QUISQUILLAS DE ALGUNA IMPORTANCIA
por Efraim Osorio López
eolo1056@yahoo.com
Hay que respetar la lógica y belleza de los verbos irregulares de nuestro lenguaje.
En las noticias del mediodía de Citytv (24/4/2026) una reportera calificó de ‘batalla campal’ una pelea de dos paisanos. Le queda grande el apelativo a esa clase de peleas. Porque ‘batalla campal’ es el enfrentamiento decisivo de ejércitos enemigos en campo abierto. Por extensión, se le dice también así a una pelea violenta y rabiosa en la que intervienen muchas personas, por ejemplo, la que se da entre hinchas furiosos de equipos de fútbol. ‘Batalla’ viene del francés ‘battaille’; ‘campal’, del sustantivo latino ‘campus-i’ (‘campo’). ***
El comentarista deportivo Farid Mondragón, cuando un futbolista pierde la pelota, dice que ‘la erra’. Y anota don Rufino: “«No erra tiro» dicen casi todos del que no marra. Y a fe que es un descomunal yerro” (Apuntaciones 266). El verbo ‘errar’ (del latino ‘errare’ ‘-divagar, andar de aquí para allá; apartarse de la verdad; vacilar, estar incierto’) significa “equivocarse; vagar por un lugar” y es irregular. Sus irregularidades se expresan en el presente de indicativo: yerro, yerras, yerra; erramos, erráis, yerran; en el presente de subjuntivo: yerre, yerres, yerre; erremos, erréis, yerren; y en el imperativo: yerra, yerre, yerren. Es interesante anotar que esas irregularidades afectan solamente a las inflexiones verbales que empiezan por sílaba acentuada. Algunos sinónimos, ‘deambular, desencaminarse, vagar, vagabundear; engañarse, equivocarse, fallar; desacertar, pifiar, marrar’. Nota: El Diccionario panhispánico de dudas dice que “en algunos países de América no es infrecuente su conjugación como regular en ambos sentidos”. Lo que no borra el error. Hay que respetar la lógica y belleza de los verbos irregulares de nuestro lenguaje. ***
Se supone que los reporteros de Citrynoticias del mediodía de Citytv cursaron el bachillerato y ocuparon pupitres en aulas universitarias. No obstante esto, ignoran que el numeral cardinal ‘uno’ tiene femenino, ‘una’, y que su apócope sólo se emplea con el masculino y cuando está inmediatamente antes del sustantivo correspondiente. Y digo que ignoran todo eso, porque, cuando este numeral hace parte de uno compuesto, siempre usan el masculino apocopado con sustantivo femenino. En la transmisión de las noticias del 17 de abril (2026), durante la información del aterrador e innombrable atentado terrorista en Cajibío (Cauca), decían que hubo “veintiún personas fallecidas”. Este error es más frecuente de lo digerible. “…veintiuna personas fallecidas”, en buen castellano. En el mismo noticiero, alguno de sus reporteros informó que por estos días fueron “treintaiún los hechos violentos”, con la apócope de ‘uno’ fuera de lugar, porque, como se dijo antes, no precede inmediatamente al sustantivo que determina. Castizamente, “…treintaiuno los hechos violentos”. Otro gallo le habría cantado, esta vez sí armoniosamente, si hubiera dicho “hubo treintaiún hechos violentos”. Otro ejemplo: ‘a la convocatoria asistieron veintiuna mujeres y cuarentaiún hombres, veintiuno de éstos, obligados’. Cuando oigo o leo esos errores me pregunto si en esas empresas o instituciones no hay quien corrija, o porque no sabe o porque le importa un pepino la casticidad del idioma. ***
La tendencia actual no la justifica. Aludo a la supresión de la preposición ‘a’ cuando el complemento directo es un nombre propio, que la rige. Una muestra: “La fórmula del candidato De la Espriella (…) visitó ayer Manizales” (LA PATRIA, destacado, 29/4/2026). Correctamente, “…visitó ayer a Manizales”. La norma es muy clara, como lo he anotado en muchas oportunidades: el complemento directo (acusativo), cuando es un nombre propio, rige la preposición ‘a’ para su determinación. Se exceptúan los nombres que incluyen el artículo determinado (‘visitó El Cairo’). Rige también esa preposición cuando se quiere personalizar, por ejemplo, ‘con sus trinos, las aves saludan a la aurora’.

