Sábado de las aves: Maina o la libertad por jaula

Maina del Himalaya. Foto You Tube

Por Óscar Domínguez G.

Cuando el pájaro Maina, ave sagrada del Himalaya, decide tomar la libertad por jaula, manda a la lavandería su traje de plumas y se las ingenia para fugarse a su hábitat entre el viento.

Tal vez la cuota inicial del drama de Romeo y Julieta, de Shakespeare, haya que rastrearlo en la leyenda del Maina, el pájaro sabio y misterioso como un gurú de esos que se alimentan de teología, aire sin usar, espiritualidad y viento raspao de los Himalayas.

La leyenda es ésta: una vez en la India se enamoró una pareja. Pero los padres de los amantes les prohibieron que se vieran. Fue cuando apareció un Maina que conoció la historia en un suspiro de la frágil novia que llegó hasta sus oídos.

El ave se impuso este modus ‘camellandi’: hablaba con el enamorado y después, en la propia voz de éste, transmitía los mensajes a la novia, con pelos y señales.

Luego hacía las cosas al revés. Pero en la voz de ella, con pucheros y suspiros incluídos.

Al pájaro maina le quedó gustando esa capacidad de imitar voces nacida de una tusa de amor y decidió incorporar esa habilidad a sus genes.

Los novios nunca se casaron pero fueron felices a distancia.

El maina es como una mirla pero con telepronter: voz que oye, voz que imita. No es como el loro que siempre es la misma cantaleta. El maina toma la voz de la garqanta que lo  contiene.

Su traje de plumas es de un color que envidiaría una desnutrida modelo de Balenciaga: es negro azulado, un color de vestido que lo mismo le sirve para ir a un matrimonio que a un entierro de primera.

En esto no se diferencian de los bípedos implumes que hacemos lo mismo.

Parece que nuestro personaje alado se hubiera leído las obras completas de Carreño, el de la Urbanidad: se baña todos los días y se pone de mal genio cuando el agua de su jaula está sucia.

 A sus dueños les ahorra costosas idas a la ópera. Canta como un Plácido Dominguez, perdón, Domingo, con plumas y por la noche adquiere complejo de Borges: se va a dormir a la biblioteca, después de oír la música de Bach que le ponen Carlos Martínez Terrova y su esposa María, a quienes apenas ahora les presento.

El dueto español vive en el madrileño barrio de Salamanca, según el relato que hizo en el diario El País la colega Rosita López, en cuyas cuartillas me apoyo para redondear esta columna.

Este maina es mismo el pájaro que un buen día decidió adoptar la libertad por jaula y en un descuido de Carlos y María se fue a andar el mundo y a buscar a quién imitar. Producida la fuga, el dueto madrileño improvisó un bloque en búsqueda de la espléndida voz de Maina, de la especie de los estorninos .

Los atribulados padres putativos de maina llenaron las calles de carteles con avisos como éste: Se busca pájaro. Si usted le habla le responde con su nombre, así: «Hola, Maina».

Cualquier día, en el mismo barrio de Salamanca, un matrimonio acompañado de su nieta dan de comer maíz pira a unas palomitas que se cansaron de buscar la paz en Colombia.

De pronto, un intruso con plumas se suma al banquete. Con toda confianza, se posa encima de la cabeza de la nieta de nueve años.

«Mira qué pajarito», exclama la niña. Y el pájaro le revira en el mejor español de Cervantes: «Hola, Maina».

El terceto se quedó como las célebres casas de Belisario: de una sola pieza, oyendo cómo un pájaro hablaba imitando la voz de la niña, como si hablara desde su garganta.

Para, las partes hicieron migas. Y Maina adoptó pronto a sus nuevas mascotas. 

Pero la bueno no dura: a la pareja le había dado en su juventud por aprender a leer. Y eso los perjudicó: leyeron uno de los famosos carteles puestos por los originales dueños de Maina, Carlos y María,  y se enteraron que la buscaban.

Lo demás fue pura carpintería como dicen los pájaros carpinteros, colegas de San José. Llamaron a Carlos y a María, les hablaron del ave y la regresaron a su refugio en el barrio Salamanca.

Maina, la leyenda que vino del Himalaya, Sri Lanka, Ceilán, luce ahora el traje a rayas de una jaula que no le sale mucho con sus ansias de libertad. Ni con su condición de coleccionista de voces, su mejor alimento. O pienso. Luego imita.

MAINA

Un pájaro de la especie de los estorninos responde a quien le saluda utilizando su nombre: Maina. Carlos Martínez Terrova y María, su mujer, conviven con una de estas aves desde hace más de dos años,El pasado 1 de junio, Maina vio el cielo abierto y voló hacía un rumbo desconocido. La pareja propietaria del ave puso en marcha un dispositivo de búsqueda por el barrio de Salamanca que sorprendió a todo el vecindario: en las calles aparecieron pegados unos carteles con el dibujo de Maina, en el que se especificaba que respondía por su nombre y decía otras palabras como hola, bravo, Carlos o socorro.

Pájaro Maina. Foto Facebook

Mientras tanto, en una ático situado a 100 metros de la vivienda de Carlos y María, un matrimonio daba de comer a las palomas del barrio acompañados por su nieta de nueve años. Al ágape se sumé un ave desconocida. Cuando la niña exclamó: «¡Mira qué pajarito!», Maina contestó: «Hola Maina».

El matrimonio y la niña se quedaron, primero, estupefactos y, después, sorprendidos cuando empezaron a entablar una especie de diálogo con el pájaro, de color negro azulado y del tamaño de un mirlo. Maina, se posaba tranquilamente en la cabeza y brazos de la niña y los saludaba de uno en uno.

La pareja construyó un cómodo habitáculo para su nuevo inquilino y le compró varias clases de piensos hasta que encontraron el que más le gustaba. Cuando ya se habían encariñado con Maina vieron los carteles con los que se la intentaba encontrar y llamaron a sus dueños.

María comentó que durante una semana, Carlos y ella, recorrieron todo el barrio imitando los silbidos que Maina suele hacer en casa: «Oímos cómo un grupo de amigos que tomaba copas en un bar comentaban entre sí que habían visto a una pareja de locos silbando por la calle y mirando sin parar a las azoteas».

«Ha sido una historia con final féliz», dice Carlos, deleitándose al contar lo cariñoso y pulcro que es su animal de compañía. Maina se baña todos los días, protesta cuando el agua de su jaula está sucia, sabe cantar ópera y cuando llega el atardecer busca su nido en la biblioteca del salón, oye música y ya no se le puede molestar hasta el día siguiente.

Los mainas son unas aves sagradas del Himalaya que reproducen con gran precisión los timbres de voz de sus interlocutores. Sobre ellos gira una leyenda que tiene cierta similitud con el Romeo y Julieta de William Shakespeare. En la India antigua también hubo una historia de desamor entre dos jóvenes. Las familias les prohibieron que siguieran viéndose y un maina hacía de mensajero del amor, reproduciendo lo que cada amante quería comunicar al otro con el mismo timbre de voz de cada uno de ellos.

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