¿Polarización emocional?

Imagen Corporación Latinoamericana del Sur

 Por Jaime Burgos Martínez*

Desde hace algunos meses, he escuchado que el país, políticamente hablando, está polarizado. Entonces, pregunto, ¿qué se entiende por polarizar? Conforme al actual diccionario normativo de la Real Academia Española (RAE), que registra ―previa documentación― el uso que le dan los hablantes a las palabras, significa, en sus acepciones dos y tres, en su orden, «Concentrar la atención o el ánimo en algo» y «Orientar en dos direcciones contrapuestas»; esto es, fijar la atención o el interés con intensidad en algo, y hacer que se opongan dos o más tendencias o posturas.

Planteo esta cuestión, porque, en mi sentir, para hablar en política, estrictamente, de que un país está polarizado se debe tener claro que ello obedece a que se destaca un conjunto de ideas fundamentales que caracterizan el pensamiento de una persona o colectividad, y que el debate gira alrededor de ese ideario; sin embargo, en nuestro medio, la controversia o discusión, a la luz de los principios que rigen una doctrina política o partidista, no se da, dolorosamente, puesto que el dios dinero, al que, en 1844, censura Carlos Marx en su obra Manuscritos económicos y filosóficos, hace de las suyas. ¡Qué desastre!

En efecto, el Gobierno nacional actual, con marrullerías e imposiciones fácticas, quiere hacer un «cambio», que no ha sido positivo o ventajoso sino catastrófico ―aumento de la corrupción, economía desacelerada, salud agonizante, denegación de justicia, inseguridad y orden público, decrecientes, Congreso de la República (con más mermelada), etc.―, puesto que ello no ha sido fruto del azar sino de una actitud premeditada para empobrecer a la población y llevar el país a la inmundicia, en que el poder dominante y abusivo, manda. No hay ideología. Se machaca un presunto maltrato, generacional, por la sociedad o por la suerte, a los menos favorecidos en la vida, y hostilidad a los que se consideran más afortunados. Pero ¿quién puede escoger los padres en el nacimiento y las circunstancias sociales en que se llega al mundo?  

No obstante, la polarización política se ha entendido como el proceso por el cual la comunidad política se fragmenta en dos bloques ideológicos contrapuestos; pero, lógicamente, con argumentos serios, ya controvertidos o debatidos, y no por un deseo impulsivo y vehemente de los que ostentan el poder o dirigen una organización política; por ejemplo, cuando se quiere mostrar ser partidario del progreso social y político, con reformas para promover la igualdad y justicia social, a trabajadores que desempeñan actividades de un régimen especial (servicio doméstico) lo incorporan en la legislación laboral general como si se tratara de servidores de una empresa industrial o mercantil, lo cual en lugar de favorecer, perjudica, y con el tiempo ese servicio tiende acabarse por los costos laborales y prestacionales que se salen de las manos de un hogar ordinario. No es más que una estrategia para conseguir votos. ¡Brilla la falta de análisis!

Ahora bien: aunque estudios sobre polarización política afirman que es un fenómeno global, pues sus causas no residen en una cultura o en un país concreto, sino en los problemas que fustigan al mundo (cambio climático, guerras, crisis económicas, etc.) y superan con ventaja el poder de acción de los gobiernos, a mi juicio, pienso que la polarización no surge por casualidad ni tampoco por los ciudadanos; es inducida por la dirigencia política para controlar el poder, y la táctica es satanizar al adversario.

Por ello, en este Gobierno se han escuchado frases del siguiente tenor, entre otras: «Ya salieron los oligarcas, los dueños del dinero, los que matan y asesinan», «Los empresarios son esclavistas». En efecto, el Ejecutivo presenta una imagen distorsionada de la realidad social, al orientar la opinión pública, de manera emocional e irresponsable, hacia extremos opuestos y crea una división que se convierte en una confrontación o fractura de la comunidad; y ahí aprovecha para invitar a la “protesta social”, que no deja ser vandálica y dañosa, no solo para el erario sino también para los contribuyentes: ¡se respira un odio visceral! Como bien lo dice James Druckman, afamado politólogo y profesor de la Universidad de Rochester, en su obra Negociando en la esfera pública: una teoría de la deliberación democrática: «La democracia no se mide solo por la fortaleza de sus instituciones, sino por la calidad de sus conversaciones». 

En esta línea, la politóloga Juliana Mejía, en columna del 25 de noviembre pasado, publicada en el diario El Tiempo, Radiografía de la polarización (El conflicto político se trasladó a las relaciones interpersonales. Lo que antes era un desacuerdo hoy es una fisura relacional y emocional), dice: «La polarización se gesta en las relaciones y se alimenta con el lenguaje, pero también desde allí puede empezar a desactivarse. Tejer vínculos entre diferentes –sin renunciar al debate, que es esencial en una democracia– y cuidar la forma en que nos comunicamos son caminos para empezar a revertir el ciclo. Lo que está en juego es cuidar la democracia.». Cosa que el Gobierno promete y no cumple: ¡Desescalar el conflicto que creó! ¡Esa es su arma favorita!

Esto reafirma mi criterio, en el sentido de que en Colombia la polarización política no es de ideas sino visceral, odio que se refleja en muchas actuaciones del poder Ejecutivo, que, sin ningún análisis jurídico y de ideario político―alejado de la realidad y con la incursión en conductas penales y disciplinarias―, procede, a todas luces, de manera arbitraria y sin pudor alguno; pero, para la justicia, los organismos de control y las instituciones, en general, todo está bien…, pues no hacen nada; da la impresión que hay sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario, o hay hiperglucemia por exceso de “mermelada”, puesto que, como diría Javier Durango, el Flecha, del desaparecido escritor loriquero David Sánchez Juliao: viejo Déivis, erdala madre si no. 

*Jaime Burgos Martínez 

Abogado, especialista en derechos administrativo y disciplinario.

Valledupar, enero de 202

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