Carta a un liberal que se resbaló

Foto Don Luis en el parque principal de San Antonio de Pereira, en Rionegro. (odg)

Por Oscar Domínguez Giraldo

Joven aún: 

El primer periódico que conocí fue el eco que jamás necesitó rotativa para circular. Le basta el viento y un buen grito. Ese eco circulaba en las mañanas alegres y entre los arreboles vespertinos de Santa Bárbara, tu terruño. (Internet no es más que una fotocopia sofisticada del eco). 

Por otro periódico, el de la familia que circula de boca en boca, me enteré de tu reciente tropezón. Digámoslo en letra de tango, música que nunca fue tu fuerte: “Un tropezón cualquiera da en la vida…”. 

Habría sido preferible tropezar en los años mozos. Pero la Constitución vigente que consagra tantos derechos, olvidó consagrar el derecho a escoger tiempo para tropezar. Y eso que hay tiempo para todo, como leemos en la Biblia, tu libro de cabecera, competencia de tus novenas que sueles hacerle a la mitad más uno del santoral. 

“Pudo haberle ido peor”, fue el resumen del discípulo de Hipócrates que te atendió después de ver en exclusiva mundial el retrato en negro de tu septuagenaria pelvis que mirada en el pequeño Larousse parece una mariposa dormida para siempre. 

Una sabia activista de tu árbol genealógico remató: “Eso demuestra que el hombre es un hueso duro de roer”. 

Queda claro, pues, que los liberales oficialistas de la vieja guardia como tú, también caen. 

Para ti, el golpe es duro porque estás hecho para la fatiga. Se te nota en las manos condecoradas de callos. Ni un solo manicure ha habido en ellas. Siempre tuviste el trabajo por deliciosa cárcel. 

Los tuyos no te conocemos vacaciones que para ti equivalen a perder el tiempo en bobadas. ¡Qué descanso ni qué ocho cuartos! 

A quienes hemos girado alrededor de tu integridad y tu pulcritud para vivir, nos alegra en cierta forma que estés fuera de circulación como un periódico de ayer. 

En este forzoso sabático tendrás tiempo de hacer un paralelo entre los liberales de ayer y los de ahora. ¿Quién lleva del bulto? 

También podrás concluir que has vivido. Y harto. Y que te has dado con generosidad y desinterés a tus prójimos. 

Acaso puedas repasar tus cartas de novio, escritas con encabador, en una lenta letra, pegada, de monje benedictino: ”Y sin más, recibe en la humilde queja de un suspiro tu doliente corazón”, le dices en una de esas cartas a tu novia, Genoveva, quien con el tiempo y un palito sería madre nuestra. 

Siempre nos sorprendió que pese a no haber ido más allá del tercero o cuarto elemental, hubieras logrado una redacción tan depurada. Si hasta estudiaste en el colegio de Marinilla, el Vativano de los goditos, como les decías, cuando eso era lo que se imponía entre los platudos de la parroquia. (Siempre les agradeciste a los hermanos conservadores que te hubieran avisado a tiempo que la chusma te estaba buscando para darte el tate quieto. Te salvaron la vida, así de simple). 

Has sido retrechero para la amistad. Recordaré solo a uno, don Salvador Cañaveral, montebellense. Por eso sueles cantar con tu voz que envidiarían las hermanitas “Cállense”, la canción de Óscar Agudelo: ”Desde el tétrico hospital donde se hallaba internado…”. Traducida, la melodía nos dice: “Mis amigos, no hay amigos”. 

Eso sí, los pocos amigos que has tenido, te bastan. Ojalá tus hijos hayamos hecho méritos para formar parte de esa flaca cofradía. 

Gracias al resbalón, puedes dedicarte también a ejercer tu oficio de esposo (mejor casado para dónde). O los de padre, abuelo, bisabuelo, suegro exdifícil, como que casi dejas solteronas a mis hermanas por tu afán de que estudiaran primero. 

Puedes jugar tute, parqués, dominó, billar, los únicos ocios que te has regalado. Y empinar el codo, con medidita, como dice tu mujer. Al fin y al cabo perteneces a una generación que no conoció la lúdica, no iba a cine, ni al fútbol. Se dedicaron a algo mejor: vivir intensamente. 

También te esperan las viandas domésticas para que le des gusto a tu afición a la buena mesa criolla.  O leer los “motes” como les dices a los titulares de los periódicos. O revisar los avisos clasificados, en los que has encontrado una original forma de rebusque desde que te quebraste por no fallar a los compromisos adquiridos. 

Desde abajo trepaste alto en la escala económica, sin lagarterías y sin meter la mano en el bolsillo ajeno. (De un hijo de Carlos Dominguez nadie podrá decir que se robó un peso, decía tu padre, el de bigote a lo Chaplin. Cumpliste a rajatabla ese mandato que hemos tratado de prolongar  los tuyos). 

El conductor de escalera a Montebello que conquistó a mamá Geno evolucionó hasta convertirse en empresario del transporte. La plata no fue para ti, era para todo el mundo. 

Podrás recorrer en tu imaginación los caminos de esa Colombia que conociste tan bien que si algún día se borraran las carreteras, se podrían reconstruir  a partir de tu buena memoria de arriero de mulas marca International 210, Mack o Ford F-800. Carros que duraban hasta que se acababan, como el amor. 

Piensa también que no solo nos diste peces, fuiste más allá: nos enseñaste a pescar, siguiendo el mandato oriental. También nos enseñaste a actuar de tal forma que si tocan a la puerta de la casa en la madrugada, es el lechero, nunca la policía, como dijo alguien de cuyo nombre no puedo acordarme. (Su apellido era Churchill). 

Mejor no le quito más tiempo a tu tiempo, “mi querido viejo” para decirlo con la canción de Piero. 

Y perdona la confiancita del tuteo. Es parte de lo que les hemos aprendido de tus nietos. Después del próximo punto final regreso al respetuoso usted que te has ganado. 

El Negro Óscar Augusto 

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