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Caballero, el mundo por hábitat

Por Oscar Domínguez Giraldo

Antonio José Caballero (Q.E.P.D.) Imagen Marca País Colombia

 

Hace cinco años, Antonio José Caballero, el reportero estrella hecho en Santander de Quilichao, Cauca, tomó  su grabadora que era su sexto sentido, su genio siempre disparejo,  su gran capacidad de trabajo, su pinta de play boy, su soltería perpetua y nos dio con su ausencia.

Paró el reloj a los 68 abriles. Un cáncer que se pasó de vivo lo puso a marcar eternidad.
Sólo le faltó dar la noticia de su muerte en la bogotanísima clínica del Country. De resto las dio todas, desde cuando su descubridor, Orlando Cadavid Correa, entonces director de RCN, le dio la alternativa radial como corresponsal en España.
El azar le deparó la muerte del papa Paulo VI que cubrió con todos los juguetes, a pesar de que apenas se iniciaba en la reportería, la joya de la corona del periodismo.

Luego contó detalles de la muerte del sucesor, Juan Pablo I, el papa de la sonrisa, quien apenas tuvo tiempo de sonreír y calentar la silla: duró 33 días como sucesor de Pedro. Murió de sospechoso infarto (Juan Pablo I, no Pedro). Lo reemplazó Juan Pablo II, ya instalado en los altares.

Después de cortar oreja, rabo y pata en su calidad de corresponsal en el primer mundo, Antonio José fue llamado a filas a RCN-Bogotá. Aquí  hizo historia como cargaladrillos. Ni falta que le hizo ocupar cargos directivos.

Se lució como reportero, un trabajo tan desgastador y acaso tan desagadecido como el de ama de casa.

Jefes suyos como Cadavid, Gossaín y Dario Arizmendi se atropellaron para exaltar sus virtudes de reportero consumado.

Prácticamente, Caballero aprendió italiano cubriendo llegadas y salidas de papas. Esos cubrimientos fueron la cuota inicial de una larga carrera que lo llevó a decenas de países. Difícil llenar más pasaportes.

Tenía el mundo por hábitat. Se la pasó más volando que durmiendo y amando. En los aeropuertos lo conocían los funcionarios de aduanas;  las azafatas lo saludaban por su nombre. Este aprovechaba para echarles los perros.

También le decían su sobrenombre, “Tercioplo”, una ironía para aludir a que se enojaba viendo pasar una tractomula.

Trabajó en Cromos y en la revista Antena. Y en televisión, donde fue presentador y productor. Pero su reino estaba en la radio. También le jaló a las columnas de prensa para dar su propia interpretación de los hechos que cubría en este acabadero de ropa que es el mundo. Y a la crónica.

Para no quitarle tiempo a su oficio de infatigable reportero, decidió decirle no al matrimonio. “Invicto vencedor jamás vencido” en asuntos relacionados con la epístola,  siempre mantuvo ocupado el departamento de afectos. No tuvo quejas de la ternura femenina.

Arafat, Gadafi, Hugo Chávez, Tirofijo, presidentes, figuras de todas las farándulas, para no alargar el chico, figuraron entre sus decenas entrevistados.

Se me quedó con varios libros que le presté. Lo perdono si se los leyó. Creo que sí se los devoró.

Si me alcanzan a entregar el avión te acompañaré esta noche en la misa que tus familiares y amigos ofrecerán en tu memoria en la Iglesia de la Porciúncula, en Bogotá.

Que te siga yendo bien, Terciopelo. Te extrañamos.

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