
Enrique Santos Calderón
Cuba, qué linda es Cuba,
ahora sin yanquis me gusta más
Carlos Puebla, 1960
La tragedia de Cuba no deja de impresionarme. Entre más postrada y arruinada la veo, más recuerdo aquellos años lejanos en los que esta bella isla caribeña simbolizó la esperanza de un socialismo alegre y libertario, diferente de la gris uniformidad que proyectaban los regímenes comunistas de Europa Oriental.
Luego de derrocar a la dictadura de Batista en 1959, la revolución cubana desterró la imagen de La Habana como poco más que un rumbeadero turístico de Miami, alimentó un sentido de dignidad nacional en un país que vivía en la sombra del Tío Sam y despertó un notable entusiasmo mundial, que terminó opacado por las realidades de la Guerra Fría entre Washington y Moscú.
La ruptura de Fidel Castro con Estados Unidos, su alineamiento con el bloque soviético, su promoción con el Che Guevara de la lucha armada continental, la instalación de una dictadura marxista que provocó el exilio de centenares de miles de cubanos, los fallidos intentos por tumbarla (Bahía de Cochinos, Playa Girón), el bloqueo comercial y la crisis de los misiles que tuvo al mundo al borde la guerra forman parte de mis recuerdos de una época de tormentosa agitación política internacional donde Cuba ha sido protagonista de primera línea.
No hay país latinoamericano que no haya sentido o sufrido el impacto de la pretensión que tuvo La Habana de convertirse en motor y llama de una revolución hemisférica. “Convertir la Cordillera de los Andes en una Sierra Maestra” era la consigna del Che Guevara, que murió en el intento, así como perecieron decenas de seguidores suyos que promovieron focos guerrilleros a lo largo del continente, desde México hasta Uruguay, incluyendo desde luego a Colombia.
Después vino el progresivo desplome de la revolución cubana en medio de la escasez y la opresión, hasta llegar a un total apagón social, político y económico. A la actual bancarrota, transformada en verdadero drama humanitario. No deja de ser cruel –algunos dirán merecido- en el país que en los 60 ostentaba los mejores índices de salud y educación de la región y llegó a inspirar a las nuevas generaciones ansiosas de cambio.
No olvido la furia con la que un curtido cubano cincuentón me respondio hace muchos años en Miami cuando mencioné la entereza y dignidad con la que su país había respondido al bloqueo económico de EE.UU: “!dignidad que mata de hambre a un pueblo, chico!” Hoy, luego de más de 65 años en el poder, sigue vivo el visceral rechazo a todo lo que huela a castrismo entre quienes tuvieron que abandonar su patria.
***
Donald Trump entiende bien todo lo que ha simbolizado Cuba; lo que significa su colapso y como aprovecharlo políticamente. Primero, ahondando la crisis con sanciones contra quienes le faciliten petróleo a la isla y luego anunciando que puede hacer todo lo que le de la gana con Cuba. “Puedo tomarme a ese país cuando quiera” ha dicho sin pestañear. La afirmación resulta humillante y ofensiva, pero no deja de ser cierta. Sí podría y no hay quien se lo impida. Así esta la cosa.
Habrá que ver como juega Trump su carta cubana. No descarta la salida del Presidente Diaz Canel pero no plantea un remplazo rápido y total del régimen, que es lo que reclama la enorme comunidad del exilio. Todo indica que seguirá la línea que tomó para Venezuela, priorizando lo económico y la transición hacia un sistema capitalista de libre empresa favorable a la inversiones estadounidenses. Hotelero al fin de cuentas, Trump habla de la belleza, del clima y del enorme potencial turístico de la isla cuyos destinos aspira a controlar.
La probada resiliencia cubana indica que semejante desenlace no está a la vuelta de la esquina. Pero también sería inconcebible que su drama humanitario se prolongara indefinidamente. Las proclamas de “Patria o muerte” y de pureza revolucionaria que alguna vez alentaba la isla rebelde suenan hoy cada vez más huecas y de hecho ya casi no se escuchan.
La dirigencia política cubana debe tragarse el amor propio, reconocer su responsabilidad histórica y rectificar un camino equivocado. Y gústenos o no, el que haya sido un personaje como Donald Trump el que acelero el dilema cubano, no le resta veracidad ni urgencia al problema. Nada justifica el sufrimiento continuado de un pueblo y de un país donde todo escasea –luz, combustible, medicamentos—y el 89% de su población vive hoy en extrema pobreza.
Para terminar en una nota menos pesimista, una salida deseable y no imposible a la actual encrucijada sería que, sin tanta dilación y reticencias, el gobierno de La Habana adoptará reformas internas de apertura democrática, ante lo cual Washington levantaría sanciones. Soñar no cuesta nada.
***
PS: Menos mal no pasó a mayores -por ahora- la fricción con Ecuador por el extraño episodio de la bomba de 250 kilos encontrada del lado colombiano de la frontera. Petro dijo que estábamos siendo “bombardeados” y el presidente ecuatoriano aseguró que las operaciones aéreas conjuntas con Estados Undos habían sido dentro de su territorio.
Es posible que al artefacto haya “rebotado” sin explotar hacia el lado colombiano y en ese caso vale la pena dejar el asunto ahí. Lo único que no se necesita es que explote ahora una crisis con nuestros vecinos del sur. Aunque no faltan quienes quisieran alentarla.
