Por Jairo Cala Otero / Cultor del español y corrector de textos
Dicen que la prostitución es «el oficio más antiguo del mundo». Puse tal afirmación entre comillas para respetar el crédito que le corresponde al desconocido que la dijo, quien quiera que hubiese sido. Es posible que aquel ser sin identificar haya tenido y aún tenga la razón.
De esos cambalaches de cópulas furtivas por dinero está tachonada la Historia de la humanidad. Si se escribieran libros sobre esa modalidad de acoplamiento de los genitales de los hombres con los genitales de las mujeres, quizás no habría lugar en dónde ponerlos. Aun cuando para obviar la falta de espacio servirían las camas, pero, a su vez, su ocupación con libros se convertiría en un estorbo para el arte amatorio de muchos. Bueno, podría ser también que no faltase la damisela que al tiempo que fingiera copular se dedicara, por ejemplo, a leer parte de algún capítulo de una novela sobre cómo desarrollar el fuego de la pasión a la hora de recrear la forma «deliciosa» como se reproduce el género humano.
Desde esos tiempos inmemoriales (muchísimo antes del libertinaje sexual en Sodoma y Gomorra), todos los terrícolas tenemos metido en nuestro cerebro una palabra a la cual los mojigatos y santurrones le temen tanto como se le teme a la DIAN: puta. Pese a ser muy castiza, a ser pronunciada cada segundo y tan real al manifestarse con figura de mujer, esa palabrita despierta más de una fruncida de ceño entre los hazañeros. Hazañeros que ─es lo más seguro─ muy en privado se acogen a ella cuando topan a una puta (yo no uso eufemismos) que los desnude no sólo físicamente sino que también les desnude su hipocresía cuando se muestran gazmoños ante los demás.

Tan metida está la palabra puta, o esa puta palabra, entre quienes respiramos (aunque sea aire contaminado), que ella funciona para cualquier situación todos los días; aunque no tenga nada qué ver con ese oficio que degrada la dignidad de aquellas mujeres que a él se aventuran, según dicen ellas, «para ganar el pan de cada día», aunque en la Biblia el mandato dice que «con el sudor de tu frente». Merecen toda consideración por semejante vejación con voluntad propia. Aunque, claro es, muchas son forzadas a prostituirse mediante engaños de las mafias que trafican con mujeres para convertirlas en pelanduscas mediante engaños.
Bueno, relaje su mente porque doctrina purísima sobre prostitutas, forzadas o por voluntad propia, no se conoce hasta hoy. Con lo que quiero conectar es con la prostitución de la palabra puta. ¡Qué paradoja! Veamos:
Si un caballero no se acuerda del lugar en donde dejó las llaves, quizás porque la víspera llegó ebrio a su casa, pregunta: «¿Dónde están las putas llaves?».
Cuando en una fiesta, a la que apenas estaban invitadas unas determinadas personas, se aparece otra que es detestable, no falta alguien que le diga a su acompañante: «¡Se puteó la fiesta! ¿Quién demonios invitó a ese fulano?
Todos sabemos, además, que las expresiones con esa desviación semántica del vocablo original no las pronunciamos únicamente los hombres. También hoy las féminas tienen esa palabrita adherida a sus hemisferios cerebrales, y les brota de sus no tan castos labios del mismo modo que dicen «mi amor» o «mamá, te quiero». Por ejemplo, cuando le preguntan a su esposo, novio, compañero o amigovio (este vocablo ya está en el diccionario, no se inquiete): «¿Por qué puta razón no me avisaste que no vendrías a comer?». O cuando tienen que discrepar de determinada conducta de su pareja: «¡Qué puta costumbre la tuya, ¿no?!».
Ni se diga de aquel episodio en que el marido se tarda en llegar a casa un viernes o un sábado (¡hasta hay días señalados para eso!). Ella nota que él no está en sus cabales, que mastica chicle (que él detesta), tiene el pelo desgreñado, las llaves en una mano, pero usó el timbre para que le abrieran la puerta. «Bonita la hora de llegar. Vendrás de donde las putas, ¿no es cierto?», es lo que escucha aquel pobre hombre, que no coordina ideas ni movimientos porque en la juerga con sus amigos ingirió más licor del debido. Algunos dicen que en ese momento un hombre así aprovecha la pregunta para decir: «No me recuerde de dónde vengo, porque soy capaz de regresarme».
Ni qué decir de la cantaleta del día siguiente: «¡Oiga, descarado, levántese! ¿Qué está pensando hacer con su putavida?».
Para aderezar este artículo, que ─valga aclarar─ escribí en mi casa, acompañado de las risas de mi esposa y mis hijos, porque entre nosotros no hay putos remilgos, cito otra expresión socorrida entre muchos hombres cuando, torpemente, chocan con una de las patas de la cama: «¡Ay, la puta madre!». Yo, que de santurrón no tengo nada, no he entendido esa expresión. Debe de ser porque mis neuronas no son coherentes con el putaísmo. ¿A qué se refieren con la expresión «laputa madre» después de un choque inesperado con una pata de la cama? Especulemos con alguna de estas posibilidades:
- A la madre de la cama. ¿Y cuál es esa?
- A la madre del ebanista que hizo la cama. ¿Y qué culpa tuvo ese hombre del tropezón sufrido por quien pronuncia tal expresión?
- A la madre de la suegra. Aunque la deteste, ella no estaba enroscada en la pata de esa cama. ¡Tal vez lo estaría en otra!
- A la progenitora de a quien le había tenido que pagar más de la cuenta la víspera, cuando estuvo «bebiendo trago donde las putas», como dice su esposa.
- A la mamá de la compañera de trabajo, a la que le ha hecho lances eróticos, sin que ella se dé por aludida.
- A la mamá puta que patrocinó que un hombre sembrara un árbol, y que el árbol fuese cortado un día por una putapersona interesada en hacer putas camas para que mujeres putas pudieran seguir viviendo, porque para ellas las suyas son unas putas vidas.
A todas esas consideraciones, soslayando a los mojigatos que posan de tales ─aunque también han ido adonde las putas y disfrutado con putas─ podemos considerar y decir que la palabra puta es ¡una linda y puta palabra!

Dejar una contestacion