Los Danieles. La ley del embudo

Enrique Santos Calderón

Enrique Santos Calderón

Hace más de treinta años, en 1995, escribí una columna (“La pujante hierba gringa”), sobre cómo una boyante industria de la marihuana se había convertido, de lejos, en el primer cultivo comercial de Estados Unidos. Sus ganancias de más de 32 mil millones de dólares anuales ya duplicaban a las del maíz, que predominaba en la agricultura de ese país.

La marihuana “made in USA” se consideró como uno de los éxitos económicos domésticos más notables de esa década. Los cultivadores gringos dominaban un mercado superrentable de doce millones de consumidores, con una oferta de toda clase de híbridos y variedades de cannabis, producida en sofisticados invernaderos caseros, cuya calidad había desplazado a la marihuana importada de México, Colombia o Tailandia.

Un fenómeno por lo menos anómalo, pues la producción, posesión e incluso el consumo de marihuana eran ilegales, en algunos lugares severamente reprimidos, y todos los involucrados en esa exitosa agroindustria resultaban, en teoría, criminales. Comenté, en ese entonces, que la drástica política prohibicionista de Estados Unidos había conducido a un callejón sin salida que alimentaba la violencia y volvía aún más lucrativo el negocio.

Colombia, donde se cultivaba la marihuana más cotizada del mundo —la “Santa Marta Gold”—, fue duramente estigmatizada en los años setenta y ochenta como paraíso cómplice de las drogas ilegales, y enfrentó sanciones de Washington por su incapacidad para erradicar las “plantas malditas” (la coca ya figuraba mucho) que estaban envenenando a la juventud estadounidense.

Vinieron entonces los bombardeos aéreos con paraquat y otros pesticidas y venenos químicos sobre amplias zonas del campo colombiano, cuyos efectos ecológicos y sanitarios no se documentaron a cabalidad. Algo que allá hubiera resultado inconcebible y que acá reflejaba sumisión y dependencia.

Lo que luego ocurrió, con la vertiginosa expansión del cannabis doméstico y su creciente uso recreativo y medicinal entre los ciudadanos del norte, llevó al cambio obligado de la ley. Hoy la marihuana, sobre todo la cultivada en casa, es legal en la mayoría de los estados y millones de estadounidenses acuden al cannabis como medicina alternativa para tratar decenas de males, desde la artritis hasta la hepatitis C.

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Pero todo esto es historia conocida. La noticia es que el nuevo mejor amigo de este próspero negocio es —quién lo creyera— el presidente Donald Trump, que ha declarado “guerra a muerte” contra las drogas ilegales como bandera política, pero que la semana pasada relajó los controles federales sobre esta floreciente industria y ahora “reclasifica” un producto que estaba equiparado a la heroína. Para Colombia, este cambio representa una oportunidad económica y de exportación si los productos derivados del cannabis criollo lograran entrar al mercado medicinal de EE. UU. a través de canales farmacéuticos legítimos.

No será fácil, con la cambiante y errática legislación sobre el tema y el previsible lobby de los productores locales contra el ingreso de competencias externas. Donald Trump quiere replantear la cosa, siempre y cuando sea la industria de cannabis “made in USA” la que mande la parada. Y aunque allá se reclasifique la marihuana, lo que no cambiará es la presión sobre Colombia para que reprima y erradique en su territorio todo lo que Washington considere como peligrosos cultivos ilícitos.

Según comentan medios de ese país, Trump ahora quiere promover la investigación sobre el uso medicinal de la marihuana, aliviar la situación tributaria de las empresas que están en el negocio, alinear al gobierno central con las políticas estatales y ganar simpatía entre los jóvenes de cara a las elecciones venideras. Tiene su lógica.

Solo cabe preguntarse cómo sería si un presidente colombiano aplicara medidas similares para fortalecer industrias basadas en tradicionales productos naturales nuestros como la marihuana o la hoja de coca. Habría amenazas y aranceles. Aquí la lógica es la de la ley del embudo: “lo ancho pa ellos, lo angosto pa uno”.

PS.1: La muerte de Germán Vargas fue una noticia triste. Era un hombre vital y una voz importante en la política nacional. Polémico por naturaleza, liberal a la manera de su abuelo Carlos Lleras (con temperamento parecido), siempre expresó lo que pensaba con una franqueza que con frecuencia desentonaba .  

Pero era parte su personalidad y de su encanto. El en el fondo nunca quiso caerle bien a todo el mundo, lo que podría parecer una contradicción política pero no iba a cambiar su modo de ser. Se ha ido un hombre vertical que siempre pensó en cómo mejorar a este país. Harás falta, Germán. 

PS.2: La acogida que tuvo Gustavo Petro en su visita del martes a la Universidad Nacional de Colombia denota simpatía entre la población estudiantil. Pocos presidentes salen bien librados de sus presentaciones ante un auditorio siempre retador y, en ocasiones, anárquico. Habrá que ver cómo le iría a Iván Cepeda si se le mide a un interrogatorio juvenil sin cortapisas.

Pero, sobre todo, me fascinaría escuchar cómo rugiría el “Tigre” Abelardo en el aula máxima de la primera universidad del país. Que lo inviten.

P.S.3: En mi pasada columna cometí un lapsus al escribir que tenía el pálpito de que el 31 de mayo Colombia elegiría a la primera mujer presidenta. Estaba pensando, obviamente, en el 21 de junio, ya que es altamente improbable que Paloma Valencia gane en primera vuelta.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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