La música es enemiga de la muerte

Por Darío Jaramillo Agudelo

Gustavo Valle, El brillo de los niños (Pre-Textos) 

Los libros con personajes que enamoran al lector se convierten en inolvidables porque son la entrañable historia de amor entre el lector y el personaje amado. Y aquí, en esta novela de aventuras, El brillo de los niños, no uno sino dos personajes son los que me seducen por completo. Dos niños, ella con once años, él con quince, que desde el inicio raptan el corazón del lector por su ternura, por su empeño de llevar hasta el final una tarea que los mezcla con el mundo, por esa manera super lúcida de razonar y sentir, de hacer de poetas y filósofos, con lucidez y sentido del misterio, que sólo tiene una lógica de lo maravilloso o que viene a nosotros solamente cuando somos niños. 
La proeza de Gustavo Valle (Caracas, 1967) consiste en relatar un viaje que es una aventura y, a todo lo largo de esa travesía, ir intercalando lucidísimas reflexiones que sorprenden por la originalidad en su enfoque, por el humor, por la brillantez. Comenzando con lo que dice sobre la escritura: “escribir es como rascar la piel cuando nos pica. Allí, donde algo clavó su aguijón y ocurre una reacción alérgica. Esa picada nos dice: acá estoy, atiéndeme. ¿No ves que brota en mí algo que pide tus cuidados? El cuaderno opera de manera similar. Es un sarpullido invisible. La piel de nuestras obsesiones y miedos que nos llama con su urticaria para que hundamos el lápiz y rasguemos líneas”. Y agrega más adelante: “¿qué escribes, abuela? Y ella decía: escribo para que las cosas no desaparezcan. Pero a veces escribo para desenredar preocupaciones. Escribir es una prótesis del pensamiento. Pensar es como caminar con osteoporosis, a mi edad me cuesta caminar sin dolor, entonces agarro la andadera. El diario es mi andadera, el bastón de mis ideas. También escribo para no sentirme sola. Esas pequeñas letras en el cuaderno son diminutos compañeros. Mientras escribo mi diario, el mundo está conmigo y yo con él, pero cuando dejo de hacerlo el mundo se aparta y quedo al margen. También escribo para inventar. Inventar es abrir una ventana en una habitación llena de humo. Casi siempre inventamos por necesidad. Lo que hacemos sin necesidad termina avergonzándonos. Una puede escribir para compartir con otro, para que nos lean. Pero a mí eso no me importa. Mi lector soy yo misma. Y como yo no me conozco del todo, entonces esa destinataria es una desconocida. Yo soy otra distinta a mí. Es otra la que escribe y otra la que lee. Es un juego de espejos en los que mi imagen aparece alterada. Escribir es realizar una llamada telefónica a una misma. Es tocar el piano a solas. Doy un grito en el desierto, no hay nadie a mi alrededor, pero me llega mi propio eco. Entonces es una manera también de poblar el lugar donde estoy, llenarlo con el eco de mi soledad”.

Siendo niños, los protagonistas tienen esa paradójica virtud de ser profundos sin dejar de ser espontáneos, sobre todo cuando hablan de la familia: “Una familia siempre es varias familias. Una familia es un collage hecho con pedazos y fragmentos. Una familia es un deseo de ser familia, y no tiene nada que ver con la sangre. Una familia es como una tela de araña donde se van engarzando nuestros afectos. ¿Es suficiente el amor para conformarla? Una familia está hecha con gente que vive y gente que muere. Una familia es vivir con fantasmas”. Y uno de los niños reflexiona de este modo: “una familia es lo más fácil de inventar las familias son mentiras y sin mentiras no hay familia al abrir los ojos eres un microbio que apenas comienza a vivir y te dicen tu mamá es esta señora tu papá es este señor tu abuela es esta viejecita mentiras mentiras les digo muy seriamente”. “Familia no debería ser un sustantivo sino un verbo”.

“La niñez tiene la capacidad de hacer natural lo extraordinario”, dice el narrador y lo muestra de facto con algunas definiciones que los niños hacen: “¿Qué es la locura? Una verdad en extremo íntima e incomunicable que conlleva acciones en apariencia equívocas y recónditas. El motor de lo particular y único que se activa como una máquina autónoma que nos arrasa”. “Las enfermedades son palabras que no dijimos y se pudren adentro”. “La música es enemiga de la muerte”. “Hablar con Dios –pensaba– es como hablar con los muertos. En ambos casos nadie responde del otro lado”.

