Bailar al son que le tocan

Bailar con el son. Foto Netflix

Por Carlos Alberto Ospina M.

La gente prevenida es capaz de transformar cualquier interacción en un acto de paranoia o en un ataque encubierto contra su espacio personal.

La persona calculadora gira alrededor de la sospecha: anticipa el peligro en cada gesto, lee entre líneas una supuesta amenaza, filtra los saludos y convierte la cercanía en un campo minado. En ese sentido, reaccionar de manera exagerada con una lista de posibles peligros y mantener la guardia alta solo consigue multiplicar los malentendidos. 

La actitud defensiva opera como un repelente social y conlleva un alto riesgo emocional mientras se prioriza la distancia. Así, evita mostrar Fragilidad, transformando una conversación casual en un interrogatorio. Nadie sabe si una pregunta de auténtico interés es percibida a modo de trampa, ya que el precavido mantiene el manual de supervivencia bajo el brazo. Para ellos es más fácil sostener una posición con rigidez que examinarla con serenidad.  

En el fondo, conviene abordar ese mecanismo de autoprotección con aplomo, empatía, creatividad y humor, sin pretender reciprocidad. La transparencia en las intenciones evita dobles sentidos, mantiene el diálogo en un plano horizontal y termina convenciendo al más escéptico. 

La igualdad de ánimo significa aprender a poner límites, cuidando el bienestar propio por encima del ejercicio de tolerancia, porque la manía de otros no debe ser la norma. Más bien, vivir con menos miedo a pesar de los campeones de la sospecha, dado que toda relación humana depende de un cierto grado de vulnerabilidad. La persistencia de una actitud hermética propicia interpretaciones erróneas en la comunicación.

Al final, no se trata de grandes gestas. A veces, basta con algo sencillo y mucho menos heroico: tolerar la posibilidad de estar equivocado.

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