
Por: Armando Neira
Desde el aire, parece una serpiente de piel gris oscura que se interna entre profundos cañones y montañas escarpadas. Allá va, perezosa, adentrándose en el Nudo de Almaguer, en el Cauca, donde la cordillera andina se ramifica. Quienes han contemplado ese punto geográfico privilegiado del sur del país aseguran, convencidos, que después de verlo ya pueden irse tranquilos de estas tierras porque conocieron el paraíso. Sin embargo, en ocasiones también puede ser el mismo infierno.
La carretera Panamericana, en su paso por los departamentos de Valle, Cauca y Nariño, suma 391 kilómetros. Desde Cali hasta Pasto. Algunos de sus tramos ya forman parte de la historia del horror, como Cajibío. A las 12:25 pde la tarde del sábado 25 de abril, en el sector de El Túnel, las disidencias de Iván Mordisco explotaron varios cilindros que habían camuflado previamente en una alcantarilla. Una chiva que transportaba pobladores inocentes puso la mayor parte de las víctimas: 21 muertos y 56 heridos. Todos civiles, la mayoría mujeres y niños.
Por sus dimensiones, el atentado trajo a la memoria los ataques narcoterroristas ejecutados por Pablo Escobar cuando el jefe del cartel de Medellín buscó arrodillar al Estado colombiano. Chatarra retorcida, cuerpos desmembrados, un cráter de 20 metros de diámetro y ocho metros de profundidad. La tierra calcinada. “Fue un error táctico”, dijo el grupo armado en un comunicado en el que admitió su responsabilidad.
Ante esos “errores tácticos”, entre los 13 pelotones blindados y los 12 de infantería de la fuerza pública desplegados a lo largo de la vía hay hombres como el soldado Maldonado, que además de no conocer el miedo tiene nervios de acero para desactivar, con un sistema artesanal –semejante a una caña de pescar–, los cilindros bomba que las disidencias suelen dejar sobre el asfalto.

En las goteras de Santander de Quilichao, a finales del año pasado, este experto antiexplosivos se acercó arrastrándose con una vara acondicionada con un gancho para retirar la espoleta, mientras los labriegos observaban desde la distancia. Una salva de aplausos se escuchó en la zona cuando el militar se levantó intacto, invencible, haciendo la V de la victoria, mientras allí quedaba el cilindro pintado con los colores de la bandera de Colombia. ¿Y si hubiera fallado? Nadie le hace la pregunta porque ya todos saben la respuesta.
La cosecha más deseada
El propósito de las Fuerzas Armadas es tener un soldado cada 2,5 kilómetros de la vía. Pero, entre esos paréntesis, los miembros de los grupos armados ilegales se cuelan, atacan y vuelven a huir entre las montañas, donde se mezclan los olores de las siembras de papa, café, maíz y plátano.
La cosecha por la cual se muere es otra. La obsesión de los armados por controlar la carretera se explica, en buena medida, por el botín que representan las 64.900 hectáreas de hoja de coca que crecen bajo el sol tibio de Nariño y las 31.800 hectáreas que brillan en las faldas de las montañas del Cauca, según cifras de los más recientes informes de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) y del Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (SIMCI).
La vía también sirve para sacar la droga ya procesada desde regiones cercanas como Putumayo o Huila. La coca es el cultivo de mayor incidencia y el principal factor de conflicto en la región.
Por eso, mientras atacan al Estado y a la población civil, estos grupos libran entre ellos mismos diarios y cruentos combates, aunque, dependiendo de las circunstancias, también sellan alianzas improvisadas. Esa volatilidad hace aún más difícil la movilidad tanto para los nativos como para quienes van de paso: nadie sabe con certeza quién está aliado con quién cada día.

