Con el corazón acongojado 

Una semana del aterrador terremoto que mantiene conmocionada a Colombia

Por Carlos Alberto Ospina M.

Los designios son imparables, al igual que el curso impredecible de la naturaleza. Por probados que estén los mecanismos de reacción frente a un terremoto, el ser humano luchará por sobrevivir a merced de la mezquindad de oportunistas que, como aves de rapiña, aprovechan el caos inicial para apropiarse de los restos materiales, especular con los precios e impulsar la crítica ideológica contra las autoridades de turno. 

La bajeza de algunos es un hecho marginal ante el despliegue de las cadenas humanitarias. En estas brilla el vigor de los jóvenes, el liderazgo de las mujeres, la disposición de los niños y la entrega de adultos con un profundo sentido de pertenencia; ciudadanos que, desde el fondo de su alma, han rescatado la esencia de la solidaridad colectiva.

Los muertos y damnificados reflejan un sufrimiento inenarrable que supera la ayuda del primer respondiente, el consuelo de los extraños y el acompañamiento fraternal a las víctimas. Es verdad que nadie está preparado para aceptar la pérdida de sus seres queridos. Sin embargo, en medio del dolor propio, emerge una inesperada empatía hacia quienes lo han perdido todo o quedaron apenas con lo que traían puesto, mientras la tierra reclamaba su arbitrario orden. 

El contraste entre el grito de «¡Silencio! ¡Hay vida!» y la posterior derrota de ese aliento en cuidados intensivos demuestra que, en presencia de la adversidad, vale la pena entregar cada gota de sudor y lágrimas para salvar a una persona. Cada roca extraída, cada muro derribado y la arena removida se convierten en arañazos de esperanza para cientos de afligidos.

De manera infortunada, la desventura visibiliza a la gente ignorada por el Estado o abandonada a su suerte en un cuchitril despreciable; al caído, cáele. El campesino que apenas alcanza su sustento diario mira con profunda zozobra las paredes rendidas de lo que fuera su hogar. Es el mismo que hoy da lecciones de superación al país cuando afirma: «Mañana busco jornal para volver a levantar mi rancho. ¿Qué más puedo hacer?».

No existe razón humana para juzgar los reclamos prematuros al gobierno, ni argumento racional que mida la desesperación de pasar cada segundo con las manos vacías. La angustia carga un tiempo psicológico diametralmente distinto al avance de los hechos, pues el drama particular solo halla consuelo cuando es resuelto de forma concreta. Aquí no basta la paciencia ni la mera identificación con los dolientes, más bien se exige actuar con criterio compasivo, eficacia, transparencia y excelencia en las obras de reconstrucción. Un esfuerzo que respete la idiosincrasia regional y transforme las condiciones de vida de los miles de damnificados a causa del terremoto del 10 de agosto de 2026.

Miserables e indolentes aquellos que escupen al cielo y se mofan del corazón acongojado de las víctimas.

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