
Daniel Samper Pizano
Hoy domingo, a partir de las 6:30 p.m. hora de Colombia, millones de personas sintonizarán la final de fútbol norteamericano (Super Bowl) y durante el intermedio oirán cantar en español a Benito Antonio Martínez Ocasio.
No son pocos los espectadores que disfrutarán del partido y el espectáculo musical. Se calcula que serán entre 130 y 150 millones, aunque algunos entusiastas suben la cifra. Estados Unidos tiene 345 millones de habitantes, por lo que más de un tercio del país conectará con la gran final. Sin embargo, será proporcionalmente mayor la población latina enchufada a la transmisión. Quizás solo se abstengan unos pocos de esos 60 millones de hispanohablantes del imperio, que ya sobrepasan los 52 millones de colombianos y los 48 millones de españoles que se comunican en la lengua de Cervantes y García Márquez. Solo México supera el número de hablantes castellanos de cualquier país.
Pero ¿quién es ese Benito Antonio Martínez Ocasio capaz de convocar audiencias masivas reservadas solo al campeonato mundial de balompié? Puertorriqueño (y, en consecuencia, ciudadano estadounidense) nacido en el barrio pobre de Vega Baja, afirma: “Yo vine de la nada misma”. Hijo de un camionero y una maestra, aficionado activo a la lucha libre, es mucho más conocido por su nombre artístico de Bad Bunny (Conejito malo). A los 31 años ha logrado récords de ventas y de premios con sus canciones en ritmos urbanos como rap, trap, hip hop y reguetón, no recomendados para simpatizantes de la música de Violeta Parra, la poesía de Garcilaso de la Vega y, en general, mayores de 50 años. Hace pocos días, este superconejo conquistó dos galardones más en la ceremonia número 68 de los Grammy: la mejor canción global y el Álbum del año.
Fue un triunfo para Benito, pero sobre todo para el castellano, lengua en que fraguó Bad Bunny sus versos, y para los inmigrantes latinos. Vivimos tiempos de guerra de los poderosos rabiblancos contra inmigrantes y gentes vulnerables. No es una batalla de flores. Los agentes de ICE, acrónimo inglés de la Agencia de Inmigración y Control de Aduanas, son un arma inhumana de persecución humana, que merece lugar contiguo a la Stasi alemana y la KGB rusa, y no muy lejos de la SS nazi.
Por eso las palabras iniciales en español de Bad Bunny al recibir sus premios fueron en defensa de los perseguidos de su país y el mundo: “Antes de dar gracias a Dios, debo decir: ¡fuera ICE!”. Y continuó: “No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens; somos humanos, somos americanos”. Luego dedicó el premio “a todas las personas que han perdido un ser querido y han seguido adelante”. Y cerró con una sola frase en inglés: “Quiero dedicar este premio a todas las personas que han tenido que dejar su país para perseguir sus sueños”.
Donald Trump dijo ignorar quién es Bad Bunny y se ha declarado “antitodo” lo que representan los latinos, especialmente si carecen de papeles, de dinero y de influencias. Por eso anunció que no asistirá al Super Bowl. Lo temible es que la policía xenófoba sí rondará el estadio de Santa Clara, California. Así amenaza a los sin papeles un asesor de Trump: “Los encontraremos, los detendremos, los mandaremos a un centro de detención y los deportaremos”. Podría ser aún peor, según lo prueban las recientes palizas y muertes de ciudadanos que protestaban contra ICE en Minneapolis. De hecho, Bad Bunny lleva prendas blindadas debajo de su vestido, medida más que prudente dada la catadura de las amenazas de muerte que circulan contra él por las redes sociales.
Martínez Ocasio no es el primer perseguido a causa de su lengua materna en la tierra de Lincoln. A fines del siglo XIX, cuando la guerra entre Estados Unidos y España liberó a Puerto Rico de los vínculos coloniales con el reino ibérico y le otorgó el estatus de estado libre asociado, la Casa Blanca envió a dos expertos con la misión de implantar un sistema de educación pública anglosajón en la isla que antes se llamaba Borinquen. La denominada “desnaturalización” funcionaba bien en Filipinas, donde bastaron pocas décadas para que el inglés desterrara al español. Solo quedaron apellidos y lugares con sabor hispánico.
Los delegados John Eaton y Victor Clark auguraron que iba a ser tarea fácil extirpar el español de Puerto Rico. “Entre las multitudes no parece existir devoción por su idioma”, opinaron. “La mayor parte del pueblo de esta isla no habla un español puro. El idioma es un patois incomprensible”. Y añadieron: “Será fácil educar a este pueblo para que en lugar de su patois adopten el inglés”. Creían que podían imponer en poco tiempo el idioma de Shakespeare. Pero They hit donkey, es decir, tacaron burro. La historiadora Aída Negrón de Montilla lo resume así: “La horrenda campaña de suplantación de nuestra lengua empezó en el 1900 y se liquidó en el 1950”. No pudieron. Nuevos intentos oficiales de desarraigo del español acabaron reforzando el amor de los puertorriqueños por su lengua histórica. Un estudio de la Universidad de Puerto Rico (2009) revela que las familias latinas hablan español en casa y el 85 % reconoce que “no habla el inglés bien”.
Del desprecio humillante que exhibieron los primeros encargados de desmontar el español en la isla hemos llegado a que, 125 años después, un artista boricua cantará en español durante la ceremonia farandulera de raigambre más gringa. Si no hubiera fallecido en 1989, Salvador Tió, extraordinario filólogo puertorriqueño que inventó la palabra espanglish, de seguro habría posesionado a Bad Bunny como miembro de la Academia de la Lengua que él dirigió. Lo merece.
