A Chucho, japiberdi

Jesús Valencia, sastre cumpleañero

Por Óscar Domínguez G.

También se le conoce como Jeval, Jesús Valencia. Está de mucho cumple este 28 de abril. No es por humillar pero en mis mejores tiempos de reportero, Chucho fue mi sastre, si bien se quedaba con buena parte de mi quincena.  (Si ahora le ordenara una pinta se quedaría cor toda mi pensión).

Tener sastre propio es como tener librero, siquiatra, cocinero, cardenal o jíbaro propio.

Nos conocemos desde finales de los años sesenta en el Chapinero bogotano cuando éramos ricos sin plata, felices y documentados a medias. Hoy, retirado del dedal, don Jesús, como le dicen sus clientes encopetados con toda razón, se da el lujo de mirar los toros de la alta costura desde la barrera.

Sus hijos que tomaron la posta están atentos a la jugada para no quedarse del tren de la elegancia. Y se ocupan de hacerle llegar los dividendos a la hamaca del taita en Cali. El Jeval de los setenta derivó en ValenciaSartorial.com dicho sea de refilón.

En el campo sartorial el caleño Chucho es la prolongación de mi madre quien con su máquina Singer nos confeccionaba las pintas con ventajita.

Como la historia se repite, ahora que hace rato marco con el siete adelante, han reaparecido viejas modas. Por ejemplo, los bombachos de mi niñez reencarnaron  en forma de bermudas. Con mis bombachos con resorte made in casa, no me cambiaba ni por Coco Chanel mano a mano.

También volvieron  las cargaderas que utilizo para que mis calzones no sigan “cuesta abajo en su rodada”.

Comíamos en la misma casa en el Chapinero bogotano. La exquisita sazón corría por cuenta de doña Lucía Reyes de Vasco, una ráfaga boyacense madre del fallecido restaurantero envigadeño Alvarito Vasco, otro conejillo de indias en el garaje-taller de Jesús en el Chapinero bogotano.

Le atribuyo a las viandas que preparaba doña Lucía el éxito de Chucho su habilidad como sastre. Salía inspirado a cazar clientes en la calle 53 x 17 donde tenía su garaje, perdón su taller. También tiene ella la culpa de la prosperidad sin plata de este palabrotraficante como me bautizó un colega chapetón.

Estos párrafos son un anoréxico homenaje a artistas como el sonriente Jeval que nos visten “para podernos presentar decentes en la escena del mundo”, como dice mi pariente Gustavo Adolfo Claudio Domínguez, quien decidió apellidarse Bécquer, dejándonos colgados de la brocha a los Domínguez. Bueno, nos queda el jesuita bogotano Hernando Domínguez Camargo quien lo hacía de maravilla.

En Chucho, homenajeo a aquellos nostálgicos sastres sin prestaciones y sin centímetros en la prensa que todavía llevan el metro en la nuca y una jurásica tiza en la mano para tomar medidas. (Cómo no recordar el sastre de la película de Cantinflas que portaba este letrero en la espalda: Estoy feliz porque me viste Ortiz).

Veo a los viejos sastres en sus garajes, fatigados pero felices, ganando el pan con el sudor de la melancólica Singer que solloza como si fuera un bandoneón.

Que san Homobono, italiano, patrono del gremio, les mejore el currículo y sobre todo la cuenta bancaria. Para los regalos el día clásico de los sastres, o modistos, o estilistas, es el 28 de octubre para que lo apunten en un papelito.

A uno de estos sastres proletarios, también llamado Chucho, le cantó su hijo el poeta nadaísta Jotamario Arbeláez quien se mandaba a hacer sus hebras donde su paisano Jesús Valencia sin que se mosquee su cuenta bancaria:

Recuerdo estos versos de Jotamario a su taita: “Tú me diste las primeras puntadas de mi amor por la poesía”. (Líneas pasadas por el taller de remiendos, dobladillos  y similares).

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