
Daniel Samper Pizano
En las últimas semanas un ventarrón de mosaicos se ha tomado los medios de comunicación. Flotan en el aire, aparecen en la televisión, se cuelan en las noticias, resucitan en revistas que considerábamos extinguidas…
Para el resto del planeta, un mosaico es un arreglo geométrico de piezas de vidrio, cerámica y otros materiales. Para un colombiano es una vitrina, un cuadro de grado académico. Está compuesto por pequeñas fotografías de alumnos alineadas con sus respectivos nombres y un título que explica la asociación. Es decir, el instituto al que corresponde, la disciplina común y el año de referencia. Por ejemplo: Universidad Nacional, Ingeniería Eléctrica, 2026… Universidad Javeriana, Odontología, 1997…
Pues bien, cuando nadie lo esperaba, estos recuadros se tomaron el mundo. Son arreglos gráficos algo distintos de los tradicionales, aunque se inspiran en los de colegios y universidades, En los modelos que nos invaden no hay más profesiones que las de los individuos comprometidos con el desarrollo de inteligencia artificial (IA). Estos nuevos mosaicos se cultivan en Europa y América, desde The New York Times hasta El Tiempo. Los más completos ocupan una edición especial de la revista Time.

Tal vez no habrían existido los mosaicos ni el interés por ellos de no haber sido por el histórico episodio de un agente de evaluación de OpenAI que, en julio pasado, escapó del entorno aislado en el que operaba, penetró en la infraestructura de otra empresa del sector e intentó apoderarse de las respuestas de unas pruebas. Hagan de cuenta un seminarista travieso que, en un descuido del cura, decide mezclar los libros sagrados.
No fue el único. Varias de las grandes compañías de IA confiesan que pillaron a sus modelos haciendo cosas no solicitadas, como acceder a sistemas ajenos, agruparse y esconder sus rastros.
Preocupada, surgió entonces una voz vinculada al oficio, la de Dario Amodei (Anthropic), y sembró la alarma sobre el espinoso camino de la IA y su estremecedora velocidad. La ONU y miles de personajes se sumaron a la lucha por el desacelere y la defensa del futuro de la humanidad. En cambio, el Rey de la Irreflexión, Donald Trump, saltó: pero no para pedir que se pisara el freno, sino el acelerador .
Un creciente grupo escéptico cree que ya no hay nada que hacer, que la suerte está echada y este puto mundo se volverá humo y polvo en menos de medio siglo. Según el columnista Thomas L. Friedman, la única salida es el entendimiento entre China y Estados Unidos. De otro modo, afirma, «Ya es demasiado tarde».
Ave, César, los millones de terrícolas que vamos a morir te saludamos. A mí lo que me fastidia es que el día del juicio prometía ser un fiestón inimaginable, si juzgamos por los invitados y promotores que han ofrecido su participación en el magno evento desde hace milenios. En cambio, nos ofrecen un pelotón de fusilamiento integrado por cerebros irresponsables de Silicon Valley. Nada de eso. Queremos que se cumpla lo prometido: que vengan (en orden alfabético) aguaceros de candela, alienígenas, asteroides, bestias aterradoras, bombas atómicas, cataclismos, choques planetarios, cometas despistados, demonios, dioses, enanos invasores, hielos monumentales, marcianos, el Mohán, robots, virus, zombis…
No nos arrastrarán, lamentablemente, ni el Coco ni el Putas, como los colombianos lo hemos augurado siempre. Nos tocó lo peor: científicos ricos y bonitos pero carentes de conciencia.
«Los sauces no mueren solos»
Deprimido por haber conocido el rostro de quienes probablemente serán nuestros verdugos, quise seguir el consejo del ensayista Mauricio García Villegas en uno de sus libros: «Busca la utilidad de lo inútil, la contemplación de lo bello…». Decidí entonces incorporar a esta columna, con permiso del autor, unos preciosos aunque tristes párrafos del ecólogo Pablo Leyva sobre la agonía de la flora de Bogotá y la Sabana (El Espectador, 4 de septiembre de 2026). Copio.
«Desde hace varios meses en Bogotá, la Sabana, sus valles aledaños y riberas, he visto morir los sauces llorones. Primero las hojas más altas adquieren un color amarillento, se marchitan y caen; el proceso se extiende a todas las hojas hasta alcanzar las ramas y el tronco; el árbol enfermo cede, pequeños organismos le dan un color amarillo-verdoso intenso a la corteza, seguido por el negro de la contaminación atmosférica y la muerte.
«También he visto en la Sabana, sus cerros circundantes y sistemas montañosos, cómo individuos de varias especies vegetales están afectados por la falta de humedad y enfermedades; con frecuencia, las hojas presentan manchas café, son perforadas o devoradas por las plagas y los rebrotes se marchitan…
«Es muy triste ver cómo se secan lentamente los falsos pimientos en calles y parques de Bogotá. Muchas personas también han visto con preocupación cómo se están afectando en toda la región algunos nogales, cedros, alisos, cerezos, robles, tibares, guayacanes, romerones, cucharos, sangregados, tunos, alcaparros, cajetos, duraznillos, raques, borracheros, fucsias, arrayanes, arbolocos, gurrubos; urapanes, nísperos japoneses y magnolios; también los pastos, los pinos, eucaliptos y acacias aguantan un poco más…
«Al regarlas, unas plantas se recuperan con traumatismos evidentes. Sobreviven espinos nativos, mortiños, hayuelos, chilcos y fiques… He visto el suelo seco disminuir los cauces y desaparecer estanques y nacederos y especies acuáticas propias reemplazadas por otras extrañas…».

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