Son niños que no dejan de ser niños con lo que dicen y hacen (“Me cuesta saber la edad de los adultos. Casi todos tienen como cuarenta años, el resto son ancianos”), pero que están signados por la creatividad: “Esa palabra, creatividad, atravesaría la infancia de los dos niños y quedaría incrustada en sus sensibilidades como una estaca. Entre todos los valores que les inculcaron, ese era el más importante y el que contenía a todos los demás. La creatividad era una religión a la que debían rendirse. Nada podía superar la potencia de crear. Antes que la bondad, la virtud, la solidaridad, la entereza, la compasión o la valentía, la creatividad contenía una dimensión ética y una fortaleza individual superior. Ser creativos, antes que nada; ser creativos incluso antes que buenas personas, porque la condición ética era consecuencia de asumir la creación como raíz profunda. Para sus padres, ser buenos de antemano era un error, la bondad era consecuencia del ejercicio creativo, porque alguien que no se deja llevar por su impulso jamás tendrá calidad humana para entregarse a los demás. Una generosa y sana individualidad requería someterla desde la infancia a los usos y leyes de la actividad creativa. Para ellos la sociedad era una máquina de mutilar creatividades y de imponer buenas costumbres como parches o implantes. Estaban convencidos de que el amor era, en su fibra más oculta y sensible, creatividad en estado puro”.

Estos niños, además, no tienen ese pudor con la muerte que distingue a los adultos, en principio más cercanos a ella (“el alma de todos nuestros muertos está en cada uno de nosotros”), como lo muestra este hermoso diálogo entre ellos con los que cierro esta reseña:

“–¿Cómo puede un cuerpo hacerse polvo? Yo preferiría hacerme líquida –decía Yoisi.
–O hacernos lluvia.
–Eso sería todavía mejor… ¿Y después de convertirnos en polvo, en qué nos convertiríamos? –preguntaba Yoisi.
–En pensamientos –decía Gus.
–¿Y quién piensa esos pensamientos?
–Alguien que se acuerde de uno.
–¿Y si nadie se acuerda?
–Entonces nos convertimos en viento.
–Yo a veces escucho cosas en el viento. Son los muertos que ya no pueden decir nada. El viento habla por ellos.
–O nos podemos convertir en nada.
–Eso me gusta más. A la nada nadie la molesta”. 
Abraham GrajeraLa domesticación (Pre-Textos) 

  Desde hace siglos hasta ahora, siempre, los parientes han sido materia de la poesía. El padre, la madre, el hijo, la hija, el hermano, la hermana no son extraños en el repertorio de temas que tocan los poetas. Por eso mismo, con tantas cosas dichas, con la cantidad de imágenes acumuladas, es muy difícil hallar poemas nuevos, que no repitan cosas ya dichas. 
La domesticación es un libro que Abraham Grajera (extremeño nacido en Madrid en 1973) escribe sobre su hija y a ella está dedicado. Y con todo que está ese abundante género de poesía para los parientes, en realidad no se parece a nada de lo que conozco sobre el género. Es nuevo. Dice cosas de nueva manera. Desde la concepción de la hija (“para que me oigas, / para que sepas que eres fruto de un instante / salvaje, machihembrado, intransitivo”); pasando por el embarazo (“… imaginando tu rostro, que aún debe atravesar / todas las configuraciones viables hasta caer / en la de nuestra especie, que debe combinar / sus millones de datos de información compartida, que debe recorrer las edades geológicas, / del Cámbrico al Antropoceno, / en unos pocos cientos de miles de minutos, / mientras tu madre se vuelve cada vez más ubérrima”); pasando también por el parto (“yo era Abraham / el que la vio parir, / el que secó su frente / el que blandió / las tijeras quirúrgicas / sobre la carne inerme / de su unigénita, / le seccionó el cordón / umbilical / y la ofreció a este mundo”); y llegando ya a tener otra persona en la casa (“llevabas casi un año ya / en el mundo. / Y entonces, un buen día, / me atreví / a los ojos fijamente”).

Esa tan personal manera de ver, va más allá de un ejercicio formal; es algo distinto a la mera –y efímera– originalidad. Martín López Vega lo explica con lucidez: “Son muchas las razones que convierten a Abraham Gragera en uno de los poetas esenciales de su generación. Las resumiría uno, si pudiera entender así, en un entendimiento de la poesía como una filosofía, a la manera de los antiguos: una forma de vivir. Eso es no sólo lo que le diferencia de la mayoría de sus coetáneos, sino, sobre todo, lo que le destaca entre ellos. Lo suyo no es la distancia irónica del cínico, sino la cercanía irónica del compasivo. Su poesía enseña a vivir en el punto medio entre todas las contradicciones, con una inteligencia humilde y generosa. Honda, ilusionada y desengañada, a partes iguales, con una curiosidad inagotable y reflexiva”.

Ni los temas, ni las palabras, ni las emociones que preceden a sus palabras, son las habituales en la poesía sobre los consanguíneos: Gragera vuelve a sentir su situación de padre no copiándose lo que conviene a la costumbre y a las almas biempensantes. Tampoco se presenta a sí mismo como el que siente y piensa de otra manera, no, más bien convierte en palabras su honradez, su dolor, las emociones de ser padre y lo expresa con la sabiduría y la precisión propias de la poesía.