Primer encuentro con la vida
Por Óscar Domínguez Giraldo
Suelo preguntarles a algunos de mis prójimos cómo fue su primer contacto con la vida. También busco respuestas en viejas revistas.
Uno vive cómodo en ese cambuche de cinco estrellas llamado “hotel mama” y de pronto, pum, descubre que está aquí.
Durante los primeros años vivimos en una especie de deliciosa patria boba infantil en la que no sabemos de donde somos vecinos. Pero el reloj biológico nos regala segundos que uno tras otro van son la vida (perdón Aurelio Arturo por la pirateada de uno de tus poemas), hasta que, de pronto, nos damos cuenta de que hacemos parte del mundo. Ejemplos
Humberto de la Calle Lombana, exvicepresidente, exembajador, exministro, etcétera, etcétera: “Tengo un recuerdo brumoso de una breve época en que la familia vivió en Pereira, después de la salida forzada de Manzanares. Mi padre fue nombrado como delegado de la Licorera de Caldas. Vivíamos en la fábrica de Licores (que llamaba la fácara de manera balbuciente). Como era una edificación inmensa, digamos que mi primer recuerdo se centra en la infinitud de los espacios, el misterio del laberinto y la pasión por las máquinas, porque mi hermano mayor andaba todo el día en un triciclo desvencijado”.
“Mi primer recuerdo en este mundo es un bombardeo que mis padres disimularon diciéndome que estaban clavando caramelos en las paredes. Yo no había cumplido cuatro años”. (Doña Ana María Busquets de Cano, viuda del asesinado director del diario El Espectador).
El hermano Andrés Hurtado, educador, cazador de arco iris, periodista, fotógrafo, empezó a tutearse con la vida “a los tres años y pico cuando me fui de casa buscando el nacimiento de un río. Me encontraron casi muerto de hambre y de frío. Y sin saber cómo nacen los ríos”.
Como laureado poeta, Juan Manuel Roca miente en prosa y en verso. Cuenta sobre ese primer deslumbramiento: “Estaba hibernando. Alguien interrumpió mi sueño. Lo que se volvió una pésima y reiterada costumbre a lo largo de mi vida”.
Francisco Maturana, odontólogo anónimo sin muchas cirugías dentales en su hoja de vida, filósofo del fútbol, técnico de varias selecciones, evocó el primer contacto con su entorno: “Mi mamá y su preocupación por darme todo”.
Darío Silva Silva, pastor de la Iglesia Casa sobre la Roca, liberal ayer, teólogo hoy, fue breve como un haikú: “Mi abuelo a caballo”.
Bernardino Hoyos, el periodista cultural, se remite a su infancia en Santa Rosa de Osos, Antioquia: ”Un temblor de tierra hacia las once de la noche. Todo el mundo salió de la casa. ¡Volvieron por mi cuando había pasado el temblor!”.
Pilar Bonnett, poetisa, novelista, maestra: “Buceo en mi conciencia, buscando mi recuerdo más antiguo y sé, a mis tres años, que he tenido un hermano, que hay una vitrola que suena, que mi madre dice ‘hace calor’, que me envía a tomar aire afuera, en brazos de la dentrodera”.
Pido permiso para ponerme al lado de tan ilustres constituyentes primarios para echar mi cuento. Abro los ojos en la huerta de mi casa en una acuarela llamada Versalles, un pueblito en sánduche entre Minas y Santa Bárbara, y me encuentro con un estupefacto espantapájaros, triste por el oficio que le impusieron.
En reciprocidad, desde hace años, un espantapájaros de paja, comprado en el mercado de las pulgas, me hace dulce compañía, en competencia con el ángel de la guarda que me tocó en reparto. ¡Pobre ángel!

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