Por Óscar Domínguez Giraldo
Sobre el tablero de ajedrez soy todopoderosa. Manejo todos los hilos. El matutino, el vespertino y el nocturno de este juego sin fin pasa por mí. Me muevo como pez en acuario, como ave entre su hábitat, el viento.
“Ni contigo ni sin ti, tienen mis penas remedio: contigo porque me matas, y sin ti porque me muero”, es un poema rosa que bien pudo haber compuesto para mí algún ajedrecista perdidamente enamorado de mi eterno femenino.
Me perdonan, pero soy el poder detrás del trono. Inspiro respeto, perplejidad, miedo, misterio, como cualquier mujer fatal. Y sobre todo, despierto envidia, que es lo que más nos gusta provocar a nosotras. La monótona e inútil humildad no rima con mi coquetería de dueña de la pasarela ajedrezada.

30 años después
Era el principio del juego y las damas no habían entrado en acción. Modestia, apártate , porque hace 30 años, el 13 de marzo de 1996, jugué en Bogotá en unas simultáneas contra el excampeón mundial Boris Spassky. Nunca me dio mate pero en la jugada 28 me mandó a la ducha. En realidad, hacía rato me había noqueado pero como campeones no se enfrentan todos los días permanecí frente al tablero hasta que ya daba pena con la visita no tirar la toalla. Al fondo, el exembajador y exgobernador de Antioquia, Fernando Panesso y su pequeño hijo, y, de pie, a su lado, el excampeón de ajedrez Gildardo García quien decía que “los patos del no son imparciales”. García ejerció esa vez como pato ilustre en esta partida.
Con el rey, mi vecino, ando junta pero no revuelta. Esa es mi tragedia. El nuestro es un matrimonio no consumado. Pronto nos separará el enroque que es el divorcio en ajedrez.
No nací para esconderme a la primera escaramuza, como el rey cuando enroca. Prefiero el protagonismo desde la apertura. El anonimato no es mi fuerte. Considero al rey un oscuro eunuco que jamás disfrutará de mis encantos. Ese pusilánime señor no me merece. Es un pobre rey de burlas. Solo se mueve a la velocidad de un cuadro por jugada.
Sólo me fue negado el salto del caballo. De resto, soy un híbrido de rey, torre, alfil y peones. El brusco salto del caballo no va con mi fragilidad.
Estamos ante un juego femenino y feminista. No en vano tenemos máxima beligerancia sin perder nuestra coquetería. Una autentica dama del ajedrez es la húngara Judit Polgar. No se la pierdan su documental en Netflix. Le ganó al campeonísimo Kasparov cuando este andaba en el churubito.
Supongo que el genio que inventó este juego quería hacernos un homenaje a las féminas. Era un feminista consumado o un machista consumido. Y me puso a trabajar duro en el tablero. Extraña forma de elogiar. Asumió que el hombre era incapaz de tanto desgaste. ¿Imaginan a un hombre dando a luz? No daría un brinco.
De pronto me veo como esas mujeres de hoy que hicieron la revolución femenina. Pero la hicieron mal: accedieron a trabajos escriturados al hombre, pero siguieron en la cocina. Y ellos felices. Pellizquémonos, colegas. ¡Bobitas si no!
Lo propuso García Márquez: Las mujeres deben gobernar. Cuando las mujeres gobiernen el mundo, como nosotras mangoneamos en ajedrez, la aldea global será un lugar más plácido y justo. Más ético y estético. Y seguro, algo de lo que carece hoy.
Las mujeres “tienen la mitad del cielo”, decía Mao. Yo soy dueña de más de la mitad más uno del tablero. El pintor colombiano Alejo Obregón autoriza que se mueran los hombres pero las mujeres no. “La mujer que no sabe mentir no tiene futuro”, notificó Wilde. Algo me dice que esa metáfora se le ocurrió viéndonos a las damas del ajedrez.
Colegas en el ajedrez mundial han sido, entre muchas, la Cristina K, en Argentina, la Merkel, en Alemania, la Clinton, en USA, la reina Isabel (sin marido), de Inglaterra. No olvidemos a la fallecida madre Teresa de Calcuta, suspiro de Dios, dulce versión femenina de Gandhi. No sigo para no maltratar egos masculinos.
Este juego es una mezcla de democracia con aristocracia, algo que no soñó ningún legislador. Humildes peones pueden convertirse en una de nosotras, por un milagro de la genética ajedrecística.
Pobres aquellos peones que salen del juego en las primeras escaramuzas de la apertura. El anonimato fue su destino.
Reencarno en cada partida. Soy ave fénix con vocación de eternidad. Ese lujo no se lo dieron en sus mejores días de esplendor la reina de Saba y Cleopatra juntas.
Les comparto lo que escribió sobre mí el terrible Cabrera Infante en su magnifico perfil sobre su paisano Capablanca: “El ajedrez es un juego erótico: todo consiste en poner horizontal a la reina”. Interpreten mi silencio.
Los jugadores de ajedrez son nuestros kleenex o pañuelos desechables. ¿Qué sería de ellos sin mí, la reina del ajedrez? (Líneas pasadas por latonería y pintura).
