Un empalme sin Congreso ni presidente en el país

Llegada de Gustavo Petro a Roma, este martes. Foto JUAN DIEGO CANO (PRESIDENCIA DE COLOMBIA)

Entre la visita papal de Petro, la ciudadanía estadounidense de De la Espriella y el encuentro citado este jueves, la transición colombiana pone a prueba los cambios de poder sin rupturas

JUAN ESTEBAN LEWIN

Bogotá – 

Colombia ha entrado esta semana en una suerte de calma chicha. La incertidumbre de la transición política entre la izquierda que deja el Gobierno y la ultraderecha que se prepara para recibirlo mantiene un ambiente tenso para un empalme que aún no arranca. Abelardo de la Espriella, el presidente electo, habla, pero dice poco. Gustavo Petro, el mandatario saliente, dedica estos días a visitar Roma y el Vaticano. Su fallido candidato presidencial, Iván Cepeda, amenaza con desobediencia civil, pero no deja del todo claro qué significa eso. Es una suerte de interinidad en calma, con un presidente que ya parece ido y otro que todavía no llega, un Congreso que se acabó y otro que no se ha instalado.

Tras meses de una campaña llena de polarización, con más descalificaciones e insultos que debates programáticos, quizás lo que se respira es cansancio. Colombia acaba de vivir las elecciones presidenciales con mayor participación de su historia —más del 63% del censo electoral, más de 26 millones de votos en un país de 52 millones de habitantes, incluidos los menores de edad—, una cifra que revela hasta qué punto la polarización entre el proyecto de izquierda de Petro y Cepeda y la ultraderecha de De la Espriella logró movilizar a una sociedad entera. Ese mismo despliegue de energía colectiva puede explicar el reverso de la moneda: el país parece necesitar, así sea por unos días, bajar el volumen. Con un Mundial de Fútbol en marcha, los tres grandes protagonistas de la política solo han logrado superar brevemente en atención a la selección de fútbol, según las mediciones de búsquedas en línea de Google Trends, y tras el balotaje han sido irremediablemente superados por ella.

Los hechos, sin embargo, no dan tregua. De la Espriella ganó la segunda vuelta hace diez días, el 21 de junio, por un estrecho margen del 0,96%, y desde entonces ha ido armando el andamiaje de un gobierno que se inicia el 7 de agosto. Su fórmula vicepresidencial y exministro de Comercio y Hacienda, José Manuel Restrepo, encabeza un equipo de empalme que se reunió por primera vez este martes, con cámaras y micrófonos en un teatro, después del puente festivo. Ahora viene su encuentro con el Gobierno saliente. 

El presidente Petro, de visita en Italia y el Vaticano, delegó sus funciones —como ocurre cada vez que un jefe de Estado colombiano sale del país— en el ministro de Hacienda, Germán Ávila. El encuentro no será entre los dos presidentes, como ha sido tradicional, sino entre dos encargados, una señal de la distancia y molestia entre Petro y De la Espreilla. El encuentro formal se dará este jueves.

Abelardo de la Espriella en Bogotá, este jueves.
Abelardo de la Espriella en Bogotá, el 25 de junio.MARIANO VIMOS

El equipo que armó Restrepo mezcla perfiles técnicos con una clara tendencia a la derecha: incluye personas que pasaron por el gobierno de derechas de Iván Duque, cabezas de gremios y viejos conocidos del conservatismo. En él destacan, por ahora, los dos únicos nombres del gabinete que ha anunciado el presidente electo: el exsenador Rodrigo Lara, que asumirá el Ministerio del Interior, y el economista Miguel Gómez Martínez, designado para Hacienda.

Mientras el empalme se organiza, Petro y De la Espriella han dado, cada uno a su manera, un paso atrás de los reflectores. El vacío lo ha llenado Cepeda, el candidato del oficialismo derrotado en segunda vuelta, con declaraciones de alto voltaje: le ha exigido al presidente electo renunciar a su ciudadanía estadounidense, alegando que su mayor lealtad podría estar del lado de Washington, y llega a preguntar si es colaborador o agente de alguna agencia de inteligencia de ese país, sin aportar pruebas de esa acusación. 

Este miércoles ha reiterado su exigencia, refrendando que se trata más de un debate político y ético que de uno legal. “Se deja de lado la esencia del problema: la afrenta a la dignidad nacional. También se busca ignorar el cuestionamiento central. El candidato elegido debe aclarar si es colaborador o agente de un organismo de seguridad e inteligencia estadounidense”. De la Espriella ha optado por no darle mayor atención al señalamiento; Petro tampoco lo ha respaldado explícitamente. Pero la acusación ronda el ambiente de estos días, resaltando que, si bien hay cierta calma, la tensión no está ausente.

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Sesión en el Congreso de Colombia en una imagen ilustrativa.PRESIDENCIA DE COLOMBIA

Esa tensa calma se da en un vacío institucional que se repite cada cuatro años en Colombia por el propio diseño constitucional: el Congreso saliente ya se levantó, y el que acompañará el cuatrienio de De la Espriella solo se posesiona el 20 de julio. En este momento, el país no tiene un Legislativo en funciones, el jefe de Estado está fuera de sus fronteras y en el ocaso de su mandato, y el empalme que aún no comienza está en cabeza de un ministro. Un empalme que, según han señalado tanto De la Espriella como Restrepo, será exigente: los dos han dicho que están preparados para revisar en detalle lo ocurrido en el Gobierno saliente, al que ya han señalado de haber cometido delitos y de varios indicios de corrupción, también sin pruebas, en otra señal de la tensión latente. 

La situación revela, en el fondo, una paradoja. La aparente anomalía institucional que producen estos días de interinidad es también la prueba de que la democracia colombiana sigue funcionando incluso bajo alta tensión: se vive un cambio de gobierno entre proyectos políticos antagónicos, sin que ya nadie discuta la validez del resultado electoral del 21 de junio, más allá de algunos trinos de un Petro que ha garantizado la entrega del poder y el empalme. Que ese tránsito sea incómodo, lento y cargado de sospechas mutuas no lo convierte tanto en una crisis como en una prueba de estrés. La pregunta que queda abierta para las seis semanas que faltan para el cambio de mandato no es si la transición será tensa, sino hasta dónde esa tensión puede afectar las reglas del juego.

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