Cuando la traición está en la edición

Los traductores de idiomas. Ilustración AbroadLink

Ricardo Bada

Los traductores son seres humanos y se equivocan a veces como cualquier hijo de vecino. Pero otras veces la responsabilidad de la publicación de errores no hay que buscarla en la traducción, sino en la edición. Se trata de un aspecto insoslayable, por ejemplo en el libro Hotel Nómada, de crónicas de viaje de Cees Nooteboom, donde tanto o más que la traducción era importante el cuidado de la edición, que hay cosas que no debió dejar pasar: sobre todo cuando Nooteboom maneja una terminología y unas referencias hispanoamericanas, produciéndose el fenómeno de que él las tradujo al neerlandés y nos regresan retraducidas solo que no en su forma original.

Pero también habría que haber prestado atención a ciertas formulaciones que suenan a veces ridículas. Expondré algunos botones de muestra de ambas falencias. Uno de ellos induce a pensar en vuelos de los tiempos de Saint–Exupéry cuando leemos que “En menos de veinticuatro horas un avión vuela sobre el territorio prohibido y calcinado del Sáhara”, en vez de como sería más directamente inteligible: “Menos de veinticuatro horas más tarde un avión vuela sobre el territorio prohibido y calcinado del Sáhara”. O bien cuando se describe a Bolivia como “una luna habitada por los indios de más de 5.000 metros de altura”, siendo así que la altura promedio del indígena boliviano no llega ni a los dos metros.

Y todo esto para no hablar -yéndonos ahora a la vertiente hispanoamericana del descuido en la edición- del patinazo que supone llamar Patino a nadie menos que Patiño y decir que hizo su fortuna con minas de cobre: dos errores de bulto que se corrigen más adelante estableciendo el binomio Patiño/estaño, tan indeleble como el de Einstein/relatividad. Pero es que además se sostiene que el presidente boliviano Germán Busch amenazó en 1937 con nacionalizar las minas y actuar “contra lo que allí se denomina el Yugo, los barones del estaño”, y les apuesto doble contra sencillo a que cualquier boliviano a quien pregunten les dirá que “el yugo” es la expresión que se usa allá para referirse a la dominación española. En cambio, a la oligarquía del estaño y los terratenientes rurales, la estructura de poder ultraconservadora se la conocía popularmente como “La Rosca”.

Hay otros clamorosos despistes en materia onomástica y cronológica -alguno tal vez imputable al propio Nooteboom, no lo sé-, amén de una enervante conversión de los precios mencionados en pesetas y no en euros. Pero hago merced de su exhaustiva mención, y ello me resulta fácil porque, a fin de cuentas, el libro es tan bueno que sobrevive a todos los intentos del a todas luces involuntario sabotaje por parte de la editorial.

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