Salvador Álvarez
Ahora que el hombre es el mejor amigo del perro y todas las cosas se han enderezado al revés, vamos a tener que mirar los cambios socio-económicos de los últimos años para tener una orientación hacia dónde vamos.
Por ejemplo, en el Congreso se piensa y se legisla para las mascotas más que para la salud de los 50 millones de personas que viven en el territorio colombiano.
Hasta hace poco las Fuerzas Armadas del estado estaban acusadas de detener arbitrariamente, torturar y desaparecer a los presuntos enemigos del establecimiento. Ahora las comunidades campesinas, nativas o indígenas, las de los pueblos olvidados de la llamada Colombia profunda se oponen a las acciones del ejército y la policía, «rescatan» a los detenidos con orden de captura y secuestran, maltratan y amedrentan destacamentos militares completos.
Esos cambios ameritan cambios. Es decir no hay que pelear contra el querer o voluntad de poblaciones jamás atendidas por el Estado y más bien debería dejárseles actuar a la manera que quieran. Esa libertad les permitirá ser gobernados por las bandas criminales que los apoyan, contar con sus propias fuerzas de seguridad y sus propios jueces. Con ello no se arriesgará más la vida de jóvenes policías, soldados, jueces, alcaldes, procuradores, defensores del pueblo ni de funcionarios para la atención de emergencias.
También hay cambios para darle preponderancia los animales para garantizar el crecimiento de la economía como lo propone el presidente de Fedegan, José Felix Lafaurie Rivera, quien piensa a su que la población colombiana de vacas debería ser ya de 60 o 70 millones, para garantizar el crecimiento de las exportaciones de ganado y carne en canal, aunque la gente solo pueda comer carnes nacionales de segunda clase, o importadas de primera clase al alcance de las personas de bien, como su esposa, la senadora María Fernanda Cabal.
No es para reír, pero pensando en “nuestra democracia”, ¿por cuáles perros o gatos tendrá que votar la gente para reemplazar a los actuales congresistas?
Es en serio: desde hace poco más de 20 años, casi una generación, los nuevos matrimonios han cambiando progresivamente el concepto de familia hasta convertir las mascotas en factor decisivo del llamado núcleo de la sociedad.
Los congresistas, pensando como ellos (y como los animales) han expedido leyes para darles a los perros, a los gatos y a otras mascotas estatus de individuos integrantes de la familia. Es la llamada “Familia multiespecie” o “integrada» o «integral” o «funcional».
Unos cambios tan notables que desde hace varios años los empleados de clínicas y tiendas veterinarias se acostumbraron a llamar a los dueños de las mascotas como papás de éstas. ¿Quien es el papá de Teo, Max o Paca? Preguntan detrás del mostrador o del acceso al consultorio, como si ahora las parejas engendraran perros o gatos.

En materia laboral también se dieron pasos contrariando el sentido común: según nuevas normas legales, el empleado podrá llevar su mascota al sitio de trabajo con el lleno de unos requisitos ínfimos para demostrar que la mascota es su polo a tierra, su apoyo sicológico fundamental. No es lógico, no es real ni es serio. Nunca antes un trabajador fue autorizado llevar a su mujer o a su esposo al lugar de trabajo porque su compañía fuera indispensable para su desempeño laboral.
La “humanización” de las mascotas es un riesgo presente. Ya no se puede decir que a largo o mediano plazo porque los niños van cada vez menos al colegio. Hay «Kindergarden» campestre para los cachorros y cementerios para los adultos que arriban a la vejez después de ocho o diez años al lado de sus amos «padres». Corta vida para un largo duelo.

Hay otros factores para tener en cuenta: nadie se queja ni hay tutelas porque los servicios de salud para las mascotas no están a cargo de las EPS.
Los «papás perrunos y gatunos» asumen gustosos la facturación de las clínicas veterinarias. Hay rentables oficios humanos para animales: los «paseadores» de perros, van a la par con peluquerías y salones de belleza de las señoras con los precios que cobran los esteticistas y peluqueros de la población de cuatro patas.
Hasta las familias más pobres pagan para que su «Firulais» goce de servicios de baño con agua tibia, sauna perfumada, juguetes y de toda una gama amplia de comida importada. Bultos de alimentos concentrados para animales de hasta $600 mil, que llegan de Estados Unidos para las más refinadas y cachacas razas de perros y gatos.
Colombia es el principal mercado para la agroindustria gringa que nos exporta no solo los alimentos concentrados para animales sino semillas, tortas, harinas, lácteos etc hasta productos con marcas gringas hechos en China.
Los padres de familia no se quejan de los costos de sostener una mascota. Más bien comparan, suman y restan lo que ahorran si tuvieran que alimentar, vestir y llevar un hijo a un jardín, a un colegio y luego a la universidad.
Ahí la sociedad, los colegios bilingües y las universidades deben empezar a pensar.
En este momento y de manera creciente en el futuro los padres de familia ya no van a tener que pagar un “bono” de regalo de $20 o’ $50 millones para los dueños de los “mejores colegios” que es como el «pase de rico» que aportan algunas familias en trance ascendente para lavar el estatus social de sus “polluelos”.

A esos colegios bilingües les va a pasar lo mismo que a las empresas de transporte que vendían por $100 millones “el cupo” para que un desempleado se convirtiera en taxista. Llegó Uber y acabó con eso. Lo malo es que los trancones en Bogotá están relacionados con el auge de los automóviles, camionetas y motos de los aplicativos que compiten con el mal servicio y la inseguridad que ofrecen en su mayoría los taxis amarillos.
Entre los cambios que están por venir veremos a un pastor (alemán) cuidando las ovejas de la drogadicción del Bronxs de la calle sexta de Bogotá, un perro labrador en el ministerio del Trabajo y un caballo presidiendo la cámara de vaqueros del congreso. Tal vez la presidencia del Senado la gane un gallo tapao.
En ocasiones el hombre es la mascota de la casa y la mujer lo trata como a un perro.
