Los Danieles. No me amenaces

Enrique Santos Calderón

Enrique Santos Calderón

Violencia política digital. He ahí una inquietud novedosa, pero pertinente y actual en una sociedad que ha padecido todas las formas imaginables de violencia política real.

La defensora del Pueblo, Iris Marín, alerta con razón sobre este peligro en medio de las crecientes denuncias de amenazas contra sus vidas formuladas por aspirantes presidenciales.

El Departamento de Inteligencia y Contrainteligencia de las Fuerzas Militares manifestó que no ha encontrado complots o planes concretos contra ningún candidato, lo que resulta tranquilizante. Sin que por esto se pueda bajar la guardia, dado nuestro lúgubre historial de magnicidios políticos.

El de Miguel Uribe Turbay está muy presente en la memoria de todos, pero no para alimentar, como pretenden algunos, la zozobra nacional ni utilizarlo para ataques políticos personales con fines electorales. Las afirmaciones de su padre, Miguel Uribe Londoño, quien se lanzó a la presidencia tras la muerte de su hijo, sobre la responsabilidad del gobierno Petro en el execrable crimen, fueron desechadas por los hechos. Sus autores resultaron ligados a disidencias de las Farc que combaten a la fuerza pública y tienen alianzas con redes de delincuencia mafiosa.

El expresidente Álvaro Uribe contribuyó a la calentura con su revelación de que tenía datos confiables de que el ELN quiere atentar contra Paloma Valencia. Y el presidente Petro reveló, por su parte, que le había entregado a la Central de Inteligencia de Estados Unidos información sobre un presunto plan para matar al candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda. Abelardo de la Espriella no se quedó atrás y también ha hablado de amenazas recibidas.

Pareciera que el que no esté amenazado, o no denuncie que lo está, no moja prensa y se desdibuja políticamente. Es un recurso eficaz para generar atención mediática y de ahí la importancia de lo dicho por inteligencia militar sobre la inexistencia —hasta el momento— de indicios serios sobre el tema. Y de que la Fiscalía alerte a tiempo si no es así.  

Yo he publicado muchos artículos sobre narcotráfico, guerrilla y paramilitares en la Colombia de los años ochenta y un libro sobre el tema (Fuego cruzado, Ed. Cerec, 1989). En esos tiempos duros, de prepotentes carteles de la coca y continuos secuestros guerrilleros, recibí no pocas amenazas, generalmente en forma de tétricas llamadas telefónicas o elegantes esquelas enviadas a mi casa invitando a mi funeral.

Son siempre desestabilizadoras. Queda uno conmocionado y fuera de base. Sobre todo cuando son muy personales y se complementan con atentados dinamiteros en el hogar y en el sitio de trabajo. Porque sé lo que se siente, me solidarizo con los periodistas, líderes sociales y defensores de derechos humanos que han sido objeto de estas cobardes intimidaciones.  

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Aunque en todas partes los candidatos que lideran encuestas evaden debates que puedan afectar su ventaja, las condiciones que pone Iván Cepeda para confrontar a sus contrapartes no hablan bien de su seguridad en sí mismo.

Aprecio y conozco desde tiempo atrás a Iván, pero eso de escoger unilateralmente adversarios y temas, excluyendo de entrada a otras opciones y candidatos, es algo que no le corresponde. Proyecta una imagen poco positiva. Y lo de irse al otro extremo, como respuesta a las críticas, para inundar la agenda con infinidad de temas, es una salida floja que enreda la posibilidad de un debate serio.

En fin, el debate que se armó sobre el debate, y los que se armarán con los que vienen, ya forma parte del paisaje político, donde el papel de los medios, en particular el televisivo, pesa mucho en este tipo de eventos. Deben ser ellos, los promotores del encuentro, los encargados de fijar reglas del juego que sean equitativas y transparentes.

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Petro sufrió dos “rajadas” internacionales esta semana. The Economist de Londres bajó a Colombia once puestos en su ranking de democracia y Amnistía Internacional volvió a ubicar al país como el más peligroso para defensores de derechos humanos, calificando como “inaceptable” el asesinato de 165 líderes sociales en 2025.

Una violencia que viene de atrás y no es producto de este gobierno, pero que hoy en día sigue cobrando la vida de tres líderes populares por semana y reflejando con crudeza los pobres resultados de la “paz total” que le había anunciado al país y al mundo el primer presidente de izquierda de Colombia, que pronto culmina su mandato.

Para regocijo de muchos que sueñan con que un nuevo gobierno traería la paz, cuando lo cierto es que estamos ante una realidad dolorosa y tristemente reiterativa, con elementos que tienden a perpetuarla, como el acceso de los grupos armados ilegales a cada vez más rentables fuentes de financiación, desde la coca y la minería de oro hasta la comercialización de estaño.

Han consolidado una boyante economía ilícita asociada a minerales estratégicos, cuya explotación puede resultarles más rentable y menos visible y violenta que el tráfico de droga. Sin que esto signifique que lo hayan abandonado o renunciado a viejos métodos de financiación como la extorsión y el secuestro. El más nuevo ha sido la explotación ilegal del coltán, un mineral muy utilizado en tecnología, conocido como el “oro azul”, cuyo comercio ilícito financia armas y control territorial de estos grupos en regiones como la Orinoquía. El año pasado fueron incautadas nada menos que setenta toneladas del codiciado producto.

Que el Estado no sea capaz de controlar y regular la explotación de coltán puede agudizar la fragmentación del territorio nacional en poderes armados ilegales. Guardadas proporciones, me hace pensar en los “señores de la guerra” que a comienzos del siglo pasado mandaban sobre una China descuadernada y dividida, hasta la imposición en 1949 de la mano dura de Mao Zedong. O en el Congo de hoy, al que la guerra por el coltán lo ha devastado aún más.

Las riquezas naturales de una nación, y las nuestras son grandes, no pueden convertirse en una maldición. Si llegamos a ese extremo, jamás saldremos de la olla.

P.S.: La caída en picada de la popularidad de Donald Trump, hoy cuestionado por el setenta por ciento de sus conciudadanos estadounidenses, coincide con una creciente preocupación por su estado mental y emocional, según revelan diferentes encuestas. Nunca ha sido una persona equilibrada o ecuánime, pero si ya anda mal de la cabeza no son solo los gringos los que deben alarmarse. Su capacidad para hacer daño es universal.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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