Cuando un amigo se va

Por Óscar Domínguez G.

El 27 de diciembre de 1999 Álvaro Vasco Reyes, abrió el paraguas y partió para el Walhalla de los cocineros. Comparto lo que escribí en mi diario que la editorial de la Universidad de Antioquia convirtió en libro con el título “De anonimato nadie ha muerto”. La foto fue tomada en su restaurante La tienda del vino de El Poblado, en Medellín. (Foto ADD)

Diciembre 27 ( de 1999)

“Nos dejó Alvarito”, informa lacónicamente desde Medellín, CJ, la viuda de Álvaro Vasco. La noticia telefónica nos llenó de dolor a todos en casa. CJ no suministró detalles. Con lo que dijo había suficiente  ilustración para quienes queríamos a Álvaro de vieja data. 

Se sometió a un trasplante. Iba a quedar con un corazón de quinceañero. Tocó acelerar al trasplante después de que le dio un paro cardiaco de hora y media. Falló el riñón. 

La tensión tampoco colaboró. 

Partir a los 53 años no figuraba en la agenda de nuestro camarada quien  tuvo tiempo de sugerirnos la y el vino apropiados para la cena de año nuevo. En su memoria despediremos gastronómicamente este siglo y recibiremos el tercer milenio. 

Estrenando corazón se fue a vivir esa otra vida después de la vida. Por mi parte, no tengo duda ninguna de que debo estar en sus exequias y empiezo a preparar viaje para Medellín. Será un mínimo homenaje a la amistad que nos unió. Lo enterraremos el 28 de diciembre día de inocentes. Ojalá fuera una inocentada. 

A finales de los sesenta, me invitó a Bogotá: vivía en su casa, comía en su restaurante. Me consiguió plaza de patinador en Todelar, con salario de 800 pesos mensuales. Le dio un vuelco total a mi vida. Por pura amistad. 

Qué ironía: pocos días antes registraba complacido el hecho de que ninguno de mis entrañables amigos de juventud había partido. 

Con AV la mazorca empezó a desgranarse. 

En la imaginación, volví a recorrer los caminos andados en su compañía tanto en Antioquia como en Bogotá, donde tuvo adversa y próspera fortuna. La última quiebra cuando manejó el restaurante del Círculo de Periodistas de Bogotá, corrió por cuenta de los periodistas famosos de la época que no pagaban la cuenta. 

Cuando quebró en Bogotá me alegré porque tuve la oportunidad de que él y sus hermanos vivieran en mi minúsculo apartamento de soltero en pleno barrio Santafé. 

Hacía fácil el arte de cocinar. Tan simple como persignarse. 

O enamorarse, en la que era ducho. O mirarse al espejo: era vanidoso y elegante a morir. Nunca lo vi mal vestido. En la cocina era exquisito hasta en la forma de cortar un tomate, mimar un brócoli, manejar los cubiertos, echarle azúcar, pimienta o sal a los alimentos, apurar una copa de vino. 

Como enólogo dedicó buena parte de su vida a enseñarnos a beber el líquido “que alegra el corazón del hombre”, según la Biblia. Extendió su  docencia a impulsar el arte del buen comer. Al momento de su partida, preparaba libro con sus recetas. 

Hasta el final, AV se mostró seguro de que seguiría de este lado de la vida. No tenía presupuestada la muerte. Por lo menos cuando hablaba con sus parientes y amigos no le dejaba espacio al pesimismo. Quería que disfrutáramos de su vitalidad hasta el final.

Me late que Dios se lo llevó para que le cocinara en la fiesta de cambio de milenio. Se le salió el acaparador. No se lo perdonamos así no más. Podría haber hecho otra cosa si quería notificarnos que donde manda capitán no manda marinero. Antes de irme a dormir le gasto un responso al amigo en mi olvidado latín. Mi deuda con él es eterna, como las pirámides. Mañana nos vemos, Alvarín. Paz sobre tu tumba. 

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