Por Oscar Dominguez Giraldo
Conocí al papa Juan Pablo II durante la visita de médico que hizo en julio de 1986 a Armero, Tolima. De lejitos, vi pasar al papa Francisco, cuando nos hizo visita de médico en Medellín. Espero que la cuerda me alcance para estrecharle los cincos claveles al papa León XIV cuando venga a Colombia. Desde ya se puede considerar invitado a corrientazo de agradecimiento y felicitación por haber puesto en su sitio a su paisano el presidente Trump quien hizo del mundo un sitió peor.
En Armero caminó mientras sonreía a una jaculatoria por segundo. Ahora lleva el inri de san Juan Pablo. Fue canonizado por su sucesor, el fallecido che Francisco, quien le gastaba misa de dos yemas en su cumpleaños.
Durante la visita a Armero-Lérida, cuando el papa miró hacia donde yo estaba, asumí que me había dado, para mí solito, la exclusiva mundial de una mirada y de una sonrisa pontificias. Sentí levitar.
Me recordó la ausente mirada que me dedicaba el Corazón de Jesús de la sala de mi casa. Y la mirada de la infiel Gioconda, de Van Gogh, cuando le presenté mis respetos en su sancta sanctorum del Louvre. (Bueno, dejemos quieto a Van Gogh. Señor Da Vinci, perdone que lo haya despajado por unos segundos de la paternidad de su Monalisa).
Lo malo de encontrarse con Papas es que ellos nunca se encuentran con uno y jamás nos volverán a “distinguir” entre los 8.000 y pico de millones de seres que contaminamos lo que queda del medio ambiente.
Si hubiera podido acercármele le habría preguntado su opinión sobre esta frase de Borges: El papa es un funcionario que no me interesa. O esta de otro autor cuyo nombre me escondió Alzheimer: Si yo fuera el papa vendería todo y me iría.
Esa mañana sobre las ruinas de Armero, el peregrino Woytila surgió de entre una nube de polvo levantada por el helicóptero, con su pelo blanco al viento que hacía juego con su ropa pontificia y unos zapatos rojos, chéveres, de camaján, como para tirar paso.
De esos zapatos ya no se ven en el Vaticano. El papa Francisco acabó con tales accesorios quebrando más de un almacén de los que alimentaban la vanidad del clero de dedo parado.
Recuerdo como si fuera esta mañana que la polvareda arruinó el traje inglés del expresidente Alfonso López, la pinta Chanel de la ministra de comunicaciones Noemí Sanín, el monótono vestido azul conservador a rayas blancas del canciller Augusto Ramírez (“soy arrogante hasta en la forma de amarrarme los pantalones”, decía su padre, el Leopardo), y el uniforme de fatiga con los inevitables tres soles del general Miguel Vega Uribe. (En realidad, cuatro soles con el que alumbra para todos).
Con su físico de atleta del decatlón, el Maradona de Dios caminó unos cien metros repartiendo bendiciones desde su teológica sonrisa tocada de santidad.
A su lado, como haciendo el empalme para algún futuro papado, estuvo siempre el cardenal López Trujillo quien nunca daba puntada sin dedal. Papa que nos visitaba, papa que acompañaba.
De López Trujillo decían los curas de Medellín, a quienes maltrató hasta que san Juan agachó todos los dedos: “A este le faltó ternura de mujer”. En su bello libro “Salvo mi corazón todo está bien”, su autor, Héctor Joaquín Abad, le dice “el innombrable”.
Una vez fue mi vecino de silla en un vuelo de Avianca entre Bogotá y Medellín. A Nos Alfonso le incomodó mi intensa mirada “sobre” su anillo y montó guardia para no quedarse sin él. Ya le perdoné su sospecha. Para romper el hielo solo se me ocurrió una imbécil pregunta: “Cardenal, a usted no le da miedo montar en avión?”. “No, lo utilizo como oficina”. Y siguió escribiendo esquelas con su letra pegada de purpurado.
Visto de cerca, el papa Juan Pablo daba la impresión de estar tocado de divinidad. De tener celular e internet directos con Dios. Fue un Papa-Telecom que unió a los colombianos.
El día que visitó Armero, en la babel de la partida, de regreso a Bogotá en helicóptero, vimos al papa ponerle la primera piedra a una lágrima por Armero. Y por Omayra, la niña a la que le faltó un milagro anticipado suyo para salvarla.
Su emoción en Armero era tan grande, como la de quienes mejoramos la hoja de vida conociendo a un papa. Pontífices no vienen todos los días.

Los hermanitos Fernando y Óscar, en una falda del barrio Boston, esperando el paso del papa Francisco durante su visita a Medelln.
También le monté la perseguidora en Medellín al papa Francisco pero no tuve éxito. Me tocó contentarme con verlo pasar a velocidad de plusmarquista de los cien metros por las faldas del barrio Boston. La selfi que intenté con el papámovil al fondo resultó un fracaso. Solo quedó mi cabeza calva…
(Esta crónica pasó por el taller de latonería y pintura).

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