Clientelismo o sensatez: la encrucijada electoral de 2026

La encuesta es el domingo. Foto Occidente

Por Jaime Burgos Martínez*

A las puertas del próximo 31 de mayo de 2026, cuando el país acuda de nuevo a las urnas para elegir presidente, un sentimiento difuso y denso se instala en el ambiente. No se trata de la simple incertidumbre electoral ni del predecible ruido de las campañas; es algo más profundo. Quienes observamos el panorama compartimos, casi sin verbalizarlo, un desconsuelo frente al pasado y la certeza de que en un futuro difícilmente la situación mejorará. Nos embarga una profunda saudade, en el sentido más estricto del término gallego-portugués.

Esta saudade no es una tristeza ordinaria, sino el reverso del amor por la tierra. Es la memoria viva de una estabilidad que hoy se diluye entre las sombras del desencanto, tras la amarga experiencia de este cuatrienio bajo un infortunado régimen de izquierda. Al mirar el tarjetón, el voto se vislumbra como un faro en la niebla: un intento desesperado por resistir al naufragio y defender nuestra debilitada democracia.

Extrañamos el país que pudimos ser, pero este dolor colectivo lleva consigo un eco secreto. Recordar con tanta fuerza lo que fuimos demuestra que el anhelo sigue vivo. Así, depositar el voto en la urna se convierte en un acto agridulce: el ejercicio de un deber que arrastra el luto por el pasado, pero que resguarda, en el fondo, la terca esperanza de recuperar algún día los horizontes perdidos.

La realidad de la contienda electoral, sin embargo, nos devuelve con crudeza a la llanura de los hechos. A pesar de la abundancia de nombres que pretenden o pretendieron la dignidad presidencial, las encuestas —tan inestables como de costumbre— han reducido el panorama a solo tres opciones viables. De este triunvirato, dos disputarán la inevitable segunda vuelta, sintetizando el drama de nuestra actualidad.

Por un lado, emerge el candidato del oficialismo, impulsado por un aparato estatal que hace campaña sin pudor, respaldado por fondos públicos que parecen inagotables y sin el freno de autoridad alguna. Frente a él, las alternativas de centroderecha y un remedo de ultraderecha intentan capitalizar el descontento. Dos de estas fuerzas han entendido el proselitismo moderno como el arte abierto de las coaliciones y los pactos de conveniencia.

El tercer actor, en cambio, insiste en un discurso de pureza e independencia absolutas. Rechaza alianzas en público mientras las sospechas generales y los murmullos callejeros apuntan a que los acuerdos ya se tejen de forma oculta. En esta encrucijada, la añoranza por la sensatez perdida es más dolorosa, pues el panorama revela una profunda ausencia de conciencia sobre lo que el país verdaderamente necesita para evitar su hundimiento.

El electorado se divide hoy entre dos conductas igualmente censurables. Por un lado, impera la ingratitud hacia el benefactor de turno y de pretéritas calendas. Es la vigencia de «la amnesia del corazón», la tesis de Gaspar Betancourt Cisneros: el votante olvida los favores recibidos cuando terminan la seguridad ciudadana, la protección y el subsidio. Por el otro lado, reina el sofisma como método para ganar discusiones falsas. El oficialismo asegura, por ejemplo, que la mesada 14 beneficiará a la totalidad de los jubilados, con el fin de conseguir votos para su protegido. Es una verdad a medias. La letra pequeña del Proyecto de Acto Legislativo 213 de 2025 de la Cámara aclara la exclusión: la medida beneficia solo a los docentes nacionales, nacionalizados y territoriales. Al articulado, sin embargo, le resta su último debate en el Senado para ser acto reformatorio de la Constitución Política.

En vastas zonas del territorio, el ciudadano se deja emocionar por la retórica vacía. Se aplaude con frenesí lo que se quiere escuchar, a pesar de saber que tales promesas, envueltas en arrogancia y engreimiento, son materialmente imposibles de cumplir. En el extremo opuesto impera el pragmatismo transaccional: un voto condicionado al beneficio económico inmediato (se afirma que en las elecciones legislativas el voto se cotizó entre los $100.000 y $350.000).

Ante este escenario, donde el clientelismo y la ilusión sepultan el debate de Estado, la añoranza por una política con grandeza no es nostalgia estéril; es el testigo de que merecemos un rumbo distinto al que hoy se subasta en las urnas. El desenlace de este proceso no se jugará únicamente en las matemáticas de los escrutinios, sino en la capacidad de la ciudadanía para sacudirse el letargo o somnolencia antes del cierre de las mesas.

Elegir entre la continuidad de un modelo asfixianteel pragmatismo de las coaliciones o el purismo de fachada no puede ser un acto de resignación. Si permitimos que el clientelismo oficialista o las promesas irrealizables decidan el rumbo, habremos condenado al país a una decadencia permanente. Romper este círculo vicioso exige elevar la mirada por encima de la recompensa inmediata y del discurso que halaga el oído, pero destruye las instituciones.

 El voto del próximo 31 de mayo debe dejar atrás la nostalgia inútil para convertirse en un acto de estricta responsabilidad histórica.

*Jaime Burgos Martínez 

Abogado, especialista en derechos administrativo y disciplinario.

Bogotá, D. C., mayo de 2026

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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