Los Danieles. La nueva banda de los cuatro

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Entre 1966 y 1967 la China, que entonces emergía del tercer mundo con la fuerza de su pueblo abundante y laborioso, enfrentó un obstáculo que por poco acaba con el país. Se trataba de un grupo de líderes enfrascados en una lucha sin límites por el poder. Su cabeza visible era Jiang Qing, la mujer de Mao Zedong, el deteriorado Timonel Supremo, y los denominaron la Banda de los Cuatro. 

Este parche marca uno de los capítulos más siniestros de los anales chinos. Y como la historia a menudo intenta reeditar el pasado, ha reaparecido ahora una banda imitadora a nivel mundial con protagonistas aún más dañinos que los que sufrió la China hace medio siglo.

Quien ha hecho la advertencia más clara y reciente es Robert Francis Prevost Martínez, León XIV, primer papa estadounidense. “Un puñado de tiranos está saqueando el mundo”, advirtió el pontífice. Dicha pandilla, añade, “manipula la religión y el nombre mismo de Dios para su propio beneficio militar, económico y político”. Sus caudillos, señala, arrastran lo que es sagrado hacia terrenos oscuros y sucios y fingen ignorar los billones de dólares que se derrochan en causar muerte y devastación mientras escasean los recursos para la salud y la educación.

La nueva Banda de los Cuatro está integrada por Donald Trump (orate vanidoso), Benjamín Netanyahu (homicida en serie), Vladimir Putin (raposa mendaz) y una red violenta y cruel que llamaremos genéricamente los Terroristas. Estos personajes y quienes los apoyan y secundan son responsables de la situación peligrosa, injusta e inestable que atraviesa el planeta. 

Dios necesitó siete días para crear el mundo. A la nueva banda le han bastado pocos meses para destrozarlo. Así lo confirman las noticias cotidianas. Desde la Segunda Guerra Mundial no habíamos padecido una crisis tan honda en materia de economía y de actividad bélica. Miles de inocentes han muerto en bombardeos, muchos de ellos, niños; el pánico financiero empobrece a millones y beneficia a unos pocos; la ruina de la naturaleza no se detiene y, por el contrario, avanza con mayor voracidad; la tensión de guerra flota en buena parte del orbe; la inseguridad frena los avances tecnológicos; las violaciones del derecho de gentes amenazan con convertir en papel mojado veintitrés siglos de códigos dedicados a forjar civilización; la glotonería plutocrática ha reemplazado el instinto humanitario y el sentido de la justicia.

La arrogancia de los ignorantes no conoce fronteras. El vicepresidente gringo, J. D. Vance, político comarcal de quinto nivel, tuvo la osadía de desafiar al papa a un duelo teológico. Tampoco conoce límites la acumulación de poder crematístico de los aliados de la banda. Un informe reciente de Negocios, suplemento económico de El País, señala que “la riqueza se concentra cada vez en menos manos” y prueba que las declaraciones tributarias de los oligarcas Jeff Bezos, Elon Musk, George Soros y Warren Buffett “no pagan absolutamente nada en impuesto de la renta”. Lo peor es que lo hacen sin cometer violación alguna de la ley, pues esta ha sido diseñada para no tocar a los superricos. Por eso el mismo informe destaca que los multimillonarios “transforman su dinero en influencia política para moldear a su gusto la sociedad y el sistema democrático”. 

¿Y qué pasa con los ciudadanos aplastados por el sistema? ¿Deben abandonar las modestas esperanzas que en el pasado medio siglo alcanzaron a anidar? Resulta difícil hacer pronósticos y, en especial, pronósticos optimistas. Todo parece descarrilado y rebelde. Todo parece aleatorio. Los primeros que renuncian a ayudar a las víctimas son quienes cayeron en sus prédicas fantasiosas: “Volver a hacer grandes a los Estados Unidos”. Qué ironía. Por lo pronto los han hecho más odiados, incluso entre los suyos. Ahora, cuando los habitantes piden socorro, la Casa Blanca responde: “No podemos ocuparnos del día a día. Somos un país grande y estamos peleando guerras”. Sí: es imposible perder el tiempo en nimiedades como la salud, la educación y la seguridad de los asociados.

Tal vez por eso aparecen cada vez más comentaristas que señalan a EE.UU. como una democracia cuyas instituciones sufren destrozo y derribo desde el gobierno y la política interna. Dice al respecto Rebecca Solnit en su leída columna del Guardian: “A los Estados Unidos los están asesinando desde dentro. Cada departamento, cada empleado, cada función del gobierno federal está fatalmente contaminado, directamente desmantelado o reducido a la inutilidad”. Y señala que los informes no ofrecen una idea adecuada de la devastación que paraliza al gobierno federal y ensucia la economía ecuménica, las alianzas internacionales y el medio ambiente.

Otro conocido columnista de The New York Times, Thomas B. Edsall, es igualmente drástico: “el daño que Trump ha infligido a los Estados Unidos y al mundo es tan vasto que resulta difícil apreciarlo”. 

De este tenor es la acusación global contra Trump y su pandilla. Pero ¿qué solución pueden urdir los millones de víctimas de estos tiranos alrededor del mundo?

La clave es el detestable magnate de pelo color zanahoria. Los ciudadanos de Estados Unidos y otros países deben despertar, movilizarse y exhibir en forma masiva la voluntad de que el presidente renuncie o sea procesado dada su incapacidad mental —ya diagnosticada por cientos de especialistas— y se convoquen nuevas elecciones. 

No es una salida fácil, pero sí pacífica y democrática que automáticamente producirá efectos en los demás miembros de la nueva Banda de los Cuatro y abrirá el paso a una generación de gobernantes más capaces y honrados que luchen por detener la debacle general que, pese a los avances científicos, devora al mundo.

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