Ellos rompen el tejido social

En campaña electoral los políticos anuncian milagros.

Por Carlos Alberto Ospina M.

El debate público está atravesado por profundas tensiones ideológicas, desconfianzas justificadas y heridas que supuran. En ese sentido, se imponen la descalificación, la manipulación y la mentira a manera de herramientas de lucha política. Cuando una figura pública adopta prácticas sistemáticas de violencia simbólica, trampa e intimidación, el daño trasciende el ámbito personal para convertirse en un problema estructural para la democracia. 

El escenario del disenso o la confrontación de doctrinas no debe caer en la virulencia. Esta se instala en el momento de deslegitimar al adversario, incluso a costa de la verdad. La historia reciente muestra cómo el intercambio de ideas se ha visto contaminado por narrativas distorsionadas que reducen lo complejo a consignas incendiarias. Qué triste ver que a unos cuantos les bailan los ojos con ese método para conseguir algo. 

Los datos selectivos, las estadísticas fuera de contexto y los mensajes diseñados para activar el miedo son formas concretas de manipulación ideológica. La evidente instrumentalización del temor para movilizar apoyos y cerrar filas simplifica la realidad a fin de cooptar adeptos.

En ese terreno fértil para la violencia en sus múltiples expresiones y la desinformación, proliferan los Mesías y las teorías conspirativas contra el Estado Social de Derecho. Un síntoma de la cultura y el recurso de la agresión están representados por el asesinato de líderes sociales, la intimidación a periodistas y las amenazas a opositores. El lenguaje arrebatado, el odio y la deshumanización del contradictor ilustran el nivel de bajeza del debate político que suprime la esencia de la construcción colectiva. En definitiva, desaparece la posibilidad de reconocer matices o puntos de acuerdo, porque prevalece echar por tierra todo y romper el tejido social.

No hay que dar muchas vueltas para ver cómo algunos renuncian a las reglas básicas del respeto y la honestidad en la confrontación. Así, se repite el ciclo donde la ética queda subordinada a la rentabilidad electoral. Frente a este panorama, es crucial el papel de la ciudadanía crítica y la función social de la prensa con el objeto de verificar, contextualizar y desenmascarar a los embaucadores.

Las elecciones legislativas y las consultas presidenciales 2026 deben reflejar las reglas compartidas, la estabilidad institucional y la convivencia democrática sin pólvora invisible por parte de los distintos candidatos.

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