La domesticación es un hermoso libro, es un libro excepcional.
 
Mientras vivas

No quiero más que estar dentro del cuerpo
de tu madre, contigo adentro.

Remontar por el delta, tu desembocadura,
de vivir hacia todas las cosas. Tocar fondo.

Si la vida no es más que una ilusión,
de venir al mundo separados,
el amor no es más que la ilusión
de mantener las cosas juntas,

quiero quedarme aquí,
golpeando tu puerta hasta desfallecer
eyacular de nuevo mientras grito

para que me oigas,
para que sepas que eres fruto de un instante
salvaje, machihembrado, intransitivo,

que no puede morir porque no teme
morir y dejar de ser único.

Y en ti nos abracemos, como ahora,
cada vez que te mueve, mientras vivas. Abraham Grajera
Embrión

Vienes del río,
el que se esconde,
de vez en cuando,
como mi alma,
bajo la tierra,
para que siembren los muertos,
para que amasen su pan.

Vienes del mar,
el mar de enfrente,
donde tu madre,
de niña, se bañaba
con las manos cubriendo sus pezones
para que el agua no se los llevara.

Creces
y al crecer nos alejas como a orillas,
como a los continentes,
con empuje constante de millones de años,
imperceptiblemente,
en la penumbra del salón semivacío.

O de pronto aceleras
y es como si viajáramos en tren,
sentados, en silencio, frente a frente,
y el tren nos transportase a cada uno
en sentido contrario al de la marcha

como si fuéramos
la paradoja del paisaje
para que quepa entre nosotros
todo el mundo posible,
para que nos complete al fin tu herida.

Mientras la luz residual baña
la lámina del mundo según la proyección
de Mercator, la megalomanía
de su hemisferio norte,
en la pared desnuda.

Y sentimos el peso
de tu siete mil millonésima fracción
de humanidad cualquiera.

Y nos duele tu vida
como un miembro fantasma. Abraham Grajera
Wintermachen, XI

Tampoco ahora, despierto,
mientras te escribo y la luz
artificial y la noche
bañan mi cara, y no cesa,
ni en mis rasgos, ni en mis huesos,
ni en la nieve, ni en el aire,
en cada copo, cada soplo,
cada aliento, cada rama,
cada gota, cada mota
sobre el vidrio, en la ventana,
sobre el vaso, en el estante,
en la tersa superficie
del ordenador pulido
con el mineral de sangre
donde copio esto, ni
en los niños masacrados,
ni en las casas arrasadas
dos países más allá
o en países que no importan,
por codicia, por higiene,
por el espacio vital
del delirio del tirano,
como antes, como siempre,
pero ahora, en este instante
saturado de mentiras,
propaganda, vertederos,
seguidores, agraviados,
enganchados a la nada,
la autoimagen, la posmuerte;
ni siquiera aquí, ahora,
en las vidas desechables,
ni en la desesperanza, ni en
la desesperanza, cesa
aquella inmensa lengua decantada. Abraham Grajera
28 de diciembre

Con todo, hay que tener en cuenta que avanzamos.

¿De mentira en mentira?
¿De prisión en prisión?
¿De penumbra en penumbra?

Qué más da: avanzamos.
Aunque nos pese el ‘cómo’
y el ‘hacia qué’ nos use.

Con todo, hay que tener en cuenta que no hay
ni camino ni tiempo,
ni paz ni redención.

Que si la redención no existe tampoco existen
ni la caída,
ni la inocencia que precede
a la caída,
y, por lo tanto,
somos libres aún,
aunque incapaces
de imaginarnos cómo.

Qué más da.

Recuerda que eres libre porque no eres inocente. Abraham Grajera
Diccionadario
Elias Canetti 

Tomado de Diccionadario (Pre-Textos):

Fieromona: hormona furiosa.
Sordillera: montaña donde habitan sordos.
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Avisos y noticias
Premio de No Ficción Latinoamérica Independiente.- Hasta el 31 de mayo está abierta la convocatoria del Premio de No Ficción Latinoamérica Independiente. El jurado de esta versión está compuesto por Marina Berri (ganadora de la edición anterior), Sabrina Duque y Juan Villoro. El libro ganador será publicado en diez países: Criatura (Uruguay), Elefanta (México), El Cuervo (Bolivia), El Fakir (Ecuador), Fósforo (Brasil), Godot (Argentina), La Pollera (Chile), Libros del Fuego (Venezuela), Luna Libros (Colombia) y Trabalis (Puerto Rico). Les invitamos a participar. Para más información: https://www.premiodenoficcion.com/formulario.html
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