Coqueteos con el zodiaco

El zodiaco/Google

Por Oscar Dominguez Giraldo

Por principio, no hablo de mi signo libra cuando estoy en su jurisdicción zodiacal porque me puede traer mala suerte. A veces no sé  si voy a vengo. Me siento como corcho en remolino. Podría adoptar como himno la canción de Alberto Cortez:  “No soy de aquí, ni soy de allá”. De pronto, me despierto ateo; otras veces creo en todos los dioses.

Espero no calumniar a mis colegas del zodíaco si digo que nunca arriesgamos, procuramos ir sobre seguro. Se supone que nos dicta el equilibrio pero en caso de duda nos reservamos el derecho a ponernos de nuestro lado. Es mejor ganar que perder. Tampoco somos bobos.

Mi signo y yo nos respetamos los espacios. Para ser fiel a este “principio” no consulto el horóscopo aunque alguna vez me tocaba redactarlos para un vespertino bogotano cuando las predicciones del astrólogo de planta tardaban en llegar. Los astros nunca me rectificaron. Repartía salud, dinero y amor a la lata. Soy generoso con lo que no es mío, otro rasgo que nos hermana a los de esta secta. De pronto leo  horóscopos ajenos y me apropio de predicciones positivas. No sé si esa modalidad de robo tiene casa por cárcel.

Dibujo picassiano de mi nieta Sofia…

Fui inquilino en una fría casona bogotana donde la dueña adivinaba el futuro. Lo hacía gratis para sus pupilos… si no estábamos colgados en el arriendo. Antes de tirar las cartas, doña María, diminuta  y tierna como un bonsái, miraba a los ojos a sus siete gatos. Nunca la visité porque prefiero que el futuro me lo den en plata o en asombros.

Me abruma – aunque tampoco me choca- la idea de ser rico. Bueno, lo soy  desde que el expresidente del Éxito, Gonzalo Restrepo,  aclaró que los verdaderos ricos gozan de buena salud y tiempo libre. También soy de buen comer, regular dormir y mal fornicar.

Para no hacer quedar mal mi signo de pronto soy infiel a  mi mismo y compro algún juego de azar.  Deliberadamente olvido consultar si gané. Entro en pánico cuando pienso que fui millonario y jamás me di cuenta. En ajedrez, no regalo pero tampoco acepto sacrificios de caballo porque me recuerdan al de Troya.

Solo un libra como yo puede reaccionar como lo hice cuando par pintas me atracaron una madrugada  al salir de un bar: Muchachos, ustedes están trabajando; llévense todo, pero no me hagan nada. Me obedecieron. 

Hincha del  Nacional, no pierdo un gramo de peso ni un centímetro de estatura si el Poderoso DIM nos vuelve hilachas. En política me declaré hace tiempos marxista línea Groucho. En las últimas dos elecciones presidenciales voté en blanco – el color de los tibios- porque  ninguno de los que figuraban en el menú alborotaban mi libido “votandi”.

Ahora, si quieren conocer libranos de raca mandaca los remito a colegas que nos hacen quedar bien como Gandhi, Nietzsche, Sara Bernhardt, Pavarotti o Picasso quien decía: que la suerte me coja trabajando.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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