Los Danieles. Si Petro no resucita a Uribe

Daniel Samper Ospina

Daniel Samper Ospina

Un hombre llamado Alvalázaro vivía en la región de Antioquia con sus hermanas Paloma, María Fernanda y Paola (y con James Rodríguez, que a veces visitábalo). Alvalázaro amaba al Redentor, o por lo menos se había dado la paz con Él para ponerse de acuerdo en el nombramiento del reemplazo de Poncio Pilatos.
 
Mientras el Redentor hallábase en otro pueblo —digamos en Nazareth, La Guajira—, Alvalázaro enfermó de gravedad:
 
—¡Ay, ay, me duelen las carnitas, me duelen los huesitos y siento que la culebrita no está viva! —quejose ante James.

—Ya lo popó… —dijo este.

—¿Ah?

—Ya lo poponemos en otra popó…

—¿Qué?

—Poposición, papá…

—Gracias, hijito.

—Papatrón…

—¡Qué diferencia la de vos con Juan Manuel; a vos sí te entiendo! —dijo Alvalázaro—. Todo me duele, hijito: la mano dura, el corazón grande, los tres huevitos: ¡y se me llorosea esa breva!
 
Por muchos emplastes que acomodábanle en la piel, Alvalázaro permanecía desgonzado, especialmente en las encuestas. Molestábanle por igual las vértebras y un proceso judicial que le laceraba la entraña y le producía dolores de cabeza. 
Cuando parecía que empezaba a alentarse, algo terrible sucedíale: hablaban militares en la JEP, reventábale algún nuevo escándalo de su oscuro pasado judicial. Y postrábase de nuevo.
 
—¡Ay, ay! ¡Lo peor es que a nadie importo, nadie me recuerda! —quejábase entonces—. ¡Estoy que me amarro a una piola y me tiro al Magdalena!
 
Compungidas, las hermanas de Alvalázaro mandaron a James a llamar al Salvador Humano pues era el único capaz de aliviar al moribundo (a lo mejor a través de un sistema de salud preventiva, diseñado no solo para el esclavista que asiste a bacanales con banqueros, sino para el señor que pega ladrillos e invita al Mesías a una cerveza).
 
James halló al Salvador en La Guajira con mal de estómago por un mecato —unos panes y unos peces— cocinados con agua de la región, la cual espesó de mala forma cuando quísola transformar milagrosamente en vino. 
 
—Salvador, ¡popó! —saludolo James.

—Así es, amigo, en esas ando …

—¿Popodrías hacer algo por Alvalázaro que hállase moribundo y ya cacasi muerto?
 
El Salvador pidió entonces a los discípulos que lo acompañaran por allá, hasta la mismita meseta del Ubérrimo. Los discípulos tenían miedo, pues bien se conocía que en aquel lugar el Maestro no era querido y podíale suceder algo, como ser apedreado, amanecer un día sin las alpargatas marca Ferragamo o ser acusado tres veces de sicario.
 
Mas cuando llegaron a las mesetas del Ubérrimo, Alvalázaro había estado muerto ya por cuatro días y, como su proceso judicial, su cuerpo hedía.
 
Paloma, Paola y las demás hermanas recriminaron al Señor por no haber llegado a tiempo para curarlo.
 
—¿Dónde estabas, Señor, cuando te necesitábamos? —imprecolo Paloma.

—Tenía todo listo para salvarlo… Lo que pasa es que la agenda se me despiporró— excusose éste.

—Si fueses puntual, nada de esto habría sucedido —recrimonolo María Fernanda.

—Cayome mal el mecato, pero creed y seréis salvos.

—Qué vamos a creer en vos, si vos sos un guerrillero, gran hij*#a —díjole Paola.
 
El Salvador preguntó dónde estaba el cuerpo de Alvaralázaro.
 
—Allá en la pipí —señaló James.

—¿Ah?

—Pipiedra: ahí está el sepulcro, Sasalvador.
 
Y entonces quiso confirmar:
 
—¿Estáis seguros de que el hombre está muerto? —preguntó.

—Seguros estamos: pasó de ser el héroe en bronce, el mejor presidente que haya tenido Colombia, a marcar menos de veinte por ciento en las encuestas —respondió su hermana Paloma.
 
—Ya nadie lo volvió a querer, mucho menos los jóvenes —dijo su hijo Pachito—: claro que si le metemos voltios a los muchachos, los muchachos caen, los atrapan y de golpe vuelvan a quererlo —meditó.
 
Entonces el Redentor díjoles a los presentes que le devolvería la vida a Alvalázaro para que a través de su milagro todos pudieran observar que Él era el Salvador, el enviado de Yavhé, el Amigo de Todos: el Yavhecita.
 
Y así, delante de los presentes, empujó cinco reformas radicales a la fuerza; dividió a la sociedad entre ricos y pobres, como si se tratase del mar Rojo; y pidió a las tropas ir en paz, y pasmar a los mandos militares, al menos frente a los clanes y guerrillas que atacaban aquella zona inhóspita; e hizo todo esto a la vez. 
 
Y poco a poco Alvalázaro comenzó a mover una manita, un huesito, uno de los huevitos, a crecer una décima en favorabilidad. Y en la medida en que el Mesías más resbalábase en su verbo, y más agitaba los ánimos; y en la medida en que más insegura se volvía aquella región de Judea y alrededores, el muerto más y más parecía volver en sí.
 
Entonces el Mesías ordenó:
 
—¡Alvalázaro: levántate y anda!
 
Y para pasmo y alborozo de sus hermanas, Alvalázaro se levantó y anduvo, y salió caminando de la tumba, el rostro envuelto en un sudario.
 
—¿No estaba muerto acaso? ¿Tratose, pues, de un falso positivo? —preguntose su hijo Pachito.
 
Pero pocos le oyeron porque los deudos de Alvalázaro lanzaban vivas por el Salvador, mientras el otro quitábase el sudario y restregábase los ojos para observar la luz, y saludaba a los suyos con emoción.
 
El Redentor, entonces, mostrole la última encuesta de Gallup a Alvalázaro, y vio este que en aquella algunos puntos repuntaba, y díjole:
 
 —¡Es un milagro, Señor! ¡Gracias! —y postrose a sus pies, y besole las alpargatas marca Ferragamo.

—Y también soy capaz de resucitar al patriarca Germán —advirtiole el Redentor.
 
Luego, el recién vivido incorporose y, mirando a los ojos al Señor, le dijo: 
 
—¿Vos sos el de los doce apóstoles?

—Lo mismo se podría decir de ti —respondiole el Señor.

—¿Pero qué los hicistes, pues?

—Es que les dije: el que no se comprometa, ¡se va! Y me quedé con unos poquitos —díjole el Señor.

—Reconozco a aquel de allá de la túnica —señaló Alvalázaro a uno.

—¿Judas Armando?

—Sí, ese… Ese trabajó conmigo; me lo trajo Judas Manuel.
 
Alvalázaro quedose alborozado con los suyos, y comenzó a planear con ellos las elecciones de octubre, y las de 2026, envuelto en dicha; en tanto el Redentor regresaba a Nazareth, en La Guajira, y James alcanzaba la caravana con una pastilla de Lomotil.
 
—¡Esto es popó! —le dijo.

—¿Ah?

—Popor si acaso.
 
Y pasole las pastillas.
 
Palabra del Señor.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: [email protected]