
Daniel Samper Pizano
Cuarenta y dos años después de haber conocido personalmente a Gabriel García Márquez, treinta y tres después de haberlo entrevistado y doce después de haber llorado su muerte, el periodista y poeta Rafael Darío Jiménez acaba de publicar una entrevista inédita con el escritor. Es una pieza periodística extraña y de delicada textura humana donde salta, de remate, una chiva inesperada: la ofuscada reacción de Mercedes, la mujer de Gabo, herida por las críticas que algunos lanzaron contra su marido por, supuestamente, “haber abandonado a Aracataca, su pueblo”.
En esa pequeña localidad del Magdalena, más exactamente en la avenida Monseñor Espejo, vivieron GGM y RDJ separados por apenas los setenta metros que mediaban entre las dos casas y los treinta años de edad entre ellos: Gabo, nacido en 1927, y Jiménez, en 1957. Nunca llegaron a compartir las calles polvorientas ni los potreros resecos del municipio porque Gabo, que habitaba la vivienda cataquera de sus abuelos, se marchó del lugar cuando tenía apenas ocho años.
¿Ocho o nueve? Esta duda fue la que aproximó al ganador del Premio Nobel de 1982 y a Jiménez, periodista de provincia de los que realizan múltiples actividades para sobrevivir con dignidad. Cuando Gabo buscaba informaciones sobre su abuelo, el coronel liberal Nicolás Márquez, cuya pensión esperó en vano durante décadas, un amigo común le dijo que quizás había equivocado la fecha en que la familia se marchó del pueblo, pues Jiménez tenía documentos y recortes que decían otra cosa. Revelaban, concretamente, que Gabo nació en 1927 y no en 1928, como habían afirmado algunos biógrafos,
Era imposible que García Márquez dejara pasar a un paisano poseedor de tan minuciosos datos. Así que en abril de 1993 el novelista llamó desde su viejo apartamento cartagenero al teléfono de Santa Marta que le proporcionaron y pudieron hablar los dos sobre Aracataca, sus familias y su historia. Lo primero que le dijo Gabo a Rafael Darío fue que no lo tratara de “maestro” sino de Gabo o Gabito, y enseguida lo urgió para que lo visitara al día siguiente, único espacio libre que le dejaba el almanaque.
“Te vienes en una buseta a las siete de la mañana, y antes del mediodía nos vemos”, le dijo.
Gabo le ofreció pagar los pasajes, pero Rafael se negó y más tarde llevó a una casa de empeño unas candongas con filigranas de oro de su mujer y un par de anillos por los que les dieron cuarenta mil pesos. La suma era suficiente para costear los tiquetes y una noche en un hotel anónimo de Cartagena.

Al día siguiente, Gabo recibió a Rafael en el salón de otro hotel y charlaron durante más de dos horas sobre el viejo Aracataca, sus habitantes, sus familias, el coronel Márquez, algunos allegados y parientes muertos o extraviados y hasta de burreos y otras historias de amor. Lo narrado y cómo se desarrolló la reunión está deliciosamente narrado en un libro que acaba de publicar Jiménez: Atando cabos: conversaciones con Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha Pardo. Es raro verlo en librerías pero, me dice el autor, está disponible en su distribuidora personal (teléfono 300 444 2893).
Gabo siempre recomendó a los reporteros aprendices que evitaran la grabadora y tomaran notas en libreta; él mismo lo exigía así a quienes lo entrevistaban. Por eso se mosqueó cuando Rafael le arrimó una de esas máquinas y le pidió que, de despedida, pronunciara unas palabras para sus paisanos. “¡Apaga ese aparato!”, gritó GGM. Jiménez, abochornado, alegó que lo pedía con la mejor intención para los miembros de una asociación cultural que lleva el nombre de García Márquez. En ese momento saltó la chiva.
Desde años atrás habían surgido algunas críticas cuando Gabo donó a un partido venezolano el monto del Premio Rómulo que le habían otorgado en Caracas en vez de destinarlo a su aldea natal. Un popular paseo vallenato lo acusó de haber “abandonado su pueblo” y “no haber sido capaz de acordarse de Aracataca” y le reprochó que “hubiera dejado caer la casa donde nació”. Mercedes, que había asistido en silencio a partes de la charla, recordó con rabia los ataques contra su marido, e intervino con firmeza. Por primera y única vez en público se refirieron los Gabos a unos ataques que les dolían pero sobre los cuales habían preferido guardar silencio durante años.
Jiménez rememora en el libro el duro monólogo de Mercedes en defensa de su marido.
“Entendemos tu buena intención, Rafael, pero es que cualquier expresión de Gabo es mal interpretada en su pueblo y en su país, porque los cataqueros son unos desagradecidos, igual que muchos colombianos. Con tanto que Gabito ha hecho en favor de este país, con tanto que ha hecho por Aracataca y sus amigos; los que ayer parrandearon con él e hicieron ojos verdes con él hoy no perdonan que haya surgido con sudor, con trabajo y sudor, y hasta muchas veces con hambre. Gabito universalizó a Aracataca y de paso al país, que nadie sabía que Aracataca existía y mucho menos dónde quedaba. Lo posicionó ante el mundo como el pueblo más parecido a su mítico Macondo; de allí extrajo la materia prima de su obra. Por él la conocen y por él se generan noticias a favor de Colombia en el mundo. Dime, ¿cuándo Gabito ha ocupado un cargo oficial de algún gobierno, para que le reclamen obras? ¿Cuándo ha participado en política con algún partido, presidente, senador, representante o alcalde, como para que digan que no ha hecho nada por la costa.
Prosiguió la señora Barcha con “con una andanada de palabras surgidas muy adentro” y reveló algunas gestiones que hizo Gabo en favor de Aracataca y la costa, siempre con la filosofía de que la mano izquierda ignore lo que hace la derecha. “Para que ahora digan algunos cataqueros desagradecidos y antiguos compañeros de parranda que no hizo nada por su pueblo”.
El visitante entendió que “la señora Mercedes esperaba una oportunidad como esa para manifestar lo que sentía y estaba asfixiándose con ello”. Gabo aportó el final feliz. Salieron juntos con el entrevistador en cordial grupo, y García Márquez le entregó un ejemplar de Cien años de soledad con la siguiente dedicatoria: “Para Rafael Darío, con un abrazo del paisano que no ha hecho nada por Aracataca, salvo este libro y algunos otros”.


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