Por Jesús González Barcha, MD
| Ayer, estando en consulta, mi asistente me avisó que la siguiente cita había sido cancelada. Y como estaba con una paciente excelente conversadora —de esas personas con las que uno siente que la consulta debería tener sobremesa— preparé un café especial (origen Tolima, proceso anaeróbico natural, tostion medio y notas a cocoa y arándanos). Cuando mi paciente tuvo su taza en la mano, sacó un sobrecito de endulzante artificial y lo abrió con una tranquilidad que me estremeció. No por el endulzante, aclaro, sino porque estaba a punto de cometer un crimen contra el sabor del café. Al verme la cara, me preguntó: “Barcha, ¿tú crees que el endulzante artificial es malo?”. Y le dije: “Malo, malo… depende. Pero echarle eso a este café sí debería tener cárcel”. |
| La respuesta científica, como casi siempre, no cabe en un meme. Un artículo reciente revisó un gran análisis sobre bebidas endulzadas y cáncer de hígado. La noticia interesante fue esta:los endulzantes artificiales no parecen ser el villano cinematográfico del cáncer. |
| En cambio, cada bebida azucarada adicional al día sí se asoció con más riesgo: 10% más de carcinoma hepatocelular y 15% más de colangiocarcinoma intrahepático. Es decir, por ahora, el azúcar líquido sale peor librado que el endulzante artificial. Y esto tiene lógica: las bebidas azucaradas se han relacionado con obesidad, diabetes tipo 2, hígado graso metabólico e inflamación; todas esas visitas indeseables que llegan a la casa del hígado, se sientan en la sala y después no quieren irse. |
| Pero tampoco convirtamos el endulzante artificial en santo patrono de la salud metabólica. Que en este estudio no se haya asociado con cáncer de hígado no significa que debamos endulzar hasta el agua bendita. Además, mucha de la investigación sobre endulzantes artificiales, diabetes, obesidad y cáncer sigue siendo compleja, con resultados mixtos y posibles sesgos. |
| Mi consejo para la paciente fue sencillo: si el endulzante artificial ayuda a dejar gaseosas azucaradas, puede ser un puente razonable; pero la meta no debería ser vivir persiguiendo el sabor dulce con escolta química, sino educar el paladar. Y con el café, por favor, hagamos las paces con la civilización: si es un buen café, primero pruébalo solo. El hígado puede perdonar muchas cosas, pero el buen gusto cafetero no siempre. |

