Los Danieles. El camaján en la taberna

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

La noticia no sorprende del todo, pero es contundente: por primera vez desde que existen pruebas y mediciones sofisticadas en ciencias políticas, Estados Unidos se rajó en un examen sobre cualidades democráticas.

Ya no podrá sentarse en la misma mesa donde comen una treintena de países considerados democracias liberales, sino en una esquina aparte, entre jeques árabes, presidentes militares, teócratas barbudos de turbante, dictadorzuelos latinoamericanos y, en general, regímenes autocráticos donde no se respetan los derechos humanos ni existen libertad de prensa y de expresión ni, sobre todo, respeto a las instituciones.

El instituto internacional V-Dem (Variedades de Democracia) con sede en la Universidad de Gotemburgo, Suecia, es una respetada entidad académica fundada en la primera década de este milenio por el profesor Staffan Lindberg, que se dedica a medir y analizar el estado de la democracia en numerosos países a tenor de 470 indicadores. Colaboran en el macroproyecto 4.200 especialistas de 180 naciones. Con oficinas en buena parte del mundo, los datos que investiga y acumula permiten cuantificar, siguiendo unas categorías acordadas, la presencia y salud de rasgos democráticos en muchos gobiernos. Se lo considera “el más importante proveedor de información para investigaciones de alto nivel sobre la democracia cuantitativa”.

El V-Dem revela datos y calificaciones en informes anuales. El que corresponde a 2025 se publicó esta semana e indica, según Staffan, que “Estados Unidos ha perdido, por primera vez en más de medio siglo, su estatus de democracia liberal y avanza por el peligroso camino de la autocratización”. 

Comenta el notable sociólogo acerca de algunos jefes de Estado: “el húngaro Viktor Orban necesitó cuatro años para desaparecer ciertas instituciones democráticas; al serbio Aleksandar Vucic le tomó ocho años; el turco Recep Tayyip Erdogan y el indio Narendra Modi tardaron una década. Donald Trump, en cambio, lo logró en menos de un año”.

La democracia estadounidense ha retrocedido hasta niveles anteriores a 1965, cuando por primera vez la Ley de Derechos Civiles introdujo de facto el voto universal. Según Staffan, “todo el progreso conseguido desde entonces se borró a la luz de nuestros datos”. Estados Unidos cayó al nivel de los países que marchan hacia el mando tiránico de un gobernante que esquiva las instituciones. Calcula el V-Dem que el 41 por ciento de la población mundial (cerca de 3.400 millones de personas) reside en países de democracia degradada, y quien encabeza este alejamiento de los parámetros es Trump.

Los computadores y supermemorias de grandes datos revelan realidades que también se detectan de otras maneras. Madeleine Albright, inmigrante checoeslovaca que fue secretaria de Estado en Washington bajo el mando de Bill Clinton, publicó en 2018 un libro titulado Fascismo: una advertencia. En él se alerta acerca de Trump, “el presidente más antidemocrático de la historia moderna de Estados Unidos”. Y eso que se refería al primer periodo del plutócrata neoyorquino, años antes de su devastador segundo mandato en la Casa Blanca. Dios llamó a misiá Madeleine a su gloria en marzo de 2022 y le ahorró los horrores del infierno que volvió a encenderse en enero de 2025.

En el mismo año que su libro, los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt publicaron un tratado ya clásico de ciencia política: Cómo mueren las democracias. En él suman a las amonestaciones de Albright su profecía sobre la destrucción de tradicionales normas de convivencia democrática y presagian que el sistema de igualdad y libertades enfrentará potentes enemigos. Entre ellos, la mengua de la separación de poderes, la intolerancia entre adversarios políticos, la inequidad económica, el abuso del poder y el autoritarismo; será un régimen donde subsisten las instituciones formales de la democracia pero se quebrantan de manera sistemática las reglas que las gobiernan.

Los coautores describen el mando de Trump como “un absolutismo relativo cuyas características se apartan de las de una democracia”. Agregan: “Si el gobierno empieza a perseguir a directores de empresas, universidades, políticos y medios de comunicación es porque dejó de ser una democracia”.

Levitsky ha descrito el sistema gringo como “autoritario competitivo” o “populista autoritario” y opina que “es el mayor asalto a las instituciones de Estados Unidos en la historia moderna”. Concluye, para mayor inri: “En varios sentidos, la decadencia norteamericana empieza a parecerse a muchos gobiernos de América Latina”.

Tal vez por eso Trump se siente ahora a gusto negociando con políticos venezolanos, paraguayos, cubanos, ecuatorianos, argentinos y salvadoreños, que son al mismo tiempo sus compadres y sus súbditos. Estados Unidos acaba de ingresar al club de los países antidemocráticos y su entrada es ruidosa, como la de todo camaján en una taberna.

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