
A pocas semanas de finalizar su gobierno, el enfrentamiento del presidente Petro con el Banco de la República abre una crisis institucional sin precedentes. Por primera vez, un ministro de Hacienda se retira de la junta del banco central en rechazo a su decisión de elevar las tasas de interés, que calificó como “irresponsable” y lesiva para la economía nacional.
No se trata de una discusión meramente técnica, pues, fuera de sus implicaciones políticas, tiene que ver con la autonomía misma del ente que tiene la misión constitucional de velar por la estabilidad monetaria del país y de controlar la inflación. Vale decir, del costo de la vida. Tampoco es la primera vez que en el país se presentan fricciones gobierno-emisor, pero ninguna tan drástica como esta.
No soy economista ni ducho en la materia, pero en ambas partes percibo argumentos de peso. Inquieta, sin embargo, el temor expresado por especialistas, en el sentido de que la política monetaria del gobierno pueda terminar por romper la estabilidad macroeconómica que ha exhibido el país durante muchos años.
Inquietud que comparten exministros, economistas de renombre, exfuncionarios del gobierno y más de trescientos ciudadanos, que suscribieron una carta de respaldo al Banco de República, en la que instan al ministro de Hacienda a regresar a la Junta. Sin su presencia queda bloqueada cualquier política antiinflación.
Petro ha respondido señalando al Banco como “un actor de la oposición” al servicio de la oligarquía y califica su postura como “inconstitucional”. Cuestionamiento también sin precedentes, por la dureza de sus términos. ¿Le tocará a la Corte, pues, dirimir este choque de trenes en la cúpula del Estado? Una vez más.
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Si hay alguien en este país que conoce los pormenores del conflicto armado, es Eduardo Pizarro Leongómez. Por circunstancias personales y familiares: hijo de un almirante de la Armada; dos hermanos guerrilleros muertos (Carlos y Hernando); una hermana (Margot), reconocida activista pro derechos de las mujeres; y por ser, él mismo, víctima de un atentado atribuido a las Farc, en el que recibió cinco balazos. Pero también, y sobre todo, por las numerosas investigaciones, ensayos y libros publicados sobre el origen y evolución de una insurgencia armada con la que en un momento dado simpatizó.
Resulta preocupante entonces que Pizarro afirme en reciente entrevista (El Tiempo/29 de marzo/26) que las Fuerzas Militares se han “desmoralizado y debilitado dramáticamente bajo este gobierno”. Lo atribuye, entre otras circunstancias, a una política de ascensos basada más en adhesiones al presidente que en hojas de vida y habla de un “número enorme de generales con experiencia acumulada muy alta” sustituidos por coroneles sin los méritos suficientes, varios de los cuales estuvieron en la campaña presidencial de Petro.
Reconoce que el gobierno ha tratado de remediar la situación, pero su respuesta ha sido tardía e insuficiente, y que la desmoralización que se observa puede resultar devastadora para el profesionalismo de la institución armada, aunque hay quienes sostienen que el fenómeno que menciona Pizarro no es tan extendido como él da a entender.
Quién sabe. Los síntomas no son alentadores y las bajas en la fuerza pública han aumentado desde que los grupos ilegales disponen de sofisticados drones explosivos. Sus acciones han dejado un saldo de 435 heridos y 53 uniformados muertos en los últimos dos años y, según datos del Ejército, cada día y medio se registra un ataque contra bases militares o estaciones de policía.
Todo lo cual apunta, de acuerdo con varios analistas, a la necesidad de replantear el manejo del orden público, adaptar mejor a la fuerza pública a las nuevas circunstancias, golpear más a las rentas ilegales y —condición clave— fortalecer el control territorial.
Menudo reto el que le espera al próximo gobierno.
P.S.: En días pasados fallecieron dos mujeres excepcionales: Lucy Nieto y Aura Lucía Mera. Valientes, independientes e íntegras hasta la médula, Lucy y Aura Lucía siempre dijeron y escribieron lo que pensaban, desafiando normas y convenciones tradicionales sobre el papel de la mujer en los medios.
Hará mucha falta la voz de estas dos columnistas que, sin títulos ni pergaminos, opinaron de frente y sin desfallecer hasta el día de su muerte. Lucy lo hizo durante más de 70 años y fue una auténtica pionera del periodismo femenino colombiano. Aura Lucía batalló por varias décadas, incluso contra sus propios fantasmas, en un entorno que no era propicio a las rebeldías del mal llamado sexo débil.
Dos “mujeres inmensas”, como bien lo expresó la escritora Gloria Arias Nieto, cuya pluma sigue el camino de sus precursoras.

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