Como un lulo…

La actitud, Jesús

Por Jesús González Barcha, MD

Hay pacientes que llegan al consultorio con una resonancia, dos ecografías, tres exámenes de laboratorio… y una cara que parece que ya vieron el tráiler de su propio funeral. Y luego está el otro: mismo diagnóstico, misma edad, mismo colesterol… pero entra saludando, preguntando si puede seguir comiendo mango y hasta me recomienda una panadería. Uno aprende rápido que la enfermedad no es solo un asunto biológico… es un asunto de actitud. Porque hay rodillas con artrosis que parecen jubiladas… y otras, también con artrosis, pero buscando excursión a la Sierra Nevada de Santamarta.

A veces siento que algunos pacientes creen que la enfermedad es como una notificación de embargo: “Señor, usted ya no puede disfrutar nada en la vida”. Y entonces suspenden el café, el paseo, la risa… y casi que la respiración por si sube la presión. Pero lo curioso es que el cuerpo no siempre reacciona peor por la enfermedad… sino por la angustia con la que la vivimos. Es como tener un carro con la luz del aceite prendida… y en lugar de revisar el aceite, decides prenderle fuego al carro por si acaso.

He tenido pacientes con diabetes que viven mejor que sus vecinos sanos. Caminan, se ríen, comen con criterio, se equivocan… y siguen. Y he tenido otros con exámenes perfectos… pero con una actitud tan pesada que si la pudiéramos medir, saldría en miligramos por litro de drama. Porque claro, el colesterol LDL se puede bajar… pero el colesterol emocional, ese que se acumula cuando uno vive amargado, ese sí que no viene en el laboratorio.

Así que si algo me ha enseñado mi ejercicio médico, más que cualquier gran estudio clínico, es esto: la enfermedad no siempre se puede escoger… pero la actitud, sí. Y ahí es donde muchos pacientes se convierten en su propio tratamiento… o en su peor pronóstico. Porque al final, no se trata de vivir sin diagnósticos… se trata de no dejar que el diagnóstico te viva a ti.

Uppa, hoy me salieron frases interesantes….. debe ser el nuevo café que estoy tomando.

La actitud parental

Si uno le preguntara a la mayoría de las personas qué es la alegría, la respuesta sería algo así como: “sentirse bien”. Pero en psicología positiva, ese campo que no se conformó con estudiar la depresión y dijo “oiga, ¿y la gente feliz qué?”, la alegría es más que un estado momentáneo: es una forma de interpretar la vida, es una actitud. No es solo reírse cuando todo va bien… es tener una tendencia a encontrarle sentido, incluso cuando el día viene con factura incluida. Y sí, hay ciencia detrás: estudios como los de Martin Seligman muestran que las emociones positivas amplían nuestra capacidad de pensar, decidir y adaptarnos. Es decir, la alegría no es superficial… es funcional.

Ahora, lo interesante: esa actitud no empieza a los 40 cuando uno decide “voy a ser más positivo” después de ver un video. Empieza mucho antes. En los primeros años de vida, el cerebro es como una esponja de captura de ejemplos. Un niño que crece viendo adultos que resuelven problemas sin entrar en pánico, que se ríen de los errores y que no convierten cada contratiempo en una tragedia griega… tiene más probabilidades de desarrollar una base emocional estable. No porque su vida haya sido más fácil… sino porque aprendió un estilo de respuesta. Es como instalar el sistema operativo, tú puedes cambiar las aplicaciones, pero la base ya la configuraste.

Y la buena noticia: sí, se puede aprender. El cerebro adulto mantiene algo que llamamos neuroplasticidad, que es básicamente la capacidad de decir: “Bueno, llevamos 50 años reaccionando así… pero podemos hacer un ajuste”. No es inmediato, no es mágico y definitivamente no es tipo “sonríe y ya”. Implica práctica: cambiar la narrativa interna, entrenar la atención hacia lo que sí funciona, moverse, dormir mejor… y rodearse de personas que no conviertan cualquier dolor de rodilla en una novela de 300 capítulos.

Y aquí va la parte que más me gusta decir en consulta: la alegría no es ser el más optimista del barrio… es ser el menos dramático del grupo. Porque no se trata de negar los problemas, sino de no amplificarlos como si tuvieran micrófono. He visto pacientes con diagnósticos complejos que conservan una actitud ligera (no irresponsable, ligera) y viven mejor que otros con exámenes perfectos pero con cara de lunes perpetuo.

Así que si alguien me pregunta si la alegría se nace o se hace… yo diría: se aprende temprano, se moldea con la vida… y se entrena todos los días, como cualquier músculo. Solo que este no duele al día siguiente… pero sí cambia la forma en que uno camina por la vida.

Me honra poder decir que mis hijos siempre me han visto con una actitud que no niega los problemas, pero los enfrenta sin drama… y con la certeza de que, detrás de esas nubes grises, siempre hay un sol maravilloso para todos.

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