Como si nada

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Por Carlos Alberto Ospina M.

No se puede poner en duda ni cuestionar el raciocinio sobre la importancia de la mamá como el corazón y el eje fundamental de un hogar. Alrededor de ella giran las palabras auténticas, acertadas o no, que engendran la identidad familiar.

Gracias al llamado sexto sentido, el instinto, la malicia, la capacidad de averiguación, la delimitación territorial, la defensa de la cría y los métodos disimulados para extraer información; la madre, siempre tiene bajo control, las adversidades o las celebraciones. Si no lo sabe, encuentra la manera de estar bien enterada del asunto; en caso contrario, saca las garras para arañar la verdad.

Por mucho que se intente concretar, el rol de la mamá supera cualquier parámetro, definición o condicionamiento social. No debe causar extrañeza que consagre sus mejores años a buscar la satisfacción de todos y en el momento menos pensado, unos hacen su camino mirando con lentes de aumento los defectos, después de haber estrujado los sudores que iban y los otros que venían. Por fortuna, esa circunstancia no es cíclica en razón a que solo en algunos impera el excesivo amor a sí mismo y el ánimo de posesión. Es decir, creen que la matrona es una subordinada en permanente estado de esclavitud.

Por esto, diferentes mujeres cabeza de hogar caen en el error de ceder en presencia de la solapada manipulación, el intento de regulación y la influencia negativa de unos cuantos descendientes que piensan mal por las decisiones que toma, la compañía que elije, el estilo y el modo de acercamiento. Ciertas mamás se equivocan, de pe a pa, accediendo a la pretendida calificación de aprobado o no. El límite lo ponen ellas, a sabiendas de su propia libertad y capacidad de obrar. En buenos términos, consiste en el derecho inalienable a rehacer y disfrutar la vida, según el caso. Por cercano que sea, nadie posee la potestad de determinar qué es conveniente o no, para su progenitora. En resumen, se trata de un acto de mínimo respeto a la facultad individual.

La casada, la viuda, la soltera, la divorciada, la separada, la arrejuntada; etcétera, en muchas ocasiones disfrutan el silencio y la discreción enfrente de relaciones sanas o virulentas. La expresión de llevar por dentro la procesión encierra la búsqueda de un oasis a pesar de correr el riesgo de no ser feliz. ¿Cuántos han tenido en cuenta todo eso? Madres en algún peligro, sacrificadas, rechazadas, maltrechas e ignoradas cuyo interés y fin último son los hijos que, en más de una ocasión, siguen de largo como si nada.

¡Pues entonces! En un abrir y cerrar de ojos aparecen las enfermedades de distinta naturaleza, la osteoporosis, la artrosis, la depresión, la menopausia, el lupus, la dependencia económica, las limitaciones físicas e intelectuales; en especial, el abandono y la soledad. Para qué, los malos hijos lloran a moco tendido, si de vez en cuando, pasan por la casa a dejar los sobrantes o cada mes llaman para verificar sí aún sigue viva ‘la vieja’. Quizá, ella, durante días miraba el teléfono a fin de escuchar la voz de algún hijo que la tuviera presente. 

La muerte derriba el imperio del egoísmo humano y no hay forma de dar marcha atrás. ¡Disfrútala, valórala y respétala con el alma y con la vida! mientras esté en el plano existencial. Recuerda que “el corazón de una madre es un abismo profundo en cuyo fondo siempre encontrarás perdón”.  Honoré de Balzac.

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