Y no se trata de actores marginales de la violencia, sino de protagonistas de la sangría nacional. En cada curva se siente que pasa el fantasma de Iván Mordisco. Aquí opera el Estado Mayor Central (EMC), hoy por hoy la estructura armada dominante y más violenta en este corredor. Su estructura más activa es el frente Jaime Martínez, bajo el mando de alias Marlon. Su propósito es extender sus dominios sobre el tramo que conecta Toribío, Jambaló, Caldono, Santander de Quilichao, Buenos Aires y Suárez, para llegar al sur y al Pacífico y enlazar con el Valle del Cauca.
En esa ofensiva ha recurrido al uso de una arma tan moderna como sorpresiva. De los 277 ataques registrados en 2025 con drones cargados de explosivos –más del doble que en 2024–, la gran mayoría, 237, se atribuyen al EMC. El reclutamiento forzado de jóvenes en distintos puntos responde, precisamente, a la necesidad de contar con operadores que activen estos artefactos mediante control remoto o a través de rutas programadas difíciles de detectar antes de la explosión.
También está el Ejército de Liberación Nacional (ELN), que en el sur del Cauca mantiene una extraña alianza con la Segunda Marquetalia, según lo informó la Defensoría del Pueblo. El objetivo sería enfrentar al frente Dagoberto Ramos del Estado Mayor Central, que durante años tuvo allí su santuario. La incógnita es sí será una unión efímera o a largo plazo porque las traiciones se pueden cocinar en una noche de desvelo.
Viene el Clan del Golfo
Las ráfagas arrecian en Nariño, donde la Segunda Marquetalia y las disidencias de Mordisco pelean por las rentas ilícitas y las rutas del narcotráfico que el ganador trasladará luego por la porosa frontera hacia Ecuador. Y lo que faltaba: en la arteria también está el Clan del Golfo que, aunque no tiene una estructura armada tan visible como en otros departamentos, cada vez distribuye más panfletos amenazantes para advertir que vienen en camino.
A eso se suma el EMBF –Estado Mayor de Bloques y Frentes, otra facción de las disidencias de las Farc liderada por Alexander Díaz, alias Calarcá Córdoba–, que ejecuta una expansión ambiciosa. Las autoridades aseguran que mantiene alianzas directas con carteles mexicanos, entre ellos el Jalisco Nueva Generación y el de Sinaloa.
Pero mientras los armados actúan sin piedad, en los tres departamentos viven 8,2 millones de personas cuya cotidianidad depende de lo que ocurra en la vía para trabajar, viajar, alimentarse y hacer país.
En medio de este panorama resulta paradójico que, mientras no pasa un día sin reportes de nuevos heridos o muertos por cuenta de los grupos ilegales, también conmueva ver a los trabajadores que, en silencio y contra todos los obstáculos, han seguido modernizando la carretera.

Con una inversión de 2,1 billones de pesos, avanza la ampliación del tramo de Santander de Quilichao, que beneficiará directamente a los habitantes de seis municipios del área de influencia: Popayán, Totoró, Cajibío, Piendamó, Caldono y Santander de Quilichao, explica Óscar Javier Torres Yarzagaray, presidente de la Agencia Nacional de Infraestructura (ANI). Se construirán 32 puentes vehiculares, cinco variantes, un nuevo Centro de Control de Operaciones y dos básculas de pesaje.
La ANI adjudicó además, el pasado 5 de marzo, la concesión del proyecto de iniciativa pública APP del corredor vial El Estanquillo-Popayán, que contempla inversiones por 8,82 billones de pesos e incluye doble calzada, 14 túneles y 125 puentes nuevos.
Recorrer estos espacios deja en evidencia la enorme contradicción de un país que no ha logrado resolver un conflicto armado con raíces en el siglo pasado y, al mismo tiempo, busca insertarse en la globalización. No en vano, la Panamericana conecta Alaska, en Estados Unidos, con Ushuaia, en Argentina.
Un sueño de 30.000 kilómetros
De sus 30.000 kilómetros –considerada la carretera más larga del mundo–, esta vía solo tiene dos interrupciones: una en el Tapón del Darién y otra aquí, en el sur, por la conflictividad social. No se trata de un bloqueo provocado por selvas impenetrables, como ocurre entre Panamá y Colombia, sino de cierres frecuentes y momentáneos en los que no se mueve una hoja.
En el último año se han registrado cinco mingas indígenas que han bloqueado la carretera, desde protestas dirigidas al Gobierno del presidente Gustavo Petro para que les cumpla lo prometido hasta exigencias para mejorar la propia vía, que en algunos tramos parece una trocha. En esas movilizaciones se ha contabilizado la presencia de hasta 6.500 indígenas y pérdidas diarias estimadas en 20.000 millones de pesos.
Desde hace más de dos décadas, ningún presidente ha podido eludir las mingas y bloqueos de la Panamericana, especialmente en el Cauca. Aquí llegan las delegaciones oficiales, se sientan en la mesa ante la expectativa general, se firman los acuerdos, la cosa vuelve a la calma y luego surge otra protesta para exigir el cumplimiento de lo firmado por funcionarios que ya no están.

