Los Danieles. Miguel Uribe ¿Hasta cuándo?

Enrique Santos Calderón

Enrique Santos Calderón

La muerte de Miguel Uribe Turbay coincidió con el centenario del nacimiento de Guillermo Cano y con los 26 años del asesinato de Jaime Garzón. Conexiones que evocan una trágica constancia de nuestra historia reciente: los magnicidios.

El asesinato del director de El Espectador en diciembre de 1986 fue la brutal confirmación de que la mafia del narcotráfico respondería a sangre y fuego a quienes la denunciaran. Todos los periodistas quedamos notificados. 

Pero la muerte de Cano no fue en vano. Produjo la primera gran reacción colectiva contra la dictadura del miedo que pretendieron imponer Pablo Escobar y sus secuaces. La gente salió a la calle y los medios decretaron una protesta sin precedentes: la “huelga del silencio”, que dejó al país sin prensa, radio y televisión durante 24 horas.

En ese entonces, hace 39 años, se sabía quiénes eran los cerebros criminales. Hoy, aún no se sabe bien de dónde provino, ni quiénes planificaron y ordenaron el asesinato de Miguel Uribe. La Policía ha hablado de las disidencias, MinDefensa ha mencionado a la Segunda Marquetalia y “organizaciones que viven del narcotráfico”, la Fiscalía sigue varias “líneas de investigación”, el comisionado de Paz Otty Patiño dice que “parece más una acción sicarial que política”.

Es desolador que pese al tiempo transcurrido y a los intermediarios y autores materiales detenidos, no haya certezas sobre los determinadores intelectuales. Lo que hay es confusión y versiones contradictorias. El propio presidente Petro pasó de hablar de una “junta directiva del narcotráfico apostada en Dubai” (que para el director de la Policía no existe) a decir que “es probable que el ELN sea el autor del asesinato del senador Uribe”. Si en efecto fueron las disidencias Farc de Mordisco, o de Iván Márquez, o el ELN de Antonio García, pues ya estaría resuelta la pregunta sobre autores intelectuales. Y el reto es entonces someterlos a la justicia. Ni más ni menos. 

*******

La muerte de Miguel Uribe nos retrotrae a un negro pasado de magnicidios (de Gaitán a Galán y todos los demás), pero hay algo distinto en la reacción social que este crimen ha producido. Tocó una fibra muy honda. En un país conmovido y conmocionado, lo que he percibido más allá de explosiones de justa indignación y rabia, es un amplio y sentido duelo colectivo. De esos que alcanzan los resortes emocionales de un país y generan sentimientos encontrados de tristeza, impotencia, rabia, miedo, indignación… 

Un duelo colectivo trastorna el estado anímico de una sociedad cuando se trata de la muerte de una figura pública querida. Las redes sociales pueden exacerbar estos sentimientos y convertirse en transmisoras de odios y resentimientos. También de oportunismos políticos. Por eso me parecieron acertadas las palabras de la viuda, María Claudia Tarazona, cuando pidió que la muerte de su marido fuera motivo de paz, amor y reconciliación, y no de ira, venganza o rencor. Aunque luego vino la petición de que Petro no asistiera a las exequias, donde el padre de la víctima, Miguel Uribe Londoño, optó por convertir su dolor en una apología de Álvaro Uribe.

Desacertada, porque si alguien no ha entendido el clamor de la gente para que se erradiquen los discursos de odio y el lenguaje agresivo del ambiente político es el expresidente Uribe Vélez. Para la muestra, su respuesta al mensaje conciliatorio que le envió Juan Manuel Santos, en la que lo califica de “hipócrita” por asistir al entierro de Miguel Uribe, de cuya muerte también lo responsabiliza porque su acuerdo de paz de 2016 “devolvió el poder a los criminales”. Es algo casi delirante, pero confirma que la agresividad de Uribe no solo sigue a flor de piel, sino que se le ha agudizado durante su arresto domiciliario.

Debe de sentirse cual tigre enjaulado. No puede estar en el centro de los acontecimientos ni salir a enfrentarse cara a cara con sus adversarios, ni cabalgar siquiera por sus fincas. Su obligada reclusión en la mansión campestre de Llanogrande no ha contribuido a la introspección espiritual ni a la serenidad del alma que muchos desearíamos ver en el expresidente Uribe. A mí me gustaría conocer los motivos de fondo y razones precisas de la hostilidad irrefrenable de Uribe, más allá de los cargos de “traidor” que le endilga sin cesar a Santos por haber seguido un camino propio. Y no lo digo por afectos fraternales. Son demasiados los colombianos que quisieran entender mejor la causa de esta inquina.

*******

Significativa, por su amplia difusión, la reacción internacional a lo sucedido el 7 de junio. En todas partes fue noticia el asesinato en Colombia de un joven senador y aspirante presidencial de la derecha democrática y no faltan especulaciones sobre un regreso a la violencia de los ochenta y noventa. Alarmistas e improbables me parecen, porque este país algo ha aprendido y no va a retroceder cuarenta años a ese pasado funesto de magnicidios y carros bomba.   

Hay que ubicarse en el presente y preguntarse más bien sobre los efectos políticos de lo sucedido. Interrogante del momento es cómo va a resolver el Centro Democrático la ausencia de un líder presidenciable. Y cómo van a jugar las demás fuerzas políticas en esta delicada coyuntura. La propuesta de David Luna de buscar una candidatura única de la oposición ha tenido un eco interesante, pero del dicho al hecho…

¿Quiénes renunciarían a su aspiración? Vendrán encuestas y consultas que pueden despejar el panorama. O calentarlo aún más, en esta hoguera de egos y vanidades donde los precandidatos presidenciales se cuentan por docenas.

Miguel Uribe Turbay se distinguía de la montonera. Lo conocí muy fugazmente pero siempre lo vi como un ser decente y transparente. “Un hombre de bien”, como dijo un ciudadano anónimo. Su cobarde asesinato me entristece e indigna. ¿Hasta cuándo seguiremos llorando la muerte absurda de tantos colombianos valiosos? Paz en su tumba.

Sobre Revista Corrientes 5473 artículos
Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com