes, de allí que fueran bienvenidos y mejor alimentados. Además, los gatos guardan celosamente los secretos…   

Hoyos alegaba que el felino habitaba la casa de Marta Pintuco, con quien una vez se encontró en el aeropuerto de Londres adonde ella había ido para asistir al matrimonio de una hija con un inglés. “Bernardino, ¿qué haces tú aquí?”, fue la pregunta de Marta. 

En el programa radial, Rivero se sentó en la palabra para proclamar que Marta y sus amigas de oficio eran una maravilla. “Marta era una mujer de una autenticidad…. Además, tenía las piernas más espléndidas que haya dado Antioquia”. Hoyos adhirió a la descripción.  

Rivero abundó en detalles: “Marta era una gran dama. A esas señoras las llamaban putas en Medellín pero eran unas señoronas”.  

Así es, avaló Bernardino. Para terminar Rivero insistió en que “eran unas mujeres adoradas. Además, querían a los hombres. Los respetaban. Si uno les caía bien, le pagaban el desayuno con huevo. Al despedirlo le decían: ‘¿Cuando vuelve, mijo?. ¡Y no le cobraban!”.  

Morir es fácil 

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Hace diez años el poeta Mario Rivero le dijo a su mujer: “Blanca, tú eres un ángel”. Y colgó la lira. 

Blanca Panesso, de gran cultura y exquisitos modales, perteneció a la cuerda de las poetas Matilde Espinosa y Marujita Vieira quien la consideró una “de las mujeres más bellas e inteligentes de nuestro tiempo, esposa, eterna comprensiva, amiga fiel de un personaje múltiple, huracanado, que hizo de la poesía un espectáculo de luces y sonoridades”. 

Rivero murió el mismo día, 11 de abril, que sus amigos el pintor Alejandro Obregón y el escritor Héctor Rojas Herazo.  

El otro yo de Mario Cataño Restrepo como lo bautizaron, nació en Envigado el 24 de mayo de 1935, año en que Gardel abandonaba la pasarela-vida en el aeropuerto Olaya Herrera. 

A lo mejor en esa fúnebre coincidencia está su devoción  por el tango. El Rivero fue un guiño a su admirado cantante Edmundo Rivero.
Al epitafio de Rivero solo le faltaba el mármol: “Morir es pasar a habitar otra estrella. Lo que me fue prestado lo devuelvo”.   A su pupilo aventajado, el poeta y gestor cultural  Federico Díaz-Granados, le confesó la víspera de su partida: “Ay, mijito, no nos quedan sino Dios y el asco”.
 

“Mario me llamo, soy mordisco del aire, soy un husmea-cosas, soy un cuenta -cosas”, dejó escrito el hombre que tuvo devotos como arroz y detractores tesos como Gonzalo Arango y Harold Alvarado Tenorio quienes le migaron duro. 

Alguna vez le preguntaron por sus palabras preferidas. Con su voz como para anestesiar una boa constrictor mencionó putarrona, rojo, azul, amigo, muchacha, lluvia, viento, cuchilla, navaja, serpiente. 

La voz le alcanzó para cantar boleros y tangos, y para declamar sus versos en la Casa de Poesía Silva, en La Candelaria, su barrio. Vivir o frecuentar La Candelaria es como caminar entre el misterio. Le fue fiel a la ciudad vieja de Bogotá para estar cerca de donde nacieron sus colegas Silva, Pombo y Vargas Vila. También le fue fiel a su ropa que parecía la misma siempre, opinaban las meseras del Hotel Dann que extrañaban sus ausencias. 

Díaz-Granados lo acompañó a preparar la edición definitiva de su obra. Sólo después el gigante en cuyas manos una nevera parecía un bonsái al decir del poeta Roca, se regaló la licencia de partir. La Biblioteca Sibila de poesía de España publicó los 13 libros que parió en 50 años. 

Díaz-Granados que lo sabía todo sobre su gurú, escribió en El Tiempo que los últimos años del mandamás de la revista Golpe de Dados transcurrieron entre el escepticismo “por el ser humano y el mundo, y un acercamiento hacia lo sagrado y lo místico”. 

En sus exequias hubo lleno hasta debajo del altar mayor del Gimnasio Moderno. El padre Ancízar empezó su homilía citando un verso del difunto Mario: “¡Qué fácil para un hombre como yo morir!”. (El Colombiano, mayo de 2019) 

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