A eso se suma la inseguridad provocada por la delincuencia común. Aunque no existe una cifra oficial consolidada sobre vehículos robados específicamente en este corredor, entre los conductores el temor es permanente. Según la Federación Colombiana de Transportadores de Carga (Colfecar), en lo corrido de 2026 se han registrado al menos 13 hechos de inseguridad en esta vía: diez hurtos con retención de conductores, dos homicidios y un ataque con explosivos.
En 2025 se contabilizaron cerca de 100 denuncias de robos de camiones entre Cauca y Nariño. Ese mismo año fueron hurtados 18 cargamentos de café, avaluados en 6.300 millones de pesos. El 21 de enero, en Santander de Quilichao, fueron robadas simultáneamente 17 camionetas de alta gama que eran transportadas en dos tractocamiones tipo niñera. El nivel de inseguridad es tal que incluso han sido robados vehículos de la UNP y de funcionarios del Estado.
–¿Pero para dónde se los llevan?
–Para la montaña –responde un testigo.
Es inevitable pensar entonces en aquella escena surrealista de los comandantes de las Farc cuando se rompió la negociación del Caguán y huyeron despavoridos en camionetas de alta gama hacia la selva. Aquí es monte adentro.
Delincuencia digital
También existen testimonios de acciones sorprendentes protagonizadas por bandas no identificadas que instalan obstáculos en la carretera, detienen a conductores y pasajeros y les exigen dinero.
–No tenemos efectivo.
–No se preocupe, nos pueden hacer una transferencia electrónica –les responden.
A pesar de este panorama crítico, en los últimos años se ha producido una transformación importante: pese al conflicto armado, la carretera se ha ido poblando. Hace dos décadas era prácticamente solitaria: muy pocas casas, casi ningún negocio. Hoy aparecen restaurantes, caseríos y veredas que antes tenían una o dos viviendas y ahora cuentan con seis o siete.
La metamorfosis ocurre en todos los niveles. Muy cerca de la Panamericana estaba el territorio de paz de La María, donde los pueblos indígenas –sobre todo los misak– realizaban asambleas y actividades comunitarias. Sin embargo, tras un conflicto interno entre comunidades, dejaron de usar ese lugar y muchas de esas actividades se trasladaron al resguardo El Pital, en territorio nasa, perteneciente al municipio de Caldono. Ese resguardo, ubicado a unos cuatro kilómetros de la carretera, es hoy uno de los principales puntos de reunión y organización de movilizaciones y bloqueos.

La Panamericana también pasa cerca de Puerto Tejada, una zona marcada por la presencia de múltiples bandas delincuenciales. Allí operan decenas de estructuras criminales con incidencia sobre la carretera. ¿Por qué? Algunos residentes responden sin rodeos: la situación económica “está muy jodida” y no queda otra alternativa.
Según cifras del Dane, Cauca y Nariño han estado históricamente entre los departamentos con mayores índices de pobreza del país. Las limitadas oportunidades de empleo y la escasa presencia del Estado, como advierten expertos de la Universidad Nacional, explican parte de la tragedia. Ambos departamentos superan ampliamente el promedio nacional de pobreza, una realidad que golpea especialmente a las mujeres y a las zonas rurales, justamente las más afectadas por el conflicto armado.
Bienvenidos al pasado
Por eso las disidencias han ido imponiendo su autoridad con puño de hierro. Su presencia más fuerte comienza desde el sector de Mondomo hacia el sur. Y para que no quedaran dudas, allí explotaron un carro bomba que destruyó la estación de Policía ubicada al borde de la vía. Desde ese punto en adelante son más frecuentes las acciones armadas, los retenes ilegales y la quema de vehículos.
La geografía de la carretera también cambia constantemente. Desde el Valle del Cauca, la vía es plana y atraviesa extensos cultivos de caña de azúcar cerca de Jamundí, un municipio que se ha convertido en objeto de deseo de las disidencias.
La gobernadora del Valle, Dilian Francisca Toro, sostiene que los ataques del frente Jaime Martínez en Jamundí buscan controlar el narcotráfico y la minería ilegal, además de frenar las operaciones militares. El miedo es tal que en las zonas veredales a este municipio, las escuelas optaron por mandar a sus 3.400 niños a clases virtuales. En un mundo en el que se discute para dónde va la inteligencia artificial, aquí el problema es que buena parte no tiene siquiera un computador y tampoco conexión a internet.

Los atentados, que incluyen el uso de drones explosivos, se intensificaron en abril y mayo en zonas rurales como Ampudia y Potrerito, donde antes los abuelos iban encantados a la Curva de la Tentación para disfrutar de los tradicionales cholados y de las brisas de ensueño.
Esas tradiciones han sido trastocadas por el deterioro del orden público en una vía tan conmovedoramente espléndida. Luego, al pasar Santander de Quilichao, el paisaje empieza a ondularse: aparecen montañas, potreros, pequeñas fincas campesinas y ríos como el Mandivá, el Ovejas y el Cauca.
Más adelante, después de Popayán, la carretera atraviesa sectores montañosos como Timbío y Rosas, donde comienza a sentirse la imponente presencia del Macizo Colombiano. Entre planicies, montañas, ríos y cañaduzales, la carretera atraviesa territorios de enorme riqueza natural y cultural, aunque también de profundas tensiones sociales, políticas y armadas.
La Panamericana termina siendo un retrato de todas las violencias –y también de todas las resistencias– que atraviesan el suroccidente colombiano, como una serpiente que se interna en unas montañas donde todavía conviven el paraíso y el infierno.

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